Chapter 5 - El Hombre sin Nombre

El hospital estaba a trescientos dos kilómetros de la mansión Cross, en un pueblo pequeño llamado Los Alisos, el tipo de lugar donde nadie hace preguntas porque nadie tiene tiempo para hacerlas.
El paciente había llegado tres semanas atrás, encontrado semiconsciente en la orilla de un camino rural, sin documentos, sin teléfono, con un golpe severo en la cabeza y signos de haber estado expuesto a los elementos durante días.
Los médicos lo llamaban, por simplicidad, "el paciente de la ruta siete".
—No hay coincidencias en la base de datos de personas desaparecidas —le dijo el doctor Alvarado a la enfermera jefe, revisando por décima vez los resultados de las pruebas—. Es como si no existiera antes de aparecer en esa carretera.
La amnesia, explicaron los especialistas, era consecuencia del traumatismo craneal combinado con lo que parecía ser un cóctel de sedantes fuertes en su sistema, algo que ningún accidente de tráfico normal explicaría.
—Alguien lo drogó —había dicho la enfermera, en voz baja, a otra colega, durante un cambio de turno—. Y después lo dejó ahí para que muriera.
Pero el hombre no murió.
Sobrevivió, sin nombre, sin memoria, con solo fragmentos sueltos que aparecían y desaparecían como relámpagos: una casa con piso de mármol, una mujer con el cabello castaño riéndose de algo que él había dicho, una niña pequeña repitiendo una frase que él sentía, en el pecho, que era importante.
Papá de quedarme.
Esa noche, la de la tormenta en la mansión Cross, el hombre despertó de golpe, sudando, con el corazón acelerado.
—¿Está usted bien? —preguntó la enfermera de turno, entrando rápidamente a la habitación.
—Papá de quedarme —dijo él, en voz alta, como si las palabras hubieran escapado antes de que pudiera contenerlas.
—¿Disculpe?
—No sé. Lo siento. No sé qué significa eso.
La enfermera, una mujer joven llamada Carla, se acercó y le tomó el pulso, anotando en su tableta electrónica los signos vitales, la hora, la frase exacta que el paciente había pronunciado.
—Ha estado repitiendo frases sueltas desde ayer —le explicó al doctor Alvarado más tarde—. Nombres, lugares, cosas que no encajan entre sí. Creo que la memoria está empezando a regresar, pero de forma fragmentada.
—Es normal en casos de amnesia post-traumática —respondió el doctor—. El cerebro reconstruye los recuerdos como si armara un rompecabezas sin la caja con la imagen completa.
El hombre, mientras tanto, se había quedado mirando el techo de la habitación, repitiendo internamente esa frase que sentía tan familiar y tan lejana al mismo tiempo.
Papá de quedarme.
¿Quién le había dicho eso?
¿A quién se lo había dicho él?
Cerró los ojos, intentando forzar el recuerdo, pero lo único que llegó fue una sensación: la de una mano pequeña sosteniendo la suya, unos ojos oscuros mirándolo con una confianza total, absoluta, del tipo que solo los niños son capaces de entregar.
—Tengo una hija —dijo de repente, abriendo los ojos.
Carla, que estaba anotando algo en la tableta, levantó la vista.
—¿Está seguro?
—No. Pero lo siento. Lo siento en el pecho.
Esa misma noche, más tarde, mientras la tormenta seguía cayendo sobre la ciudad entera, incluyendo ese pequeño hospital rural en Los Alisos, el hombre tuvo otro fragmento.
Un nombre.
No el suyo.
El de otra persona.
—Richard —dijo, casi como una advertencia, mientras dormía—. No firmes nada. No confíes en Richard.
Carla, que hacía la ronda nocturna, escuchó eso y lo anotó también, sin saber que esas cuatro palabras, pronunciadas en sueños por un hombre sin identidad, en un hospital a trescientos kilómetros de distancia, estaban directamente conectadas con la crisis que en ese mismo momento se desarrollaba en el vestíbulo de mármol de una mansión.
Al día siguiente, el doctor Alvarado decidió, siguiendo el protocolo estándar para pacientes sin identificar después de tres semanas, reportar el caso a la base de datos nacional de personas desaparecidas, algo que debería haberse hecho antes, pero que se había retrasado por la sobrecarga habitual del sistema de salud rural.
El reporte tardaría, según las estimaciones, entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas en procesarse.
Setenta y dos horas.
El mismo tiempo, casi exacto, que Maya necesitaría para conseguir la orden judicial que le permitiera acceder a los registros médicos de emergencia de toda la región, buscando cualquier pista sobre el paradero de Ethan Cross.
En algún punto entre esas setenta y dos horas, dos búsquedas paralelas —una impulsada por el amor de una esposa que se negaba a aceptar la palabra "muerto", otra impulsada por el sistema burocrático de un hospital rural— estaban destinadas a encontrarse.
Pero esa noche, mientras la tormenta finalmente amainaba sobre la ciudad, el hombre sin nombre solo podía aferrarse a fragmentos: una frase, un nombre de advertencia, la sensación de una mano pequeña sujetando la suya.
Y una certeza, cada vez más fuerte, de que en algún lugar, alguien lo estaba esperando.
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Alguien que no sabía que él seguía vivo.
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