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EL ECO DE LA SEDA ROTA / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El dobladillo manchado de tul

El vaho de la respiración de la novia empañó por un segundo el espejo del tocador.

Pasó el dorso de la mano por el vidrio, limpiando la mancha con un frotar áspero.

—Inútil —dijo sin girarse hacia la niña.

La mano de la pequeña permanecía dentro de la cesta de mimbre.

Sus dedos, cortos y manchados de jugo de pétalo machacado, se cerraron sobre la esquina dura del objeto oculto.

La piel de su mejilla izquierda había pasado del rojo al violeta oscuro en los bordes del pómulo.

Un temblor microscópico recorrió la barbilla de la niña, pero sus labios se mantuvieron apretados en una línea recta.

Los niños no lloran cuando el dolor es demasiado grande; los niños se vuelven de piedra.

El zapato de la novia volvió a sonar sobre el parqué.

Clac.

Avanzó hacia la mesa donde reposaba el ramo principal, compuesto por treinta rosas de tallo largo sin espinas.

Metió los dedos entre los tallos, acomodando el lazo de raso verde que los mantenía unidos.

—Tu padre tardará cinco minutos más en subir —dijo la mujer mirándose las uñas.

—Y cuando suba, vas a sonreír para las fotos del fotógrafo.

La niña no respondió.

Sus ojos dorados estaban fijos en el lazo de raso de su propia zapatilla.

El encaje del vestido de la mujer se arrastraba por el suelo, recogiendo el polvo fino que la camarera no había limpiado debajo de la cómoda.

Un hilo suelto del dobladillo de la novia se enganchó en la esquina de la cesta de mimbre.

La mujer no se dio cuenta.

Siguió caminando hacia el espejo grande de cuerpo entero que colgaba entre los dos ventanales.

El hilo se tensó.

La cesta se arrastró tres centímetros sobre las tablas de madera, emitiendo un chirrido agudo.

La niña extendió el pie y pisó la cesta para evitar que se la llevara.

El hilo de seda blanca se rompió con un chasquido seco.

La novia se detuvo frente al espejo de cuerpo entero.

Tocó la parte trasera de su peinado, comprobando que las horquillas de plata mantuvieran el velo en su sitio.

—Si vuelves a soltar una sola lágrima, Sophie, le diré a tu papá que tiraste el pastel antes de la entrada —dijo la mujer al espejo.

La figura reflejada en el cristal sonrió sin mostrar los dientes.

Era una sonrisa ensayada frente al espejo durante seis meses de preparativos.

La niña respiró despacio.

El aire le escocía al entrar por la nariz, cargado del polvo del suelo y el olor a perfume barato.

Metió la otra mano en el bolsillo oculto de su falda de tul.

Dentro había un caramelo de fresa envuelto en papel de celofán arrugado.

El celofán crujió bajo la presión de sus dedos fríos.

Pensó en el caramelo.

Pensó en la forma en que se deshacía en la lengua cuando su padre se lo daba a escondidas en el coche.

"Para la princesa", le decía él siempre que la madre de la novia no estaba cerca.

Pero la mujer de blanco siempre estaba cerca.

Estaba en la cocina.

Estaba en el pasillo.

Estaba en la puerta del colegio a las cinco de la tarde, esperando con las llaves del coche en la mano y la boca torcida.

La manilla de bronce de la puerta principal bajó lentamente.

El pestillo metálico cedió con un sonido pesado.

La niña no levantó la cabeza.

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Solo apretó la esquina del objeto metálico en el fondo de la cesta hasta que la piel de su palma se volvió blanca.

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