Chapter 4 - La Grieta en la Pared**

La mancha negra en la manga de Elena goteaba sobre el parquet.
Cada gota sonaba como un latido pesado al chocar contra la madera barnizada.
—No te acerques —repitió Marcos, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta en busca de las llaves del coche.
Los dedos le temblaban tanto que se le escapaban entre las telas.
Elena levantó la mano manchada y se tocó la mejilla.
Dejó un rastro espeso, oscuro, sobre la piel pálida.
—Vanessa es más fuerte —dijo ella. Su voz retrocedió a un susurro agudo, la voz de Elena suplicando desde algún rincón lejano—. Marcos... me duele la cabeza. Siento que me rompo.
La mujer cayó de rodillas otra vez, esta vez apoyando las palmas de las manos en el suelo.
Comenzó a golpear la cabeza suavemente contra las maderas del piso.
Un golpe. Dos golpes. Tres golpes.
El sonido era sordo, rítmico, espantoso.
—¡Basta, Elena! ¡Para ya! —gritó Marcos.
Quería soltar a la niña y sujetar a su esposa, pero el instinto le impedía dejar a Lilly en el suelo.
La niña levantó el cristal carmesí hasta la altura de sus propios ojos.
—Papi, la piedra tiene una ventanita —dijo la pequeña con voz tranquila.
Marcos miró de reojo el objeto.
El centro del prisma rojo ya no era sólido.
Había un líquido espeso moviéndose en su interior, una pequeña burbuja de aire flotando en un mar fluido y negro.
Dentro del cristal, algo se retorcía.
—Dámelo —dijo Marcos, intentando quitarle la joya a la niña.
Lilly cerró el puño con firmeza infantil.
—No. Es de la señora fea. Si se la doy, se va a comer a mami.
La lógica de la niña golpeó a Marcos en el estómago como un puñetazo físico.
El razonamiento directo, simple y sin filtro del cerebro de una criatura de dos años acababa de nombrar el horror con precisión absoluta.
Elena dejó de golpear la cabeza contra el suelo.
Se levantó despacio. Tenía la frente roja, la piel levantada en un arañazo sangriento.
Sus ojos volvieron a cruzarse con los de Marcos.
Esta vez ambos iris eran completamente negros.
—La niña es inteligente —dijo Vanessa—. Pero no sabe contar.
Elena avanzó dos pasos rápidos.
Su mano, delgada y de dedos largos, se lanzó hacia el cuello de Marcos como la garra de un ave de rapiña.
Marcos no pensó. Se giró violentamente, protegiendo a Lilly con su espalda.
Las uñas de Elena rasgaron la tela de su camisa azul oscuro, dejando cuatro líneas rojas en su hombro.
El dolor fue ardiente, punzante.
Marcos arremetió con la pierna hacia atrás, conectando un taconazo en la espinilla de la mujer.
Elena tropezó y cayó de lado contra la pared del recibidor.
Su hombro impactó contra el panel de yeso azul claro.
Un chasquido seco resonó en el pasillo.
La pared no solo se abolló; se agrietó en una red de líneas negras que parecieron sangrar el mismo líquido oscuro de la manga de Elena.
Del interior de la pared agrietada brotó un olor sordo a tierra húmeda y descomposición.
—Esta casa está podrida, Marcos —dijo la voz desde el suelo—. Todo lo que construiste aquí es de papel.
Marcos volvió a golpear la cerradura con el hombro.
Esta vez, la madera cedió con un crujido metálico.
La puerta principal se abrió de par en par hacia el pasillo exterior del edificio.
La luz fluorescente y fría del rellano inundó el recibidor oscuro.
—¡Sal de aquí! —se dijo a sí mismo, corriendo hacia el escalón exterior con Lilly apretada en sus brazos.
Pero al cruzar el umbral, se detuvo en seco.
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El pasillo del edificio no estaba allí.
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