Chapter 5 - La pantalla que despierta

Sofía espera el momento exacto.
Sabe que no puede moverse ahora. La profesora ha vuelto a caminar entre las filas, revisando cuadernos, con esa calma que da más miedo que cualquier grito.
Mateo sigue de rodillas. Han pasado casi quince minutos.
Sus piernas ya no tiemblan. Están más allá del temblor, en ese punto donde el cuerpo deja de sentir del todo, como si se apagara una parte de uno mismo para sobrevivir el resto.
—Bien —dice Adriana, finalmente, deteniéndose frente a él—. Creo que ya aprendiste la lección.
Mateo no contesta. No confía en su propia voz.
—Puedes sentarte.
Se levanta despacio, tambaleándose un poco. Sus rodillas, rojas, marcadas por el piso, casi ceden al primer paso.
Camina hacia su pupitre con la cabeza baja.
Nadie lo mira directamente. Pero todos, de alguna forma, lo acompañan en silencio.
Sofía respira, apenas, un poco más tranquila.
Pero sabe que esto no ha terminado. Sabe que la cámara sigue apagada, y que sin ella, nada de esto existió, oficialmente.
Sin la luz roja, es solo la palabra de unos niños contra la palabra de una adulta.
Y los niños, en este mundo, casi nunca ganan esa clase de batallas.
Adriana regresa a su escritorio. Se sienta. Abre su libro otra vez, como si los últimos veinte minutos no hubieran pasado.
Sofía levanta la mano.
—Profesora, ¿puedo tirar esto a la basura?
Muestra un papel arrugado, el borrador de un ejercicio que ya no necesita.
Adriana, sin mirarla, hace un gesto con la mano. Un permiso silencioso.
Sofía se levanta. Camina hacia el basurero, que está, convenientemente, junto al poste blanco.
Su corazón late tan fuerte que le sorprende que nadie más lo escuche.
Tira el papel. Se agacha, como para recoger algo que se le cayó.
Sus dedos, rápidos, sacan el cable de repuesto de dentro de su calcetín, donde lo escondió después de guardarlo en la mochila.
Mira hacia la profesora. Está leyendo, concentrada, o fingiendo estarlo.
Mira hacia sus compañeros. Nadie la observa; todos han vuelto a sus cuadernos, aliviados de que el drama, por ahora, haya terminado.
Sofía busca el enchufe con los dedos, sin mirar directamente, con la misma técnica que usan los niños para hacer trampas en los juegos sin que los adultos se den cuenta.
El cable original de la cámara está desconectado, colgando suelto desde el poste.
No alcanza a conectar el original —está atado de una forma extraña, tal vez enredado en el mecanismo interno de la cámara—, así que hace lo único que puede: conecta su propio cable, el que trajo del cuarto de mantenimiento, a la toma de corriente, y con dedos temblorosos, empalma los dos extremos de cable pelado que encontró, uniendo el circuito con un nudo torpe pero firme.
No es un trabajo profesional. Es el trabajo de una niña de nueve años que aprendió, viendo a su padre arreglar cosas en casa, que a veces basta con que los cables se toquen para que la electricidad vuelva a fluir.
Un chispazo diminuto, casi invisible.
Y entonces, la luz roja de la cámara parpadea.
Una vez.
Dos veces.
Se queda encendida.
Sofía suelta el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se pone de pie rápido, con las manos vacías, como si nunca hubiera tocado nada.
Regresa a su pupitre. Se sienta. Toma su lápiz.
Nadie lo notó.
Nadie, excepto la cámara, que ahora, otra vez despierta, mira todo el salón con su ojo rojo fijo.
Graba el resto de la clase. Graba a Mateo, con las rodillas todavía marcadas, tratando de concentrarse en un ejercicio de matemáticas que no logra entender del todo por el dolor y el cansancio.
Graba a la profesora, tranquila, ajena, sin saber que la había apagado por unos minutos, sin saber que ahora, otra vez, hay un testigo.
Dos pisos más abajo, en el cuarto sin ventanas, Don Ernesto Salazar sigue con los ojos entrecerrados, luchando contra el sueño.
Su café, ya frío otra vez, descansa olvidado junto al teclado.
De pronto, un sonido.
Un pitido electrónico, corto, agudo.
Una de las pantallas —la que estaba negra— se enciende.
La luz azulada ilumina de golpe el cuarto oscuro, reflejándose en los lentes de Don Ernesto.
Parpadea, confundido por un segundo, como quien despierta de un sueño que no sabía que estaba teniendo.
Se inclina hacia adelante en su silla.
Mira la pantalla.
Es el aula de cuarto grado.
Todo parece normal al principio. Niños sentados, escribiendo. Una maestra en su escritorio.
Pero algo, en la postura de uno de los niños, le llama la atención.
Un niño en la segunda fila se sienta de una forma extraña, como si le doliera algo. Se frota las rodillas por debajo del pupitre, con disimulo, como quien no quiere que nadie lo note.
Don Ernesto entrecierra los ojos, ajustando el enfoque de su atención vieja pero todavía aguda.
Su instinto, entrenado durante veinte años de este trabajo silencioso, empieza a hormiguear.
Algo no está bien en esa aula.
Algo pasó ahí dentro, y él se lo perdió.
Se acerca más a la pantalla, apoyando los codos sobre el escritorio.
Y entonces, sin saberlo todavía, empieza el momento que va a cambiar el resto del día.
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Y tal vez, el resto de varias vidas.
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