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LA LUZ ROJA NO MIENTE / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - Manos pequeñas

Hay una regla no escrita entre los niños: nadie mira directamente cuando algo malo está pasando.

Se aprende rápido, en los pasillos, en los recreos, en las filas del comedor.

Mirar de frente es peligroso. Mirar de reojo es sobrevivir.

Pero Sofía Reyes ha decidido romper esa regla, aunque sea solo esta vez.

Levanta la mano.

—Profesora, ¿puedo sacarle punta al lápiz?

Adriana ni siquiera levanta la vista del libro.

—Ve.

Sofía se pone de pie despacio. Su silla no hace ruido; ha aprendido, en los últimos minutos, a moverse como si no existiera.

Camina hacia el sacapuntas que está atornillado a la pared, junto a la puerta.

Cerca del poste blanco.

Cerca del enchufe.

Introduce el lápiz. Empieza a girar la manivela. El sonido raspa, mecánico, cubriendo cualquier otro ruido pequeño que ella pueda hacer.

Sus ojos van hacia Mateo, todavía de rodillas, con la espalda cada vez más curvada.

Le duele mirarlo. Pero mira de todas formas.

Después, sus ojos bajan hacia el zócalo de la pared.

Ahí está. El enchufe blanco, un poco sucio en los bordes, con dos ranuras esperando.

Y en su bolsillo, aunque ella no lo sabe todavía, hay algo que va a cambiar el plan.

Sofía mete la mano libre en el bolsillo de su pantalón. Ahí guarda, desde la mañana, una moneda que encontró en el patio. La ha estado cargando como un amuleto tonto de niña.

No es lo que necesita.

Necesita el cable.

Y el cable está en el bolsillo de la falda negra de la profesora Fuentes, a apenas tres metros de distancia.

El plan cambia en su cabeza en un segundo, como cambian los planes de los niños: sin aviso, sin anuncio, solo una nueva idea reemplazando a la anterior.

No puede sacar el cable del bolsillo de un adulto. Eso es imposible.

Pero puede hacer otra cosa.

Puede ir al cuarto de mantenimiento, donde ha visto, en otras ocasiones, cables de repuesto guardados en una caja de plástico transparente.

El señor Ibarra, el conserje, los usa para arreglar las computadoras viejas de la biblioteca.

Sofía termina de sacarle punta al lápiz. El sonido se detiene.

El silencio vuelve, pesado, interrumpido solo por la respiración entrecortada de Mateo, que sigue de rodillas.

—Profesora, ¿puedo ir a buscar mi cuaderno de matemáticas? Lo dejé en la biblioteca ayer.

Es mentira. Pero es una mentira pequeña, del tamaño exacto para no despertar sospechas.

Adriana suspira, fastidiada.

—Ve rápido. Y que no se repita esto de andar pidiendo permiso cada dos minutos.

—Sí, profesora.

Sofía camina hacia la puerta. No corre. Correr llamaría la atención.

Camina con el paso justo de una niña que solo quiere buscar un cuaderno.

En el pasillo, el aire es distinto. Más frío. Más silencioso.

Sus pasos resuenan contra las baldosas. Mira hacia atrás una vez, para asegurarse de que nadie la sigue.

El cuarto de mantenimiento está al final del pasillo, junto a la sala de profesores.

La puerta está entreabierta. El señor Ibarra no está.

Sofía entra. El olor a pintura vieja y aceite de máquina le pica en la nariz.

Busca con la mirada. Ahí está la caja de plástico, sobre un estante bajo, al alcance de sus manos.

Adentro hay cables enredados de todos los colores. Ella busca uno negro, del mismo grosor que recuerda haber visto en la cámara.

Encuentra uno. Tal vez no sea exactamente igual. Tal vez no funcione.

Pero es lo único que tiene.

Lo guarda debajo de su blusa, pegado a la piel, sintiendo el plástico frío contra su estómago.

Sale del cuarto. Cierra la puerta con el mismo cuidado con el que la abrió.

Camina de regreso por el pasillo.

Sus manos, pequeñas, tiemblan un poco. No de miedo —o no solo de miedo—. También de algo parecido a la valentía, esa que no tiene nombre todavía en el vocabulario de una niña de nueve años, pero que se siente como fuego en el pecho.

Llega a la puerta del aula. Respira hondo.

Adentro, todo sigue igual. Mateo, de rodillas. La profesora, leyendo. Los compañeros, mirando hacia otro lado.

Sofía entra y camina directo hacia su pupitre, como si nada.

Se sienta. Deja el cable escondido dentro de su mochila, entre los cuadernos.

Todavía no es el momento.

Tiene que esperar a que la profesora se distraiga otra vez. Tiene que esperar el momento exacto.

Mira a Mateo. Sus ojos se cruzan por primera vez desde que empezó todo esto.

Él no dice nada. Ella tampoco.

Pero hay algo en esa mirada que dice más que cualquier palabra: aguanta, estoy haciendo algo, aguanta un poco más.

Mateo, de rodillas, con las piernas dormidas y los brazos temblando, asiente apenas.

Un movimiento tan pequeño que nadie más lo nota.

Pero Sofía sí. Y eso, por ahora, es suficiente para los dos.

Afuera, el sol sigue subiendo.

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Y en algún lugar del edificio, en un cuarto sin ventanas, un hombre de uniforme café claro bosteza frente a pantallas apagadas, sin saber que en pocos minutos su día va a cambiar para siempre.

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