Chapter 6 - Lo Que el Dinero No Pudo Comprar

De vuelta en la mansión, la noche avanzaba hacia su hora más oscura.
Los dos investigadores federales, un hombre llamado Agente Delgado y una mujer llamada Agente Ruiz, habían trasladado el interrogatorio inicial del vestíbulo a la sala principal, un espacio más apropiado, según explicaron, para "una conversación de esta naturaleza".
Richard, sentado en un sillón de cuero que claramente nunca había sido diseñado para hacerlo sentir pequeño, pero que en ese momento parecía tragárselo entero, mantenía la compostura con el esfuerzo de un hombre acostumbrado a ganar cada partida que jugaba.
—Todo esto es un terrible malentendido —dijo, por tercera vez esa noche—. Mi hijo murió en un accidente. Su esposa, comprensiblemente afectada por el duelo, ha desarrollado teorías que no tienen fundamento.
La Agente Ruiz, sin levantar la vista de sus notas, respondió con la calma de quien ha escuchado esa misma frase cientos de veces, en cientos de salones idénticos a ese.
—Señor Cross, tenemos un certificado de defunción firmado por un forense que, según nuestros registros, no ha ejercido en este estado en los últimos dos años.
Richard palideció, apenas, un cambio casi imperceptible en el tono de su piel bajo la luz de la lámpara.
—Debe haber un error administrativo.
—También tenemos registros de siete transferencias bancarias, realizadas en las últimas tres semanas, desde cuentas que la empresa Cross Holdings declara como "gastos operativos internacionales", pero que en realidad corresponden a empresas fantasma registradas en tres países distintos.
Vanessa, sentada en el otro extremo de la sala, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, no había dicho una sola palabra desde que los investigadores comenzaron a hablar.
—Señorita Vanessa Reyes —dijo el Agente Delgado, dirigiéndose a ella por primera vez—, tenemos correos electrónicos suyos, enviados a la oficina de un notario, solicitando la falsificación de una firma correspondiente a Ethan Cross en un documento de transferencia de acciones.
Elena, sentada en el sofá más alejado, con una manta que Rosa había bajado para ella sobre los hombros, observaba todo con una mezcla extraña de agotamiento y algo parecido a la justicia poética.
—Yo no falsifiqué nada —dijo Vanessa, finalmente, con la voz quebrada—. Solo hice lo que Richard me pidió.
—Cállate —dijo Richard, con una furia contenida que, por primera vez esa noche, se filtró a través de su máscara de calma.
—No —respondió Vanessa, levantando la cabeza—. No voy a callarme. No voy a ir a prisión por ti, Richard. No después de todo lo que hice por esta familia.
—¿Todo lo que hiciste? —Elena no pudo contenerse—. Ayudaste a un hombre a robarle la herencia a su propio nieto, mientras ese hombre fingía que su hijo estaba muerto.
—Yo no sabía que Ethan seguía vivo —dijo Vanessa rápidamente, y en el instante en que las palabras salieron de su boca, toda la sala se congeló.
El Agente Delgado levantó la vista de sus notas con una lentitud deliberada.
—¿Qué acaba de decir, señorita Reyes?
Vanessa se dio cuenta, un segundo tarde, del error que había cometido.
—No, yo... quiero decir...
—Dijo "seguía vivo" —repitió la Agente Ruiz, con la voz completamente neutral, pero con los ojos fijos en Richard—. ¿Por qué usaría ese tiempo verbal si creyera que el señor Cross efectivamente murió en un accidente?
Elena sintió que el corazón se le detenía por completo.
—Richard —dijo, con una voz que apenas reconocía como suya—, ¿Ethan está vivo?
Richard no respondió.
Su silencio, en ese momento, dijo más que cualquier confesión.
—¡Richard! —el grito de Elena resonó en toda la sala, un grito que llevaba tres semanas de dolor comprimido esperando una salida—. ¿Dónde está mi esposo?
—No lo sé —dijo Richard, finalmente, con una voz que había perdido toda su frialdad calculada—. La última vez que supe de él, estaba... en tránsito. Hacia un lugar donde no pudiera interferir con la transición de poder de la empresa.
—¿Lo secuestraste?
—No fue un secuestro. Fue... una gestión de riesgo.
Elena se levantó del sofá, con el vientre pesado, con las piernas todavía temblando, pero con una fuerza en la voz que nadie en esa sala había escuchado antes esa noche.
—Una gestión de riesgo —repitió, casi sin poder creer las palabras que salían de la boca de ese hombre—. Hablas de secuestrar a tu propio hijo como si fuera una cifra en una hoja de cálculo.
—Ethan siempre fue el eslabón débil de esta familia —dijo Richard, y por primera vez, algo parecido a la verdad emergió sin filtro de su boca—. Blando. Sentimental. Iba a arruinar todo lo que construí en treinta años solo porque tenía escrúpulos sobre unos contratos internacionales.
—Esos "escrúpulos" —intervino la Agente Ruiz— probablemente se refieren a las irregularidades que nuestra oficina lleva investigando desde hace ocho meses, relacionadas con lavado de activos a través de la filial asiática de Cross Holdings.
Richard cerró los ojos.
Por primera vez esa noche, no dijo nada.
—Necesito saber dónde está mi esposo —dijo Elena, ahora directamente a los investigadores—. Ahora. Por favor.
El Agente Delgado asintió.
—Vamos a necesitar acceso completo a las comunicaciones del señor Cross, especialmente durante las últimas cuatro semanas. Si hay información sobre el paradero del señor Ethan Cross, la encontraremos.
Elena volvió a sentarse, con las manos temblando, con el vientre pesado, con una esperanza tan frágil que casi dolía sostenerla.
Ethan estaba vivo.
En algún lugar, su esposo estaba vivo.
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Y por primera vez en tres semanas, Elena permitió que esa idea, esa posibilidad, llenara completamente el espacio vacío que el dolor había ocupado durante tanto tiempo.
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