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LA LUZ ROJA NO MIENTE / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Lo que dijo la directora

La oficina de la directora huele a café recién hecho y a papel viejo.

Hay una planta en la esquina que necesita agua desde hace días, y un diploma enmarcado que cuelga ligeramente torcido en la pared.

La directora Marisol Campos tiene cincuenta y tantos años, el cabello gris recogido en un moño estricto, y unos lentes que se quita y se pone constantemente cuando está nerviosa.

En este momento, se los quita.

Frente a ella, sentada con la espalda rígida, está Adriana Fuentes.

De pie, junto a la puerta, Don Ernesto Salazar espera con los brazos cruzados, en silencio, como un testigo que no piensa irse hasta que esto se resuelva de la forma correcta.

—Adriana —dice la directora, con una voz que intenta mantenerse profesional, aunque la mano que sostiene los lentes tiembla apenas—, llevamos quince años trabajando juntas.

—Marisol, por favor, déjame explicar...

—Ya escuché la explicación. La escuché de Don Ernesto, la escuché de los niños, y la escuché de la grabación que él me mostró hace diez minutos.

Adriana baja la mirada.

—Fue un momento de descontrol. Un mal día. No volverá a pasar.

—¿Un mal día? —la voz de Marisol se eleva, algo raro en ella, que siempre ha sido conocida en la escuela por su calma inquebrantable—. Hiciste que un niño de diez años se arrodillara durante veinte minutos, lo acusaste de robar algo que nunca existió como robo, y desconectaste una cámara de seguridad para que nadie lo viera.

Cada palabra cae como un ladrillo sobre una pared que se está construyendo, lenta pero definitivamente, entre las dos mujeres.

—Iván no durmió durante semanas preparándose para ese examen —dice Adriana, y por primera vez su voz suena genuinamente quebrada, no como una actuación—. Y cuando vio los resultados, cuando vio que había perdido la beca por dos décimas de punto, algo en él se apagó. No ha vuelto a ser el mismo.

Hay un silencio breve, donde incluso Don Ernesto, desde su lugar junto a la puerta, siente el peso genuino del dolor de una madre.

Pero el dolor, por más real que sea, no justifica lo que vino después.

—Entiendo tu preocupación como madre —dice Marisol, con más suavidad ahora, aunque sin ceder en lo esencial—. Pero eso no te da derecho a descargar esa frustración sobre un niño inocente.

—Lo sé.

Las palabras salen bajas, casi inaudibles.

—Lo sé —repite Adriana—. Lo supe apenas terminé de gritarle. Pero ya era tarde. Ya lo había hecho.

Se cubre el rostro con las manos por un momento. Cuando las retira, sus ojos están húmedos.

—Voy a tener que suspenderte, Adriana. Mientras se hace una investigación formal.

—¿Suspenderme?

—Es el procedimiento mínimo. Dependiendo de lo que determine el comité, podría ser algo más permanente.

Adriana asiente despacio, como si ya hubiera sabido, desde el momento en que Don Ernesto abrió la puerta del aula, que esto era inevitable.

—¿Puedo pedirte un favor? —dice, con la voz quebrada.

Marisol la mira, esperando.

—¿Puedo hablar con el niño? ¿Con Mateo? Antes de irme.

Don Ernesto, desde la puerta, interviene por primera vez en varios minutos.

—Eso tendría que ser con el niño presente, con su madre informada, y probablemente con un consejero escolar en la sala. No es algo que se decide así, entre nosotros.

Adriana asiente de nuevo. Entiende, aunque le cueste.

—Está bien.

Se pone de pie. Sus piernas, por un momento, parecen no querer sostenerla del todo.

—Voy a buscar mis cosas del salón.

—Alguien la va a acompañar —dice Marisol—. Es el procedimiento.

Adriana asiente por tercera vez, ya sin fuerzas para discutir nada.

Camina hacia la puerta. Se detiene junto a Don Ernesto, sin mirarlo directamente.

—Gracias por no dejar que esto se quedara escondido —dice, en voz muy baja, casi un susurro—. Aunque no lo parezca ahora, es lo correcto.

Sale de la oficina.

Don Ernesto se queda un momento más, mirando a la directora, que se ha vuelto a poner los lentes y ahora escribe algo en un cuaderno con manos que todavía tiemblan un poco.

—¿Cómo está el niño? —pregunta ella, sin levantar la vista.

—Con la enfermera. Físicamente va a estar bien. Lo otro... —Don Ernesto hace una pausa—. Lo otro va a tomar más tiempo.

—¿Y la niña? La que reconectó la cámara.

—Sofía. —Una sombra de algo parecido al orgullo cruza el rostro curtido del guardia—. Está con él. No ha querido separarse de su lado desde que salieron del salón.

Marisol asiente, escribiendo algo más.

—Va a necesitar hablar con la madre de Mateo también. Y probablemente con un abogado escolar, dependiendo de cómo avance esto.

—Lo sé. Yo me encargo de coordinar lo que necesite.

Se da media vuelta para salir, pero se detiene en el umbral.

—Directora.

—¿Sí?

—Esa cámara llevaba años sin revisión completa. El sistema es viejo, las conexiones son frágiles. Hoy funcionó porque una niña de nueve años supo arreglar un cable con las manos.

Marisol lo mira, entendiendo el peso de lo que está diciendo.

—Voy a pedir presupuesto para renovarlo. Esta misma semana.

—Debería haberse pedido hace mucho tiempo.

—Lo sé, Don Ernesto. Lo sé.

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El guardia asiente y sale de la oficina, dejando a la directora sola con sus pensamientos, su cuaderno, y el peso de una mañana que ha cambiado más de lo que cualquiera hubiera imaginado al empezar el día.

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