Chapter 6 - El Nombre en la Piel**

Elena soltó un alarido de dolor puro.
Dio un salto hacia atrás, agarrándose la palma de la mano derecha con la izquierda.
Humo blanco comenzó a salir de su piel.
El olor a crema de almendras se transformó instantáneamente en el hedor acre del plástico quemado.
—¡Maldita sea! —chilló ella.
Su voz ya no era la dulce melodía de esposa. Era un bramido cavernoso, grave, cargado de un odio añejo.
Marcos dio un paso atrás, saliendo de la trampa del espejismo.
Miró la palma de la mano de Elena.
Donde el cristal había tocado la piel, la carne se había consumido, dejando marcada una palabra en letras rojas, vivas, como de hierro candente:
VANESSA
La máscara se rompió definitivamente.
El rostro de Elena se contorsionó en una mueca de rabia animal. La piel alrededor de sus ojos se volvió grisácea, y los capilares de sus mejillas se rompieron en redes moradas.
—¡Dámelo! —rugió la criatura, abalanzándose sobre la niña.
Marcos no pensó.
Levantó la pierna derecha con toda la fuerza de sus pulmones y conectó una patada en el pecho de la mujer.
El impacto lanzó a Vanessa / Elena hacia atrás.
Chocó contra la mesa consola de nogal, arrastrándola en su caída.
El mueble se rompió por la mitad con un estruendo seco de madera astillada.
Marcos agarró el pomo de la puerta del espejo y la cerró de golpe con el pie, mientras giraba la llave que había vuelto a aparecer en la cerradura real.
El choque del metal sonó como un disparo.
De repente, el aire se volvió respirable.
La luz del recibidor volvió con un parpadeo seco.
El pasillo del edificio real estaba allí, al otro lado del umbral abierto.
Un vecino del piso superior bajaba las escaleras con una bolsa de basura en la mano.
Se detuvo al ver a Marcos, desaliñado, sangrando del hombro y sosteniendo a una niña aterrorizada.
—¿Marcos? ¿Todo bien por ahí? Se escucharon unos gritos... —preguntó el vecino.
Marcos no respondió. Se giró hacia el interior de su casa real.
Sobre el suelo de parquet oscuro, junto a la lámpara rota y el taburete caído, Elena yacía inconsciente.
Estaba de lado, en posición fetal.
Su blusa verde de seda estaba intacta. Su respiración era lenta, profunda, la respiración de alguien que duerme tras un agotamiento extremo.
En su mano derecha, completamente abierta sobre la madera, no había quemaduras.
Marcos se acercó despacio, con el corazón en la garganta.
Se arrodilló a su lado y le tocó la mejilla.
Estaba tibia. Su piel olía a lavanda.
—¿Elena? —susurró él.
Los ojos de la mujer se abrieron lentamente. Eran avellana. Limpios. Llenos de una confusión profunda.
—Marcos... —dijo ella con voz débil—. ¿Qué pasó? Tuve un sueño horrible... Había una mujer en mi cabeza que me decía mi verdadero nombre.
Marcos sintió un nudo helado en el estómago.
—¿Tu verdadero nombre? —preguntó él.
Elena parpadeó, intentando enfocar la vista.
—Sí... me decía que Elena era solo una historia que inventé para ti.
Lilly, aún en los brazos de Marcos, abrió la mano pequeña.
El prisma de cristal rojo ya no estaba allí.
En su lugar, sobre la palma infantil, había una fina capa de polvo fino y negro, que se disipó en el aire con la corriente de la puerta abierta.
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Marcos abrazó a su esposa con un brazo y a su hija con el otro.
En la pared del recibidor, debajo del azulejo azul claro, una pequeña grieta en forma de 'V' permaneció abierta, oscura e insondable.