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EL ECO DE LA SEDA ROTA / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - El chasquido sobre la piel rosa

El perfume de rosas importadas flotaba en la estancia, denso como una capa de vapor caliente.

Las paredes del camerino estaban cubiertas por un papel pintado de color crema, adornado con filigranas de pan de oro que reflejaban la luz de los apliques de cristal.

En el centro del espejo de tocador, tres velas aromáticas derramaban cera líquida sobre una bandeja de plata pulida.

Un brazo envuelto en encaje blanco cortó el aire con la velocidad de un látigo.

El impacto resonó contra las paredes de moldura blanca.

¡Zas!

La cabeza de la pequeña se desvió bruscamente hacia la izquierda, haciendo girar la corona de azahares sintéticos que llevaba sobre el cabello rubio.

Cuatro dedos marcados en un tono carmesí caliente aparecieron de inmediato sobre la mejilla suelta de la niña.

Un cesto de mimbre blanco, repleto de pétalos de rosa pastel, resbaló de sus dedos infantiles.

Los pétalos cayeron al suelo de parqué, dispersándose en un círculo perfecto alrededor de sus pequeñas zapatillas de charol.

—Cállate de una vez, Sophie —siseó la mujer, inclinándose sobre ella.

La novia no respiraba por la nariz; lo hacía por la boca, ajustándose el escote del vestido con la mano izquierda.

Su tul de seda crujió bajo la tensión de sus hombros rígidos.

La uña del pulgar de la mujer, pintada de un tono porcelana impecable, estaba manchada por una pequeña muesca de lápiz de labios rojo.

La niña no emitió un solo grito.

Sus párpados se cerraron con tanta fuerza que sus pestañas doradas parecieron aplastarse contra la piel del pómulo.

Sus manos, pequeñas y húmedas, se replegaron sobre el estómago, apretando la tela de su vestido de tul blanco hasta convertirla en un nudo arrugado.

Un hilo de saliva transparente descendió por la comisura de sus labios, cayendo directamente sobre el lazo rosa de su cintura.

La mujer se colocó las dos manos sobre las caderas, haciendo que la ballena de su corsé crujiera.

—Mira lo que has hecho con las flores —dijo la novia, bajando la mirada hacia el parqué.

La punta de su zapato de tacón de aguja pisoteó un pétalo rosado, aplastándolo hasta convertirlo en una mancha húmeda sobre la madera barnizada.

El aire en el camerino olía a laca de pelo, cera derretida y la piel caliente del rostro golpeado.

La niña dio un paso atrás.

El talón de su zapatilla chocado contra la pata de la mesa de tocador.

Un frasco de perfume de cristal tallado vibró sobre la superficie de mármol blanco.

La sombra del velo de la mujer cubría por completo el cuerpo de la pequeña, dejándola en una penumbra sofocante.

La niña abrió los ojos muy despacio.

Su pupila izquierda estaba dilatada, reflejando las tres llamas de las velas que temblaban sobre la bandeja de plata.

Sus dedos apretaron con más fuerza el tul arrugado de su falda.

—Tu papá no te va a mirar hoy —dijo la mujer, inclinando el rostro hasta que la punta de su nariz rozó la corona de flores de la niña.

La voz de la novia no tenía volumen, pero pesaba como una piedra lanzada en un pozo seco.

Su aliento olía a menta sintética y a champagne sin gas.

En la pared, el espejo devolvía la imagen de las dos figuras: la mole de encaje blanco y la pequeña sombra encogida contra la madera del tocador.

Un reloj de mesa de bronce marcaba los segundos con un chasquido metálico.

Tic. Tac. Tic.

La niña mantuvo los pies juntos, alineando las puntas de sus zapatos de charol sobre la junta de dos tablas del suelo.

Una gota de sudor frío bajó desde su sien rubia hasta la marca roja de su mejilla.

La piel quemaba.

La mujer volvió a erguirse, ajustándose el velo sobre el recogido de su cabello castaño.

Los cristales de los apliques de la pared emitieron un tintineo sutil cuando la puerta del fondo vibró.

Alguien caminaba por el pasillo exterior.

Pasos pesados.

Pasos que hacían crujir las vigas del viejo edificio restaurado.

La novia giró la cabeza hacia la puerta con un movimiento seco de su cuello.

Sus pestañas postizas parpadearon dos veces bajo la luz dorada de la habitación.

La pequeña no se movió de la esquina del tocador.

Su mano bajó lentamente desde la falda hasta tocar el borde de la cesta de mimbre vacía que yacía a su lado.

Sus uñas rozaron la superficie áspera del mimbre trenzado.

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Debajo de los pétalos aplastados en el fondo de la cesta, algo duro y frío reflejó un destello metálico.

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