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Diez Minutos de Lluvia / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - Antes de la Tormenta

Dos años antes, esa misma casa olía distinto.

Olía a café recién hecho, a las flores frescas que Ethan compraba cada domingo sin que nadie se lo pidiera, a la vida normal que Elena había dejado de creer posible antes de conocerlo.

Ethan Cross no se parecía a su padre.

Eso era, quizás, lo primero que Elena había notado de él: la ausencia total de esa frialdad calculadora que definía a Richard.

Se conocieron en un hospital.

No en una fiesta, no en una cena de negocios, no en ninguno de los lugares donde suelen conocerse las personas de las que después se escriben biografías.

Se conocieron porque el padre de Elena estaba internado en la misma planta donde Ethan visitaba a un socio enfermo, y una tarde, en la sala de espera, un café se derramó sobre unos documentos importantes.

—No pasa nada —dijo Ethan, mientras trataba de secar el papel con una servilleta que solo empeoraba las cosas.

—Sí que pasa —respondió Elena—. Acabas de arruinar lo que parece ser un contrato muy caro.

Él se rió.

No de nervios. De verdad.

—Era un contrato aburrido de todos modos.

Así empezó todo: con una risa donde debería haber habido una discusión.

Elena tenía entonces veintiocho años, trabajaba en un despacho de arquitectura pequeño, sin ambiciones de convertirse en la esposa de un heredero.

De hecho, cuando Ethan le confesó, tres citas después, que su apellido era Cross —el mismo Cross de la torre financiera que dominaba el centro de la ciudad—, Elena estuvo a punto de dejar de responder sus mensajes.

—No quiero ser parte de ese mundo —le dijo ella, con toda honestidad, una noche, sentados en un restaurante demasiado pequeño para alguien de su fortuna.

—Yo tampoco —respondió Ethan—. Por eso te elegí a ti.

Richard, el padre, no lo aprobó desde el primer día.

—Una arquitecta sin apellido —había dicho, la primera vez que los presentaron, con esa sonrisa fría que Elena aprendería a temer con los años—. Qué original, hijo.

Ethan nunca dejó que esas palabras entraran en su relación.

Al menos, no al principio.

Se casaron un año después, en una ceremonia pequeña que Richard consideró vergonzosa para el nombre de la familia, y durante dos años, Elena creyó, honestamente, que había encontrado algo real en medio de un mundo hecho de fachadas.

El primer indicio de que algo no estaba bien llegó con Vanessa.

No como amante —eso vendría después—, sino como una nueva asistente ejecutiva contratada directamente por Richard, sin consultarlo con Ethan, para "ayudar con la expansión internacional".

—No me gusta cómo te mira —le dijo Elena a Ethan una noche.

—Es solo una empleada, Elena.

—Es una empleada que tu padre contrató. Eso debería preocuparte más a ti que a mí.

Ethan no respondió esa noche.

Y esa fue, quizás, la primera vez que Elena sintió que algo, en el fondo de esa familia, estaba profundamente podrido.

Los meses siguientes trajeron cambios pequeños, casi invisibles: reuniones tarde en la noche, viajes de negocios que Ethan no explicaba con claridad, una distancia nueva entre él y Elena que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.

Fue Maya —entonces solo una amiga de la universidad, ahora convertida en investigadora forense financiera— quien primero notó las irregularidades.

—Elena, esto no tiene sentido —le dijo un día, mostrándole en su computadora una serie de transferencias bancarias—. Estas cuentas se abrieron hace tres meses. Todas a nombre de empresas fantasma. Todas conectadas, de alguna forma, a la firma de tu suegro.

—¿Ethan lo sabe?

—No lo sé. Pero alguien en esa familia está moviendo dinero de forma que ningún auditor normal detectaría. A menos que supiera exactamente qué buscar.

Elena, entonces con cinco meses de embarazo, decidió confrontar a Ethan esa misma noche.

—Necesito que me digas la verdad —le dijo, sentada frente a él en la cocina de su casa, la misma casa que meses después se convertiría en un campo de batalla.

Ethan la miró, y por un instante, Elena vio en sus ojos algo que nunca había visto antes: miedo.

—Hay cosas que mi padre está haciendo que no puedo controlar —dijo él, finalmente.

—Entonces ayúdame a detenerlo.

—No es tan simple, Elena. Si yo hablo, todo se derrumba. La empresa. Los empleados. Todo.

—¿Y si no hablas? ¿Qué se derrumba entonces?

Ethan no respondió esa pregunta.

Tres semanas después, desapareció.

No de la casa. De la vida entera.

Un mensaje breve: "Tengo que resolver algo. Confía en mí. Te amo."

Y después, silencio.

Richard, apenas dos días después de la desaparición de su propio hijo, empezó a hablar de él en pasado.

—Tenemos que preparar los documentos de sucesión —le dijo a Elena, con una frialdad que todavía la perseguía en sueños—. Ethan ya no está en condiciones de manejar sus asuntos.

—¿Qué quieres decir con que no está en condiciones? ¿Dónde está?

Richard no respondió.

Y en ese silencio, exactamente igual al que años atrás había ignorado las advertencias sobre Vanessa, Elena entendió que la guerra ya había comenzado, con o sin su consentimiento.

Llamó a Maya esa misma noche.

—Necesito que me ayudes a entender qué le hicieron a mi esposo —le dijo, con la voz quebrada por primera vez en semanas.

—Entonces empecemos por el principio —respondió Maya—. Todo lo que Richard ha tocado deja un rastro. Solo tenemos que encontrarlo antes de que él encuentre la forma de borrarlo.

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Así comenzaron las tres semanas que terminarían, una noche de tormenta, con dos investigadores federales cruzando el umbral de una mansión, y una mujer embarazada, de rodillas sobre el mármol, sosteniendo en sus manos la única cosa que Richard Cross nunca había podido controlar: la verdad.

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