Chapter 6 - Pasos en el pasillo

Don Ernesto no puede rebobinar la grabación —el sistema viejo de la escuela no guarda más que las últimas horas, y ni siquiera eso con claridad—, pero no necesita rebobinar nada.
Lo que ve en tiempo real ya le basta.
El niño de la segunda fila sigue frotándose las rodillas. Su compañera de al lado, una niña de cabello rubio, lo mira de reojo cada pocos segundos, con una atención que no es normal entre compañeros de clase distraídos.
Algo pasó.
Don Ernesto ha visto suficientes cosas en su vida —en la calle, en los años que trabajó como policía antes de jubilarse de eso y terminar aquí, en esta escuela, vigilando pasillos en lugar de patrullar barrios— para reconocer los gestos del miedo reciente.
Un niño que se soba las rodillas así no se cayó jugando en el recreo.
Se pone de pie. Su silla, liberada de su peso, sigue girando un poco, chirriando.
Toma su radio.
—Base, aquí Salazar. Voy a subir al segundo piso, aula de cuarto grado. Solo para revisar algo.
—Copiado, Salazar. ¿Todo bien?
—Todavía no lo sé.
Sale del cuarto sin ventanas. El pasillo, comparado con la penumbra de su oficina, parece casi demasiado brillante.
Camina con el paso firme de quien ha caminado por pasillos institucionales toda su vida adulta. No corre. Correr llamaría la atención, y él prefiere llegar sin que nadie sepa exactamente por qué está ahí.
Sube las escaleras de dos en dos, a pesar del dolor en sus rodillas, que hoy decide ignorar.
En el segundo piso, el pasillo está vacío. Solo el eco de sus propios pasos, y el zumbido lejano de las luces fluorescentes del techo.
Pasa frente a la sala de profesores. La puerta está cerrada.
Pasa frente al baño de niños, del que sale, justo en ese momento, un niño con lentes, el mismo que había pedido permiso minutos antes.
El niño lo mira, sorprendido de ver a un guardia caminando tan decidido por el pasillo.
—Buenos días, señor.
—Buenos días —contesta Don Ernesto, sin detenerse.
Llega a la puerta del aula de cuarto grado. Se detiene un segundo, respirando, ordenando en su cabeza qué es lo que va a decir, cómo va a manejar esto sin hacer una escena innecesaria si resulta que no es nada.
Pero su instinto le dice que sí es algo.
Toca la puerta con los nudillos, dos golpes secos.
Abre sin esperar respuesta completa.
—Disculpe la interrupción, profesora.
Adriana levanta la vista de su escritorio, sorprendida.
—Don Ernesto. ¿Pasa algo?
—Necesito hablar un momento con usted. Afuera, si no le molesta.
Hay algo en su tono, calmado pero firme, que no da lugar a negociación.
Adriana se pone de pie, alisándose la falda con las manos.
—Niños, sigan trabajando en silencio. Vuelvo enseguida.
Sale al pasillo. Don Ernesto cierra la puerta despacio, dejando una rendija apenas visible.
—¿Qué sucede?
—Estaba revisando las cámaras —dice él, con calma estudiada—. Y noté algo raro con uno de sus alumnos. El niño de la segunda fila, el de cabello castaño.
Adriana parpadea. Por una fracción de segundo, algo cruza su rostro —un cálculo rápido, una evaluación de riesgo— antes de que su expresión vuelva a la calma habitual.
—¿Mateo? No sé de qué me habla. Estuvo trabajando normal toda la mañana.
—Se está sobando las rodillas de una forma que no me parece normal.
—Los niños se caen jugando, Don Ernesto. No es nada extraordinario.
Su voz suena razonable. Casi aburrida, como quien explica algo obvio a alguien que no necesita explicaciones.
Pero Don Ernesto ha interrogado a suficiente gente en su vida para reconocer cuando una explicación llega demasiado rápido, demasiado lista, como si hubiera sido preparada de antemano.
—¿Le importa si entro un momento? Solo para verificar que todo esté bien.
Hay un silencio breve. Apenas un segundo, pero suficiente para que ambos lo noten.
—Por supuesto —dice Adriana finalmente, con una sonrisa que no le llega a los ojos—. Aunque no creo que encuentre nada.
Abre la puerta. Ambos entran.
Treinta pares de ojos se levantan al mismo tiempo, alarmados por la presencia inesperada de un adulto uniformado.
Don Ernesto recorre el salón con la mirada, despacio, sin prisa, dejando que su presencia se asiente.
Se detiene frente a Mateo.
—Hola, hijo. ¿Cómo estás?
Mateo levanta la vista. Sus ojos, todavía enrojecidos por el esfuerzo de no llorar durante veinte minutos, se encuentran con los del guardia.
Hay algo en la mirada de Don Ernesto —una calidez genuina, la misma que reserva para su nieta— que hace que algo, dentro de Mateo, se afloje apenas.
—Bien, señor.
Pero su voz tiembla al decirlo.
Don Ernesto se agacha, poniéndose a la altura del niño, con un esfuerzo visible de sus rodillas viejas.
—¿Te duele algo?
Mateo mira hacia la profesora, que observa la escena desde unos metros de distancia, con los brazos cruzados y una expresión que intenta parecer tranquila.
El niño duda.
Y en ese instante de duda, Sofía —que ha estado observando todo desde su pupitre, con el corazón latiendo como un tambor— levanta la mano.
—Señor —dice, con una voz pequeña pero clara—, la cámara estuvo apagada. Yo la volví a conectar.
El aula entera se queda en silencio absoluto.
Don Ernesto se endereza despacio. Mira a la niña. Mira la cámara en el poste, con su luz roja encendida.
Mira, finalmente, a la profesora Adriana Fuentes.
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Cuyo rostro, por primera vez esa mañana, pierde por completo la calma.
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