Chapter 8 - La Voz al Otro Lado

—Elena —repitió la voz, más clara esta vez, aunque todavía cargada de un cansancio que parecía venir de mucho más profundo que tres semanas—. Soy yo.
Elena se sentó de golpe en la silla más cercana, con Maya observándola con una mezcla de alarma y esperanza contenida.
—Ethan, ¿dónde estás? ¿Estás bien? ¿Quién te hizo esto?
—Estoy... no estoy completamente seguro de dónde estoy —dijo él, y en su voz había una fragilidad que Elena nunca había escuchado antes—. Recuerdo fragmentos. Un hospital. Después otro lugar. Ahora estoy en una gasolinera, en una carretera que no reconozco.
—¿Cómo conseguiste este número?
—Lo recordé —dijo Ethan, y algo en su voz sonó casi sorprendido de sí mismo—. No recordaba mi propio nombre hasta hace dos días, pero recordaba tu número de teléfono.
Elena sintió las lágrimas corriendo libremente por su rostro, sin ningún intento de contenerlas esta vez.
—Voy a buscarte. Dime exactamente dónde estás.
—Hay un letrero —dijo Ethan, con la voz de alguien que está esforzándose por concentrarse en cada detalle—. Dice "Los Alisos, 12 kilómetros".
Maya ya estaba escribiendo el nombre en su teléfono, buscando la ubicación exacta.
—Los Alisos —dijo Maya—. Es un pueblo pequeño, a unas tres horas de aquí. Hay un hospital rural ahí, el mismo que mencionaba en los registros de la clínica.
—Ethan —dijo Elena, con la voz todavía temblando—, quédate exactamente donde estás. No te muevas. Voy a enviar a alguien de inmediato.
—Elena —dijo él, y por primera vez en toda la llamada, su voz se quebró completamente—, ¿estás bien? ¿Está bien el bebé?
—Estamos bien. Los dos estamos bien. Ethan, tienes una hija esperándote en casa. Y vamos a tener otro bebé en unas semanas.
Hubo un silencio del otro lado, un silencio lleno de emociones que ninguna palabra podría contener completamente.
—Sofía —dijo Ethan, finalmente, y la forma en que pronunció ese nombre, con tanta ternura, con tanto reconocimiento inmediato, confirmó a Elena que, sin importar cuánto de su memoria hubiera perdido, el amor por su familia seguía intacto en algún lugar profundo de su ser.
—Papá de quedarme —dijo Elena, repitiendo la frase secreta entre padre e hija.
—Sí —susurró Ethan, y Elena pudo escuchar, del otro lado de la línea, el sonido inconfundible de un hombre llorando de alivio—. Papá de quedarme.
Maya, mientras tanto, ya había contactado al Agente Delgado, quien coordinó de inmediato el envío de un equipo hacia la ubicación de Ethan, además de solicitar protección policial inmediata en caso de que quien lo había trasladado desde la clínica intentara localizarlo de nuevo.
—Ethan —dijo Elena—, ¿recuerdas quién te sacó de la clínica?
Hubo una pausa larga.
—Una mujer —dijo finalmente—. No recuerdo su cara con claridad, pero recuerdo su voz. Dijo que me estaba salvando de algo. Dijo que Richard iba a hacer que pareciera un accidente si me quedaba ahí más tiempo.
—¿Vanessa?
—No lo sé, Elena. Todo está tan borroso.
—Está bien. No te preocupes por eso ahora. Solo quédate ahí. Vamos a buscarte.
La llamada se cortó momentos después, cuando la batería del teléfono prestado que Ethan había conseguido finalmente se agotó, pero fue suficiente.
Suficiente para confirmar lo que Maya y Elena ya sospechaban: alguien dentro del círculo cercano de Richard había decidido, en algún momento durante esas tres semanas, cambiar de bando.
Alguien había sacado a Ethan de esa clínica antes de que Richard pudiera terminar lo que había empezado.
—Tiene que ser Vanessa —dijo Elena, mientras se preparaba apresuradamente para el viaje hacia Los Alisos—. Ella dijo, delante de los investigadores, que no sabía que Ethan seguía vivo. Pero ¿y si mintió? ¿Y si ella misma lo sacó de ahí, para tener algo con que negociar si todo se derrumbaba?
Maya asintió lentamente, procesando la teoría.
—Tendría sentido. Vanessa no es estúpida. Sabía que en algún momento, Richard la dejaría cargar con toda la culpa. Necesitaba un seguro.
—Entonces tenemos que encontrar a Ethan antes que ella —dijo Elena—. Porque si Vanessa cree que puede usarlo como moneda de cambio, no sabemos qué tan lejos está dispuesta a llegar para protegerse.
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El auto que las llevaría hacia Los Alisos ya esperaba en la entrada de la mansión, bajo un cielo que finalmente, después de tres semanas de tormenta constante, comenzaba a despejarse.
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