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¿QUIÉN ES VANESSA? / Chapter 5 / 6

Chapter 5 - La Otra Casa**

Detrás de la puerta abierta no había escaleras de hormigón ni paredes pintadas de beige.

Había otro recibidor.

Una copia exacta de su propia casa, pero invertida, como vista a través de un espejo sucio.

Las paredes eran de un azul verdoso enfermizo.

El suelo de parquet estaba cubierto por una capa fina de agua estancada que reflejaba la luz de una lámpara idéntica a la que acababa de romperse.

Marcos retrocedió hacia el interior de su piso, pero tropezó con el umbral.

Miró hacia atrás.

Elena ya no estaba en el suelo.

Estaba de pie frente a la consola, colocándose el cabello rubio detrás de las orejas con movimientos pausados, elegantes.

Se había abrochado la blusa verde.

Su rostro estaba limpio. No había sangre en su frente. No había manchas oscuras en su ropa.

—¿Adónde vas, cariño? —preguntó ella.

La voz era cálida, suave, dulce.

Era la voz de Elena cuando le despertaba los domingos por la mañana.

Marcos sintió que la cabeza le daba vueltas. El contraste entre la violencia de hacía un minuto y esta calma absoluta le provocó náuseas.

—Elena... —dijo él, respirando con dificultad—. ¿Qué es este lugar?

—Es nuestro hogar —dijo ella, sonriendo con ternura—. ¿No te gusta? Acabo de limpiar.

Se acercó a él con pasos ligeros.

Lilly apretó la cabeza contra el pecho de Marcos.

—Papi, huele a mentiras —musitó la niña.

Marcos bajó la mirada hacia su hija.

El prisma rojo en la mano de Lilly había cambiado de color.

Ya no era carmesí. Se había vuelto transparente como el hielo, y en su centro, la pequeña burbuja oscura se había expandido hasta ocupar todo el interior.

—No te acerques —dijo Marcos, levantando la mano libre.

Elena se detuvo, poniendo una cara de tristeza infantil.

—Marcos, me estás asustando. ¿Por qué me miras así? ¿Es por el taburete? Se me resbaló de las manos al intentar cambiar la bombilla... Te lo juro.

Las palabras salían de su boca con una naturalidad aplastante.

Cualquier juez, cualquier policía, cualquier vecino que la escuchara en ese momento creería que Marcos era el paranoico, el agresor, el loco.

Por un segundo, solo por un segundo, Marcos dudó.

Dudó de lo que había visto.

Dudó de los arañazos en su hombro.

Dudó del grito lacerante de hacía unos instantes.

—Tú... tú dijiste que te llamabas Vanessa —dijo él en un susurro sin fuerza.

Elena soltó una risita suave.

—¿Vanessa? ¿Quién es Vanessa? Marcos, creo que has trabajado demasiado. Estás teniendo un ataque de pánico.

Dio otro paso hacia él y extendió la mano para tocar la mejilla de su marido.

Sus dedos estaban tibios.

Tenían el olor familiar a crema de almendras que ella usaba cada noche.

Marcos sintió que sus defensas se derrumbaban. La fatiga acumulada de meses de problemas financieros y tensión conyugal cayó sobre él como una losa de cemento.

—Quizás... quizás me equivoqué —balbuceó él.

Elena sonrió más amplio. Sus ojos brillaban con un amor reconfortante.

—Claro que sí, mi amor. Dame a Lilly. La estás apretando demasiado. Mira cómo sufre la pobre.

Elena estiró los brazos para coger a la niña.

Marcos comenzó a aflojar el agarre sobre la cintura de su hija.

Lilly se revolvió en sus brazos.

—¡No! —gritó la niña.

Con un movimiento rápido, la pequeña levantó el prisma transparente y lo presionó con fuerza contra la mano abierta de Elena.

El contacto duró menos de un segundo.

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Un sonido como el de carne frita cayendo en aceite hirviendo resonó en el recibidor.

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