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Diez Minutos de Lluvia / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - La Niña que Contaba las Gotas

Nadie hablaba mucho de Sofía.

Sofía tenía seis años, el cabello oscuro como el de su madre, y una costumbre extraña que preocupaba a las niñeras: contaba cosas.

Contaba los escalones de la casa.

Contaba los cuadros del pasillo.

Y esa noche, mientras la tormenta más importante de su vida ocurría dos pisos más abajo, Sofía contaba las gotas de lluvia que caían sobre el cristal de su ventana.

—Doscientas tres. Doscientas cuatro.

Sofía no era hija de Ethan.

Era hija de un matrimonio anterior de Elena, uno breve, silencioso, que había terminado antes de que Sofía cumpliera dos años, cuando su padre biológico decidió que la paternidad no era compatible con sus planes de vida.

Ethan la había adoptado, en lo emocional si no en lo legal, desde el primer día que la conoció.

—No necesito ser tu papá de papeles —le había dicho, la primera vez que Sofía le preguntó, con esa honestidad brutal de los niños, si algún día se iría como el otro—. Voy a ser tu papá de quedarme.

Esa frase, "papá de quedarme", se convirtió en un código secreto entre los dos.

Y ahora, tres semanas después de que Ethan desapareciera, Sofía seguía repitiéndola en voz baja, como un conjuro, cada noche antes de dormir.

—Papá de quedarme. Papá de quedarme.

La niñera, una mujer mayor llamada Rosa que llevaba quince años trabajando para la familia Cross, entró a la habitación justo cuando el conteo de Sofía llegaba a doscientas diez.

—Cariño, ¿por qué no estás dormida?

—Porque hay ruidos abajo.

Rosa se acercó a la ventana, miró hacia el jardín, y vio, a través de la lluvia, dos siluetas oscuras acercándose a la entrada principal.

—Son solo visitas de tu abuelo, mi amor. Nada de qué preocuparse.

Sofía negó con la cabeza, con esa seguridad absoluta que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a mentirse a sí mismos.

—El abuelo no tiene visitas con lluvia. El abuelo dice que la lluvia arruina los zapatos de sus amigos.

Rosa no supo qué responder a eso.

—¿Y mi mamá? —preguntó Sofía—. ¿Está bien?

—Tu mamá está abajo, resolviendo algo importante.

—¿Y el bebé?

—El bebé está bien, cariño. Todavía tiene que esperar unas semanas más para nacer.

Sofía se sentó en el borde de la cama, con las piernas colgando, los pies descalzos tocando apenas el suelo.

—Cuando papá Ethan se fue, dijo que iba a resolver algo importante.

Rosa sintió que el pecho se le encogía.

—Sí, mi amor. Eso dijo.

—¿Y si mamá también se va a resolver algo importante y no vuelve?

Esa pregunta, tan simple, tan directa, tan devastadoramente honesta, se quedó flotando en la habitación como el eco de un trueno.

Rosa se sentó junto a ella.

—Tu mamá no es como las personas que se van, Sofía. Tu mamá es de las que se quedan.

—¿Como papá Ethan?

—Como papá Ethan.

Sofía se quedó pensando en eso durante un momento, con la seriedad absoluta de quien está resolviendo un problema matemático complicado.

—Entonces, ¿por qué él no ha vuelto?

Rosa no tenía respuesta para eso.

Nadie en esa casa la tenía.

Abajo, en el vestíbulo, mientras los investigadores federales tomaban nota de cada palabra que salía de la boca de Richard, Elena pensaba, en algún rincón de su mente exhausta, en su hija.

En cómo explicarle, al día siguiente, todo lo que había pasado esa noche.

En cómo decirle que su abuelo, el hombre que le regalaba juguetes caros cada Navidad, era también el hombre que había intentado destruir a toda su familia.

Los niños, pensaba Elena, entienden más de lo que los adultos creen.

Pero explicarles la traición, la codicia, la crueldad calculada de alguien como Richard, era un idioma que ella misma apenas comenzaba a comprender.

Arriba, Sofía finalmente se acostó, con Rosa sentada a su lado hasta que el sueño llegó.

Antes de cerrar los ojos, susurró una última vez:

—Papá de quedarme.

Y en algún lugar, en una habitación de hospital a trescientos kilómetros de esa mansión, un hombre con la cara vendada, la memoria fragmentada y un nombre falso en su historial médico, abrió los ojos por primera vez en tres semanas y, sin saber exactamente por qué, sintió la necesidad urgente de repetir esas mismas tres palabras.

Papá de quedarme.

No recordaba su propio nombre.

Pero recordaba esa frase.

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Y algo, muy en el fondo, le decía que esa frase era la clave para recordar todo lo demás.

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