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Diez Minutos de Lluvia / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - El Rastro del Dinero

A la mañana siguiente, con el sol tratando de abrirse paso entre nubes todavía pesadas de la tormenta anterior, Maya llegó a la mansión con una carpeta gruesa bajo el brazo y ojeras que delataban una noche sin dormir.

—Encontré algo —dijo, sin preámbulos, sentándose frente a Elena en la cocina, el mismo espacio donde años atrás Elena había confrontado a Ethan por primera vez sobre las irregularidades financieras de su familia.

—¿Sobre Ethan?

—Sobre el dinero. Y creo que eso nos va a llevar hasta Ethan.

Maya extendió sobre la mesa una serie de documentos: extractos bancarios, capturas de correos electrónicos, mapas de transferencias que se cruzaban entre sí como una telaraña deliberadamente confusa.

—Richard movió más de cuarenta millones de dólares en los últimos seis meses, a través de siete empresas fantasma diferentes —explicó Maya—. Pero aquí está lo interesante: una de esas transferencias, hace exactamente tres semanas, no fue a una empresa fantasma. Fue a una clínica privada.

—¿Qué clínica?

—Una clínica de "rehabilitación" en la costa, especializada en tratar a pacientes con... problemas de salud mental severos. El tipo de lugar donde uno interna a alguien que no quiere que hable.

Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Ethan está ahí?

—No lo sé con certeza. El pago se hizo bajo un nombre falso: "Marcus Webb". Pero la fecha coincide exactamente con la desaparición de Ethan.

Elena tomó el teléfono inmediatamente, marcando el número de la clínica que Maya había subrayado en rojo en uno de los documentos.

—Buenos días, necesito información sobre un paciente registrado bajo el nombre Marcus Webb.

La recepcionista, del otro lado de la línea, respondió con la cautela protocolaria típica de esas instituciones.

—Lo siento, no podemos compartir información de pacientes sin la autorización correspondiente.

—Soy su esposa —dijo Elena, aunque técnicamente no lo era, no bajo ese nombre falso—. Necesito saber si está bien.

—Señora, si no tiene la documentación adecuada...

—Escúcheme —la voz de Elena se quebró, pero no de debilidad, sino de una determinación feroz—. Ese hombre fue secuestrado por su propio padre. Hay una investigación federal en curso en este mismo momento. Si no me da información ahora, en menos de una hora tendrá a dos agentes federales tocando la puerta de su clínica con una orden judicial.

Hubo un silencio del otro lado de la línea.

—Voy a transferirla con la directora médica —dijo finalmente la recepcionista.

Mientras esperaba, Elena miró a Maya, que ya estaba marcando el número del Agente Delgado para informarle del hallazgo.

—Tiene que estar vivo —dijo Elena, más para sí misma que para Maya—. Tiene que estarlo.

—¿Diga? —una nueva voz, más adulta, más cautelosa, llegó a través del teléfono—. Habla la doctora Fuentes, directora médica.

—Necesito saber sobre un paciente registrado como Marcus Webb.

Hubo una pausa larga, calculada, del tipo que hacen los médicos cuando están decidiendo cuánta verdad pueden compartir sin violar ninguna norma.

—¿Puedo preguntar cuál es su relación con el paciente?

—Soy su esposa. Su verdadero nombre es Ethan Cross. Fue internado bajo un nombre falso por su padre, que en este momento está siendo investigado por las autoridades federales por fraude, lavado de dinero y secuestro.

Otro silencio.

—El paciente que ingresó bajo ese nombre —dijo finalmente la doctora Fuentes— fue dado de alta hace cuatro días.

El corazón de Elena se detuvo por completo.

—¿Dado de alta? ¿A dónde?

—No tenemos esa información. El alta se procesó de forma... irregular. Alguien llegó con documentación que autorizaba el traslado a otra institución, pero cuando intentamos confirmar los datos de esa segunda institución días después, el número no existía.

—Entonces desapareció otra vez.

—Lo siento mucho, señora. Solo puedo decirle que, mientras estuvo aquí, el paciente presentaba signos de sedación prolongada, pero física y mentalmente estaba, según nuestros registros, en proceso de recuperación.

Elena colgó el teléfono, con las manos temblando, con una mezcla de esperanza y terror que le apretaba el pecho.

—Estaba vivo hace cuatro días —le dijo a Maya—. Y alguien lo sacó de ahí.

—¿Richard?

—No. Richard estuvo aquí, en esta casa, cada noche de la última semana. No pudo haber organizado un traslado a trescientos kilómetros de distancia sin que nosotros lo supiéramos.

Maya frunció el ceño, revisando de nuevo sus documentos.

—Entonces alguien más sabía dónde estaba Ethan. Alguien que actuó antes que nosotros.

En ese momento, el teléfono de Elena volvió a sonar.

Un número desconocido, con código de área que ella no reconoció.

Con las manos temblando, contestó.

—¿Elena? —dijo una voz al otro lado, débil, quebrada, pero absolutamente inconfundible.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

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—¿Ethan?

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