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¿QUIÉN ES VANESSA? / Chapter 2 / 6

Chapter 2 - El Cristal Carmesí**

Lilly mantenía el puño apretado.

El prisma de cristal de color rojo oscuro sobresalía entre sus nudillos infantiles.

Las facetas talladas cortaban la luz del recibidor en destellos de sangre seca.

Marcos bajó la mirada un segundo. Sus ojos dilatados fijaron el objeto.

Era un colgante. Una joya pesada, geométrica, sin engastes visibles.

Nunca se la había visto a Elena.

Jamás en cinco años de matrimonio había visto aquella piedra de corte angular y tono turbio.

—¿Dónde has sacado eso? —murmoró Marcos.

—No lo toque, Lilly. ¡Ponlo en el suelo! —volvió a gritar, la voz quebrándose en la última sílaba.

La niña no soltó el cristal.

Su cabeza redonda se apoyó contra la pantorrilla dura de su padre.

Lilly levantó el brazo derecho. Su pececito de peluche yacía olvidado a un metro de distancia, aplastado bajo el pie de la mesa.

Con el dedo índice de la mano izquierda, la pequeña señaló a la mujer de la blusa verde.

—Papi... —dijo Lilly.

La voz de la niña era clara, dolorosamente nítida en medio del silencio sofocante del apartamento.

—Mami tiró esto... —continuó la niña, con esa lentitud inocente con la que los niños explican los desastres del mundo.

Marcos sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal desde los talones hasta la nuca.

Elena seguía inmóvil junto a la consola de nogal. El marco de fotos caído mostraba su retrato de boda en la playa de Miami.

En el retrato sonreía.

Ahora, su rostro era una máscara de yeso duro.

—¿Qué dijo mami, Lilly? —preguntó Marcos, casi sin atreverse a lanzar la pregunta al aire.

La niña apretó más el prisma carmesí.

Sus labios rosados se juntaron para formar las sílabas con cuidado extremo.

—Dijo que la piedra no era de Elena... —musitó la niña.

Marcos dio un medio paso hacia atrás, empujando involuntariamente a su hija.

—¿Qué? —exclamó él.

—Y se llamó a sí misma... Vanessa —completó Lilly.

Las palabras flotaron en el recibidor como humo denso.

Un silencio repentino, aplastante, congeló el espacio entre las paredes azulejadas de azul claro.

Elena abrió la boca.

No emitió un sonido de inmediato. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, tanto que el blanco alrededor del iris pareció sangrar en vetas rojas.

Un jadeo sibilante escapó de su garganta.

Luego, un grito.

Un chillido agudo, desgarrador, inhumano, rasgó la estancia.

Elena se llevó ambas manos a la cabeza, enterrando las uñas en el cuero cabelludo rubio.

Se encogió sobre sí misma. Su cuerpo se sacudió en convulsiones secas, como si un cable de alta tensión atravesara sus vértebras.

Marcos agarró a Lilly por el torso con un solo brazo y la levantó en el aire.

La niña no lloró esta vez. Tenía los ojos fijos en la mujer que temblaba frente al mueble.

—¡Elena! —gritó Marcos, retrocediendo hacia la puerta de salida.

La mujer se desplomó de rodillas sobre el parquet.

El impacto de sus articulaciones contra la madera dura resonó en las paredes.

—¡Yo no me llamo así! —chilló ella, pero la voz cambió a mitad de la frase, volviéndose más grave, más rasposa, metálica—. ¡Ella no está aquí! ¡Sácala!

Marcos alcanzó el pomo de la puerta principal con la mano libre.

El metal frío del cerrojo resbaló por sus dedos sudorosos.

Giró la llave con desesperación.

En el suelo, el cristal rojo que Lilly aún sostenía en la mano comenzó a proyectar un tenue resplandor cobrizo contra la tela rosa de su pijama.

Elena levantó la cabeza desde el suelo.

Su rostro estaba deformado por el terror pálido, la boca abierta en un óvalo perfecto de agonía.

—Marcos... ayúdame —susurró con la voz verdadera de su esposa—. No la dejes volver.

Antes de que él pudiera responder, la luz del recibidor parpadeó tres veces y se apagó por completo.

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La pantalla de la realidad pareció cortarse a negro.

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