Chapter 9 - El balón desinflado

La enfermería de la escuela es un cuarto pequeño, con dos camillas, un botiquín blanco con la pintura descascarada, y un póster desteñido de un esqueleto humano pegado en la pared.
Mateo está sentado en una de las camillas, con las piernas colgando, mientras la enfermera le limpia las rodillas con un algodón empapado en algo que arde un poco.
Hace una mueca, pero no se queja.
Sofía está sentada en una silla junto a él, con las manos entre las rodillas, mirando el suelo.
—¿Duele? —pregunta, en voz baja.
—Un poco.
—Lo siento. Tardé mucho en arreglar el cable.
Mateo la mira. Por primera vez desde que empezó la mañana, algo parecido a una sonrisa —pequeña, torcida, pero real— aparece en su rostro.
—No tardaste mucho. Tardaste lo justo.
La enfermera termina de vendarle las rodillas con una gasa suave.
—Listo, cariño. Vas a estar bien. Voy a llamar a tu mamá para que venga a buscarte, ¿de acuerdo?
Mateo asiente. La enfermera sale del cuarto, dejando la puerta entreabierta.
Se quedan solos un momento, los dos niños, en el silencio extraño de después de la tormenta.
En un rincón del cuarto hay una caja con juguetes viejos, de los que se usan para distraer a los niños que vienen con fiebre o con algún raspón del recreo.
Sofía se levanta y camina hacia la caja. Saca un balón pequeño, medio desinflado, con los colores ya descoloridos por el tiempo.
Lo aprieta entre sus manos. El plástico cede fácilmente, sin resistencia, como algo que ya perdió la mayor parte de su aire hace mucho tiempo.
—Mi papá tenía uno así —dice, sin mirar a Mateo, con la vista fija en el balón—. Antes de irse.
Mateo la mira, sin saber muy bien qué decir. Los niños, a veces, entienden mejor que los adultos cuándo el silencio es la respuesta correcta.
—Se fue hace dos años —continúa Sofía—. Mi mamá dice que fue por trabajo, pero yo sé que no es cierto.
Aprieta el balón de nuevo. El aire que le queda dentro sale con un sonido triste, un silbido apagado.
—A veces pienso que si hubiera hecho algo distinto, si hubiera sido más buena, tal vez él se habría quedado.
Mateo baja de la camilla, con cuidado de no lastimarse las rodillas vendadas.
Camina hacia ella.
—Eso no es cierto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tú no hiciste nada malo. Igual que yo no hice nada malo hoy. A veces las cosas malas pasan y no es culpa de nadie que sea niño.
Sofía lo mira, con los ojos brillantes, a punto de desbordarse.
—Fuiste muy valiente —dice Mateo—. Nadie más hizo nada. Solo tú.
—Tenía miedo.
—Yo también tenía miedo. Y aun así estaba ahí, de rodillas, sin poder hacer nada.
—Eso no es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo —dice Mateo, con una sabiduría que parece demasiado grande para sus diez años—. El miedo no importa si igual haces lo correcto.
Sofía deja el balón sobre la mesa. Se limpia los ojos con el dorso de la mano, rápido, como si no quisiera que nadie —ni siquiera Mateo— la viera llorar.
—¿Crees que la van a despedir? A la profesora.
Mateo se sienta a su lado, en la otra silla.
—No sé. Y no sé si quiero que la despidan.
—¿Por qué no?
—Porque parecía muy triste, debajo de todo el enojo. Como si algo le doliera mucho, mucho tiempo antes de hoy.
Sofía lo mira, sorprendida de que él, después de todo lo que pasó, todavía pueda pensar en el dolor de la persona que se lo causó.
—Eso no significa que estuvo bien lo que hizo.
—No —dice Mateo—. No estuvo bien. Pero tal vez las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Que hizo algo malo, y que también está sufriendo por algo.
La puerta de la enfermería se abre. Es Don Ernesto, que se asoma con una sonrisa cansada pero genuina.
—¿Cómo están los héroes de hoy?
Mateo se sonroja un poco. Sofía sonríe, por primera vez desde la mañana, una sonrisa completa, sin sombras.
—No somos héroes —dice ella.
—Claro que lo son. —Don Ernesto entra, cargando dos paletas heladas que sacó, probablemente, de la máquina expendedora de la sala de profesores—. Uno tuvo el valor de aguantar algo injusto sin dejar de decir la verdad. La otra tuvo el ingenio de arreglar lo que estaba roto, aunque nadie se lo pidiera.
Les entrega una paleta a cada uno.
—Eso es exactamente lo que hacen los héroes.
Mateo toma la paleta, todavía fría, y siente algo cálido extenderse por su pecho, algo que no tiene que ver con el sabor a cereza artificial.
Es la primera vez, desde que la profesora dijo su nombre esa mañana, que se siente completamente seguro.
Sofía desenvuelve la suya despacio, mirando a Don Ernesto.
—Gracias por creernos.
—Los niños siempre dicen la verdad más de lo que los adultos quieren admitir —dice él, sentándose en la camilla vacía, con un gruñido suave por el esfuerzo—. Solo hay que estar dispuesto a escuchar.
Afuera, en el pasillo, se escuchan pasos apresurados. Una voz de mujer, preocupada, preguntando por Mateo.
Es su madre, que llegó corriendo apenas recibió la llamada.
Mateo se pone de pie de un salto, olvidando por un momento el dolor de sus rodillas, y corre hacia la puerta.
Sofía y Don Ernesto se quedan mirando la escena del reencuentro: la madre abrazando a su hijo con una fuerza desesperada, revisando cada centímetro de su cuerpo con los ojos, preguntando mil cosas al mismo tiempo.
—¿Tu mamá va a venir también? —pregunta Don Ernesto, mirando a Sofía.
—Está trabajando. Sale a las seis.
—¿Alguien te espera en casa mientras tanto?
—Mi abuela.
Don Ernesto asiente, pensativo.
—¿Te gustaría quedarte un rato conmigo, en mi oficina, hasta que termine tu horario normal? Podría enseñarte cómo funcionan las cámaras. Ya que sabes arreglar cables, tal vez te interese saber también cómo se ven las pantallas del otro lado.
Los ojos de Sofía se iluminan por primera vez en todo el día.
—¿De verdad?
—De verdad.
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Y así, entre paletas heladas, un balón desinflado olvidado sobre la mesa, y una mañana que ninguno de los dos va a olvidar jamás, algo empieza a sanar, aunque despacio, aunque todavía falte mucho camino.
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