Chapter 1 - El Regreso

La puerta se abrió a las 6:14 de la tarde.
Marisol contó los segundos. Siempre contaba los segundos cuando algo importaba.
Dante entró con una bolsa de lona gris. La misma bolsa de hacía ocho años, ahora con las asas deshilachadas.
La dejó caer al lado de la puerta.
El sonido seco de la lona contra el piso de madera fue lo único que se escuchó durante tres segundos completos.
—Llegaste —dijo ella.
No era una pregunta. Era un hecho que necesitaba decirse en voz alta para volverse real.
Dante miró la sala. El sofá seguía en el mismo lugar. La lámpara de pie, la misma. El retrato familiar en la pared, el mismo, aunque con un marco nuevo.
—Cambiaste el marco —dijo él.
—El viejo se rompió.
Nadie preguntó cómo.
Marisol se acercó. Le tocó la mejilla con dos dedos, despacio, como quien comprueba que algo frágil no se ha resquebrajado en el transporte.
Él cerró los ojos.
Ella no.
Detrás de ellos, en el pasillo, una puerta se entreabrió tres centímetros. Unos ojos oscuros observaron por la rendija.
Camila.
Veintidós años. Siete meses viviendo en esa casa porque su madre —la hermana de Marisol— se había ido a trabajar a otro estado y no había dinero para dos rentas.
Camila cerró la puerta sin hacer ruido.
Apoyó la espalda contra la madera.
Se llevó una mano al vientre, todavía plano entonces, todavía un secreto que ni ella sabía que existía.
—Ven, siéntate —dijo Marisol, llevando a Dante del brazo hacia el sofá—. Hice pollo guisado. El que te gusta.
—Ocho años y te acuerdas.
—Ocho años y no dejé de acordarme un solo día.
Dante se sentó. El cuero del sofá crujió bajo su peso, un peso distinto al de antes: más magro, más nervioso, con los hombros encogidos hacia adentro como quien todavía cabe en una celda de dos por tres.
Marisol sirvió dos platos. Miró hacia el pasillo.
—Camila —llamó—. Ven a saludar a tu tío.
Silencio.
—¡Camila!
La puerta se abrió. Ella salió con una sudadera holgada, el cabello recogido, los pies descalzos sobre la madera fría.
—Hola —dijo, sin acercarse más de lo necesario.
Dante levantó la mano en un saludo corto.
—Has crecido.
—Han pasado ocho años, tío. Todos crecimos.
Marisol no notó el tono. O no quiso notarlo.
Sirvió un tercer plato de todos modos, por costumbre, por las noches en que los tres cenaban juntos desde que Camila llegó.
Camila se sentó en la silla más alejada de la mesa. La que daba de espaldas a la ventana.
Durante la cena, Dante habló de la libertad condicional, del trabajo que le habían prometido en el taller de un primo, de las ganas de comer comida de verdad después de ocho años de bandeja de metal.
Marisol reía en los momentos correctos. Le tocaba la mano en los momentos correctos.
Camila movía la comida en el plato sin comerla.
Nadie notó que sus manos temblaban un poco cada vez que Dante alzaba la voz para reír.
Nadie notó que ella no lo miraba directamente a los ojos ni una sola vez en toda la cena.
Esa noche, después de que Marisol se durmiera —agotada, feliz, con la cabeza sobre el pecho de un hombre que finalmente estaba en su cama otra vez— Dante se levantó a buscar agua.
En la cocina, a oscuras, encontró a Camila sentada en el suelo, con la espalda contra el refrigerador, abrazándose las rodillas.
—¿No puedes dormir? —preguntó él, en voz baja.
—Nunca puedo dormir bien cuando hay alguien nuevo en la casa.
—No soy nuevo. Soy tu tío.
—Eras mi tío hace ocho años. Ahora eres un extraño con la llave de la casa donde duermo.
Dante se apoyó contra el mostrador. Bebió agua directamente de una botella.
—¿Te caigo mal?
Camila levantó la vista por primera vez.
—No sé qué eres todavía.
Esa frase se quedó flotando en la cocina oscura como una advertencia que ninguno de los dos entendió a tiempo.
Dante volvió a la cama.
Camila se quedó sentada en el suelo un rato más, mirando la puerta cerrada del cuarto donde dormían su tía y el hombre que ella todavía no sabía cómo nombrar.
Afuera, un perro ladró tres veces y se calló.
La casa entera pareció contener la respiración, como si ya supiera —antes que nadie dentro de ella— lo que se estaba gestando en sus paredes.
El retrato familiar, colgado en su marco nuevo, observaba la sala vacía.
Tres sonrisas congeladas de una Navidad de hacía cuatro años, cuando nadie imaginaba que la foto algún día sería el único testigo silencioso de todo lo que estaba por romperse.
Marisol dormía con una sonrisa pequeña en los labios.
No sabía que el reloj que había empezado a correr ocho años atrás, cuando cerraron una puerta de metal detrás de Dante, apenas estaba a punto de terminar de marcar el tiempo que le quedaba de paz.
Faltaban siete meses para el día del retrato.
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Siete meses que se cuentan fácil en un calendario y que, en un vientre, se cuentan de otra manera.
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