Chapter 5 - El choque de la seda contra el espejo

La mujer avanzó de nuevo, esta vez con los puños cerrados a los lados del vestido.
Las ballenas del corsé se clavaban en su cintura a cada paso precipitado.
—¡Es mi día! —gritó la novia, golpeándose el pecho con la mano enguantada—. ¡He pagado cincuenta mil dólares por esta ceremonia! ¡No voy a dejar que una mocosa mimada arruine todo!
Llegó a la distancia de un brazo del hombre.
Intentó rodearlo para alcanzar a la niña que permanecía escondida tras su espalda.
El hombre no esperó.
Extendió la palma de su mano derecha y la apoyó directamente sobre el centro del pecho de la mujer, donde el encaje se cruzaba en forma de corazón.
Empujó hacia adelante con una fuerza seca y calculada.
El cuerpo de la novia salió despedido hacia atrás.
Sus zapatos de tacón no encontraron agarre sobre la madera barnizada del suelo.
La espalda de la mujer chocó bruscamente contra el gran espejo de cuerpo entero que colgaba de la pared.
El marco de madera dorada vibró con un crujido seco.
El espejo se inclinó hacia adelante dos centímetros antes de volver a su posición original con un golpe contra el ladrillo.
La novia cayó sentada sobre el banquillo del tocador, haciendo que la bandeja de plata con las velas restantes se secara de lado.
La cera caliente derramada sobre el parqué, creando una mancha blanca que se solidificó en segundos.
La dama de honor de la puerta dejó caer el copón de champagne.
El cristal fino se estrelló contra el umbral de piedra, dispersando fragmentos brillantes y espuma dorada por todo el pasillo.
—Se acabó, Vanessa —dijo el hombre.
Su voz era tan plana como una lámina de plomo.
La niña se movió ligeramente en el abrazo de su padre.
Desalojó el brazo izquierdo y metió la mano dentro de la cesta de mimbre que aún colgaba del hombro del hombre por su asa de cinta rosa.
Sus pequeños dedos buscaron bajo las rosas aplastadas.
El objeto de metal negro y vidrio pulido estaba frío.
La pequeña tiró de él hacia arriba, sacándolo a la luz dorada del camerino.
Era un teléfono móvil de última generación, de color negro mate, sin funda de protección.
La pantalla estaba apagada, pero en la esquina superior derecha parpadeaba una pequeña luz de notificación de color azul intenso.
La niña estiró el brazo y le ofreció el aparato a su padre.
—Papi —dijo la pequeña con una voz fina que flotó sobre el silencio de la habitación—. Encontré esto en el bolso blanco de la señora.
El hombre miró el teléfono negro en la mano de su hija.
La novia, sentada en el banquillo con el peinado medio caído, se congeló en su sitio.
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Toda la sangre de su rostro pareció drenarse hacia el cuello, dejándola tan blanca como el encaje de su propio vestido.
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