Chapter 2 - De rodillas

—Cruza los brazos.
La orden cae como una piedra en el silencio del aula.
Mateo no se mueve. No entiende. O entiende demasiado bien y su cuerpo se niega a obedecer.
—¿Perdón?
—Cruza los brazos y arrodíllate.
Alguien, al fondo, deja caer un lápiz. El sonido rebota contra el silencio como un disparo pequeño.
Nadie lo recoge.
Mateo mira a su alrededor. Busca un adulto, una salida, algo que le diga que esto no está pasando de verdad.
No encuentra nada.
Solo veintinueve pares de ojos que miran el suelo, las manos, cualquier cosa que no sea la escena que se arma frente a ellos.
—No hice nada malo.
Su voz tiembla, pero no se quiebra.
Hay algo en los niños que no se rompe fácil, aunque los adultos se empeñen en encontrar la grieta.
—¿Que no hiciste nada?
Adriana da un paso. Su sombra cae sobre él como una cortina.
—Arrodíllate.
Esta vez su voz no es suave. No es la voz del anuario.
Es otra cosa. Algo más viejo, más oxidado, que llevaba tiempo esperando salir.
Mateo mira el piso. Frío, gris, con marcas de sillas arrastradas durante años.
Dobla las rodillas.
El sonido de sus huesos contra el linóleo es pequeño, pero en ese silencio suena enorme.
Cruza los brazos sobre el pecho, como se lo ordenaron.
Su mandíbula tiembla. Aprieta los dientes para que no se le note.
—Así está mejor.
Adriana se inclina.
Su rostro queda a centímetros del de él. Puede sentir su respiración, el perfume dulzón que usa, mezclado con algo agrio que no tiene nombre.
—¿Sabes lo que hiciste?
—No.
—Le robaste la beca a mi hijo.
Las palabras salen despacio, cada una golpeando como un martillo.
Mateo abre la boca. La cierra.
—Yo no...
—¡Cállate!
El grito hace que dos niñas, en la primera fila, se encojan sobre sus pupitres.
—¡Le robaste la beca a mi hijo!
Su dedo índice se clava en el aire, apenas a centímetros de la cara de Mateo.
—Todos esos años estudiando. Todas esas noches sin dormir. Y tú apareces con tu promedio perfecto y se lo quitas todo. ¡A un niño que no tiene ni la mitad de lo que tiene el mío!
Mateo, de rodillas, con los brazos cruzados, siente algo caliente subir por su garganta.
No es enojo. Es más parecido al miedo, pero con un filo distinto.
—Yo solo estudié.
—¡Estudiaste para quitarle lo que era de él!
La lógica de un adulto enojado no necesita tener sentido. Solo necesita un destinatario.
Y hoy, el destinatario tiene diez años, un corte de pelo hecho en casa y una mancha de tinta en la camisa.
Sofía, dos filas atrás, tiene los nudillos blancos de apretar el lápiz.
Quiere gritar. Quiere pararse y decir algo, lo que sea, para que esto se detenga.
Pero una vocecita adentro —esa vocecita que los niños desarrollan cuando el mundo les enseña que hablar tiene consecuencias— le dice que se quede quieta.
Que espere.
Que hay otra forma de arreglar esto.
Una forma silenciosa.
Adriana se endereza. Respira fuerte, como si hubiera corrido.
Se pasa una mano por el cabello, componiendo el peinado que se había desordenado un poco con el grito.
—Quédate así —dice, con una calma que asusta más que el grito anterior—. Hasta que aprendas.
Camina hacia su escritorio. Se sienta. Abre un libro como si nada hubiera pasado.
Como si un niño no estuviera de rodillas en el centro del salón, con los brazos cruzados y los ojos llenos de algo que todavía no sabe nombrar.
Los minutos pasan.
Uno.
Dos.
Cinco.
Las rodillas de Mateo empiezan a doler contra el piso duro. Sus brazos, cruzados con tanta fuerza, empiezan a temblar.
Ningún compañero lo mira directamente. Pero todos lo miran, de reojo, con esa mezcla de lástima y alivio de no ser ellos.
Sofía es la única que no aparta la vista del todo.
Sus ojos van de Mateo a la profesora, de la profesora al poste blanco donde la cámara sigue apagada.
Algo se está formando en su cabeza. Un plan pequeño, del tamaño de una niña de nueve años, pero un plan al fin.
—Profesora —dice una voz desde el fondo.
Es un niño con lentes, el más callado del salón.
—¿Puedo ir al baño?
Adriana levanta la vista del libro, molesta por la interrupción.
—Rápido.
El niño se levanta y camina hacia la puerta, con la cabeza baja, sin mirar a Mateo.
Sofía observa la puerta abrirse y cerrarse.
Piensa en el pasillo. En dónde está el enchufe de la cámara. En cuánto tiempo tiene antes de que alguien la note.
Mateo, todavía de rodillas, cierra los ojos.
No para llorar. Se prohíbe llorar.
Cierra los ojos porque es la única forma que conoce de estar en otro lugar sin moverse del sitio.
Piensa en su casa. En su madre, que trabaja dos turnos y no sabe nada de esto todavía. En su perro, que lo espera cada tarde en la puerta con la cola moviéndose como un péndulo feliz.
Piensa en cualquier cosa que no sea el dolor en sus rodillas y el peso de los ojos de sus compañeros.
—Diez minutos más —dice Adriana, sin levantar la vista del libro—. A ver si aprendes lo que es el respeto.
El reloj marca las nueve y veintitrés.
Sofía mira el reloj. Después mira el poste blanco.
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Y toma una decisión que ningún adulto en ese salón sabe que se está tomando.
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