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Diez Minutos de Lluvia / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - El Reencuentro

El hospital de Los Alisos era pequeño, con paredes pintadas de un verde pálido que probablemente pretendía ser relajante pero que solo lograba parecer cansado, como todo en ese edificio.

Cuando Elena entró, con Maya a su lado y dos agentes federales caminando unos pasos detrás, el doctor Alvarado la reconoció de inmediato, aunque nunca la había visto antes.

—Usted debe ser Elena —dijo, con una sonrisa cansada pero genuina—. Él ha estado preguntando por usted cada cinco minutos desde que llegó aquí hace una hora.

—¿Está bien?

—Está deshidratado, con signos de sedación prolongada en su sistema, y con lagunas significativas en su memoria. Pero físicamente, va a recuperarse por completo.

Elena sintió que las piernas casi le fallaban de alivio.

—¿Puedo verlo?

—Por supuesto. Está en la habitación 12, al final del pasillo.

Elena caminó por ese pasillo con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que todos podían escucharlo.

Cuando abrió la puerta de la habitación 12, Ethan estaba sentado en la cama, más delgado de lo que ella recordaba, con una barba de tres semanas y ojeras profundas bajo los ojos, pero con una mirada que, en el instante en que la vio entrar, se iluminó con un reconocimiento total.

—Elena —dijo él, con la voz quebrada.

—Ethan.

Ella caminó hacia él, con el vientre pesado dificultando cada paso, pero sin importarle en absoluto la lentitud.

Cuando finalmente llegó a su lado, él extendió los brazos y la abrazó con una fuerza que contradecía completamente su fragilidad física, como si estuviera tratando de asegurarse, a través del tacto, de que ella era real.

—Pensé que no volvería a verte —dijo Ethan, con la cara hundida en su hombro.

—Yo nunca dejé de buscarte.

Se quedaron así, abrazados, durante lo que pareció una eternidad, mientras Maya y los agentes federales esperaban discretamente fuera de la habitación, dándoles el espacio que merecían después de tres semanas de infierno.

—Necesito contarte todo —dijo Ethan finalmente, separándose lo suficiente para mirarla a los ojos—. Lo que recuerdo, al menos.

—Cuando estés listo.

—Ahora. Necesito hacerlo ahora, antes de que se me olvide de nuevo.

Elena se sentó en el borde de la cama, sosteniendo su mano.

—Recuerdo que descubrí las transferencias hace un mes —comenzó Ethan, hablando despacio, como quien camina sobre hielo frágil—. Mi padre estaba moviendo dinero de la empresa a cuentas personales, usando la excusa de "expansión internacional". Cuando lo confronté, me dijo que si hablaba, iba a asegurarse de que nunca pudiera probar nada.

—¿Y qué pasó después?

—Una noche, mientras dormía, alguien entró a mi oficina en casa. Recuerdo un pañuelo sobre mi cara. Después, oscuridad. Fragmentos de habitaciones distintas, de voces distintas, de inyecciones que no pedí.

Elena sintió que la furia le quemaba el pecho, pero se contuvo, dejando que Ethan continuara.

—En algún momento, alguien me sacó de donde estaba —dijo—. Recuerdo una voz de mujer. Dijo algo como "esto no debería haber llegado tan lejos" y "no voy a permitir que me culpen de un asesinato".

—¿Recuerdas su cara?

Ethan cerró los ojos, esforzándose.

—No con claridad. Pero recuerdo... un anillo. Un anillo dorado con una piedra verde, en la mano izquierda, mientras me ayudaba a subir a un auto.

Elena sintió que el corazón se le detenía.

Ese anillo era inconfundible: había pertenecido a la madre de Vanessa, una de las pocas cosas de las que la joven hablaba con verdadero cariño en las raras ocasiones en que dejaba caer su máscara de indiferencia calculada.

—Fue Vanessa —dijo Elena, casi sin voz.

—¿La asistente de mi padre?

—La amante de tu padre, Ethan. Durante los últimos tres años.

Ethan cerró los ojos de nuevo, esta vez no por el esfuerzo de recordar, sino por el peso de una traición que, en algún nivel, siempre había sospechado pero nunca había querido confirmar completamente.

—Entonces ella me salvó y me traicionó al mismo tiempo —dijo él, finalmente—. Me sacó de una situación que probablemente terminaría en mi muerte, pero solo porque necesitaba un seguro contra mi padre.

—Así parece.

—¿Y ahora dónde está ella?

—Con los investigadores federales, en este mismo momento, intentando negociar algún tipo de inmunidad a cambio de información contra tu padre.

Ethan asintió lentamente, procesando toda la información con la lentitud de alguien cuyo cerebro todavía se estaba reconstruyendo pieza por pieza.

—Elena —dijo después de un momento—, necesito preguntarte algo, y necesito que seas completamente honesta conmigo.

—Lo que sea.

—¿Mi padre sabía que yo seguía vivo, todo este tiempo?

Elena tomó su mano con más fuerza.

—Sí. Él orquestó todo desde el principio. El certificado de defunción falso. Los documentos de sucesión. Todo, mientras sabía perfectamente que estabas vivo en algún lugar.

Ethan cerró los ojos, y por primera vez desde que Elena había entrado a esa habitación, permitió que las lágrimas cayeran libremente.

No de tristeza, exactamente.

De algo más complicado: el dolor específico de descubrir, con absoluta certeza, que la persona que debería haberlo protegido más en el mundo había sido, todo el tiempo, su enemigo más peligroso.

—Vamos a casa —dijo Elena, suavemente—. Sofía te está esperando.

Ethan abrió los ojos, y en ellos, mezclado con todo el dolor de las últimas semanas, apareció algo parecido a la esperanza.

—Papá de quedarme —susurró.

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—Papá de quedarme —repitió Elena.

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