Chapter 10 - El coche de juguete y la carretera limpia

El todoterreno negro del hombre estaba aparcado bajo la sombra de un gran roble centenario.
Las hojas secas caían sobre el capó de metal brillante, acumulándose cerca del limpiaparabrisas.
El hombre abrió la puerta trasera del vehículo con un clic electrónico.
Acomodó a la pequeña en su silla de seguridad infantil, abrochando los cinco puntos del cinturón de tela resistente.
El arnés se ajustó con un chasquido firme sobre el vestido de tul blanco de la niña.
El hombre pasó la mano por la mejilla de su hija una vez más.
La marca carmesí seguía allí, pero el calor febril había empezado a bajar bajo el aire fresco de la tarde.
—¿Te duele todavía? —preguntó él.
La niña negó con la cabeza.
Metió la mano en el bolsillo oculto de su falda y sacó el caramelo de fresa envuelto en celofán arrugado.
Lo sostuvo entre dos dedos frente al rostro de su padre.
—Para ti, papi —dijo la pequeña—. Para que no tengas hambre mientras conduces.
El hombre tomó el caramelo.
Sus dedos, duros y grandes, desempaquetaron el plástico transparente con una lentitud casi sagrada.
Se metió el caramelo rojo en la boca.
El sabor a fresa sintética y azúcar concentrada llenó su paladar, borrando el gusto a amargura y menta que había quedado en el ambiente del camerino.
—Gracias, princesa —dijo él.
Se inclinó y besó la mejilla sana de la niña.
Luego se giró, rodeó el todoterreno y se sentó en el asiento del conductor.
Encendió el motor de ocho cilindros.
El rugido del motor llenó el aparcamiento silencioso, haciendo vibrar las hojas secas que caían del roble.
El hombre metió la primera marcha y aceleró.
El todoterreno avanzó sobre la grava del camino privado, dejando atrás la hacienda, las flores importadas, las doscientas sillas de madera blanca y la figura de encaje que lloraba sobre el parqué de un camerino destruido.
En el asiento trasero, la pequeña miraba por la ventanilla trasera.
Vio cómo la torre del viejo edificio se volvía cada vez más pequeña entre la copa de los árboles.
Tomó la cesta de mimbre que yacía a su lado sobre el cuero del asiento.
Saco el último pétalo de rosa pastel que quedaba en el fondo.
Bajó un centímetro la ventanilla del todoterreno y dejó ir el pétalo.
El aire de la carretera se llevó la hoja rosada, haciéndola volar en espiral hasta que desapareció en el polvo del camino.
La niña sonrió por primera vez en todo el día.
Apretó la espalda contra el respaldo de su silla de seguridad y miró el perfil de su padre reflejado en el retrovisor central.
—Papi —dijo la pequeña.
—Dime, Sophie.
—Hoy es un buen día para ir a comer helado de chocolate.
El hombre miró la imagen de su hija en el espejo retrovisor.
Aceleró un poco más, tomando la curva que conducía directamente a la autopista principal.
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—Hoy es el mejor día para comer helado de chocolate, Sophie —dijo el padre.
Y el todoterreno negro desapareció en el horizonte, bajo el cielo limpio de la tarde que comenzaba a teñirse de oro y violeta.