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LA LUZ ROJA NO MIENTE / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - El cuarto sin ventanas

Al otro lado del edificio, bajando dos pisos por una escalera de metal, hay un cuarto que nadie visita si no tiene que hacerlo.

No tiene ventanas. Solo una puerta gris con un cartel que dice SEGURIDAD, con letras que alguna vez fueron negras y ahora son casi grises también, desgastadas por el tiempo.

Adentro, el aire huele a café frío y a cable viejo.

Don Ernesto Salazar está sentado en una silla giratoria que chirría cada vez que se mueve.

Es un hombre mayor, pero no débil. Tiene los hombros anchos de alguien que trabajó muchos años cargando cosas pesadas antes de terminar aquí, sentado, vigilando pantallas.

Su uniforme café claro está bien planchado, aunque nadie lo vea a esta hora. Su corbata negra está perfectamente anudada. Su placa brilla apenas bajo la luz artificial del cuarto.

Hay algo digno en él, incluso en este trabajo silencioso y olvidado.

Frente a él, doce pantallas pequeñas muestran distintos rincones de la escuela.

El patio. El comedor. La entrada principal. El estacionamiento.

Una de las pantallas, la que corresponde al aula de cuarto grado, está completamente negra.

Don Ernesto no lo ha notado todavía. Lleva más de una hora mirando sin ver, con los ojos entrecerrados, luchando contra el sueño que siempre llega a esta hora de la mañana, después del café, cuando el cuerpo cree que ya cumplió con su parte del trabajo.

Sobre su escritorio hay una fotografía pequeña, en un marco de plástico barato.

Una niña sonriente, con trenzas, sentada sobre sus hombros en lo que parece ser un parque.

Su nieta. Se llama Valentina. Tiene ocho años.

Don Ernesto la mira de reojo, como hace cada mañana, y sonríe apenas.

Piensa en ella cuando el trabajo se pone aburrido. Piensa en lo que le va a decir cuando la vea el sábado, en lo que le va a comprar de camino a su casa, en el helado de vainilla que a ella le gusta y que él siempre finge no poder pagar solo para verla insistir.

Bosteza. Se estira en la silla. El chirrido de las bisagras suena como una protesta.

Sus ojos recorren las pantallas por costumbre, no por atención real.

Patio: vacío.

Comedor: dos cocineras limpiando mesas.

Entrada: un padre tarde dejando a su hijo.

Pasillo B: una niña caminando con algo escondido bajo la blusa.

Sus ojos pasan de largo sobre esa imagen sin detenerse. No hay nada raro en un niño caminando por un pasillo. Los niños caminan por los pasillos todo el día.

No sabe que esa niña lleva un cable robado del cuarto de mantenimiento.

No sabe nada todavía.

Aula de cuarto grado: pantalla negra.

Sus ojos pasan también por esa pantalla sin registrar lo que significa. Las cámaras a veces fallan. Es viejo el sistema, instalado hace más de diez años, y cada tanto alguna pantalla se apaga sola por un cable flojo o un problema eléctrico.

Nadie se preocupa mucho por eso. El presupuesto de la escuela no alcanza para arreglar lo que no está completamente roto.

Don Ernesto toma su termo. Le da un trago al café, ya tibio, casi frío.

Hace una mueca.

Se pone de pie. Camina hacia la pequeña cafetera eléctrica en la esquina del cuarto, la única que tiene permiso de usar durante su turno.

Mientras espera que el agua hierva, mira su reloj de pulsera. Las nueve y veinticinco.

Faltan cinco horas y media para que termine su turno.

Piensa en su esposa, que lo espera en casa con el almuerzo listo siempre a la una, aunque él nunca llegue a esa hora porque su turno termina a las tres.

Piensa en sus rodillas, que últimamente le duelen más de lo normal al subir las escaleras.

Piensa en todo, menos en lo que está a punto de pasar.

El agua hierve. Prepara un café nuevo, más fuerte esta vez, con la esperanza de que lo mantenga despierto el resto de la mañana.

Regresa a su silla. Se sienta. El chirrido, otra vez.

Mira las pantallas de nuevo, por costumbre.

Patio: un maestro cruzando hacia el gimnasio.

Comedor: vacío ahora.

Pasillo B: la niña ya no está.

Aula de cuarto grado: sigue negra.

Don Ernesto frunce el ceño, apenas.

Algo, en algún lugar de su instinto entrenado por años de vigilancia, le dice que revise esa pantalla.

Pero justo en ese momento, su radio crepita.

—Salazar, ¿me copias? Hay un problema con la puerta del gimnasio, se trabó el cerrojo.

Es la voz de otro guardia, desde el edificio de deportes.

Don Ernesto toma el radio.

—Copiado. ¿Necesitas que vaya?

—No, ya lo resolví. Solo te aviso para el reporte.

—Entendido.

Deja el radio sobre la mesa. Su atención, que por un segundo había estado a punto de fijarse en la pantalla negra, se dispersa otra vez.

Toma un sorbo de su café nuevo. Está mejor. Más caliente, más fuerte.

Se acomoda en la silla. Cruza los brazos sobre el pecho, en la postura que ha adoptado durante años de turnos largos y silenciosos.

Sus párpados pesan.

No se está durmiendo. Solo descansa la vista, se dice a sí mismo, como se lo ha dicho tantas otras mañanas.

Afuera de este cuarto sin ventanas, a dos pisos de distancia, un niño sigue de rodillas sobre un piso frío.

Y una niña, con un cable escondido en la mochila, espera el momento exacto para actuar.

Don Ernesto no sabe nada de esto.

Todavía.

Pero el mundo tiene una forma extraña de avisar las cosas justo antes de que sea demasiado tarde.

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Y en algún lugar, en el fondo de ese sistema viejo y mal financiado, una pantalla está a punto de encenderse.

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