Chapter 3 - El cuero contra el umbral

La puerta de roble masivo se abrió de golpe, chocando contra el tope de latón fijado al suelo.
El impacto hizo que los cristales de la lámpara de techo emitieran un campanilleo metálico.
En el umbral apareció un hombre alto, con un tuxedo de lana negra de corte impecable.
La camisa blanca de cuello almidonado destacaba contra la tez morena de su rostro.
La pajarita de seda negra estaba ligeramente torcida hacia la derecha, como si se la hubiera ajustado con prisa mientras subía las escaleras.
Sus zapatos de cuero negro brillante se detuvieron sobre el marco de la puerta.
El rostro del hombre, habitualmente sereno, estaba marcado por dos arrugas profundas entre las cejas.
Sus ojos recorrieron la habitación en medio segundo.
Pasaron por encima del espejo de tocador.
Pasaron por encima de la novia, que acababa de dar una vuelta sobre sí misma para mostrar la caída del velo.
Y se detuvieron en la esquina del tocador.
Allí, encogida contra la madera blanca, estaba la pequeña.
El hombre no dijo nada en los primeros tres segundos.
Su pecho subió y bajó bajo la pechera rígida de la camisa de etiqueta.
La mandíbula del hombre se apretó con tanta fuerza que la piel de su mejilla izquierda dibujó un bulto duro.
La novia dio dos pasos hacia él con los brazos abiertos, desplegando la cola del vestido como las alas de un ave de presa.
—¡Julian! —exclamó la mujer, modulando la voz con una dulzura repentina que llenó la estancia—. Ya casi estoy lista. Solo faltan las fotos con...
El hombre no la miró.
Sus ojos seguían fijos en la marca carmesí de cuatro dedos que brillaba sobre la cara de su hija.
La niña levantó la cabeza muy despacio.
Cuando sus ojos se encontraron con los de su padre, los labios de la pequeña temblaron por primera vez en toda la mañana.
No emitió ningún sonido.
Solo levantó los dos brazos hacia adelante, mostrando las palmas abiertas y manchadas de jugo de rosa.
El hombre dio un paso.
El sonido de su suela de cuero al golpear el parqué resonó como un disparo dentro del camerino.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el hombre.
Su voz no era un grito.
Era un tono grave, bajo, arrastrado, como el sonido de una tormenta que se aproxima tras las montañas.
La novia se interpuso en su camino, levantando una mano enguantada para tocarle el solapa del traje.
—Nada, amor. La niña se ha caído contra la pata de la mesa mientras jugaba con las flores. Es tan torpe a veces...
La mano del hombre no tocó la mano de la mujer.
Se limitó a apartar el brazo de la novia con un movimiento seco de su antebrazo.
La seda del guante de la novia rozó la lana del traje con un silbido.
El hombre pasó de largo.
Se arrodilló sobre el parqué, ignorando el polvo y las hojas aplastadas que mancharon de inmediato la rodilla derecha de su pantalón de etiqueta.
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Sus manos, grandes y callosas, rodearon los codos de la niña.
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