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OCHO AÑOS / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Lo Que Camila Nunca Dijo

En la casa de su tía Beatriz, al otro lado de la ciudad, Camila pasaba los días mirando el techo de un cuarto prestado, tan prestado como el que había dejado atrás.

Su madre Rosa trabajaba durante el día, dejándola sola con sus pensamientos y con el peso cada vez mayor de un embarazo que avanzaba sin pedir permiso.

Fue en esas horas de soledad que Camila finalmente se permitió pensar en lo que nunca le había dicho a nadie, ni siquiera a Marisol en aquella conversación de madrugada en la cocina.

La verdad era más complicada de lo que una simple confesión de culpa podía explicar.

Camila recordaba la primera vez que sintió algo distinto por Dante: no fue la noche de la lluvia, ni la tarde en que curó su dedo herido.

Fue antes, mucho antes, la segunda semana después de su llegada a casa de Marisol, cuando Camila lloraba en silencio en su cuarto porque su madre había llamado para decirle que el trabajo nuevo la mantendría lejos por al menos un año más.

Dante, que apenas llevaba unos días fuera de prisión entonces, había tocado su puerta, preocupado por el llanto que escuchaba a través de la pared.

—¿Estás bien? —había preguntado, asomándose apenas.

Camila, avergonzada, había tratado de ocultar las lágrimas.

—Estoy bien.

—No suena a que estés bien.

Se había sentado en el suelo, junto a la puerta entreabierta, sin entrar al cuarto, respetando un límite que en ese momento todavía existía entre ellos.

—Extraño a mi mamá —había admitido Camila finalmente, sorprendida de sí misma por confesarle algo tan personal a un hombre al que apenas conocía.

—Yo también extrañé a la mía, cuando estaba adentro —había dicho Dante—. Uno aprende a cargar con la ausencia. No se vuelve fácil, pero se vuelve familiar.

Esa conversación, breve y sencilla, había plantado algo en Camila que ella no reconoció entonces como peligroso: la sensación de ser comprendida por alguien que también conocía el peso de la ausencia, del abandono, de la soledad dentro de una casa llena de otras personas.

En las semanas siguientes, esa sensación había crecido en silencio, alimentada por conversaciones breves en la cocina, por momentos compartidos mientras Marisol trabajaba turnos dobles en el hospital, por una cercanía que ninguno de los dos había buscado activamente pero que tampoco habían sabido evitar.

Camila nunca le dijo a Marisol que, mucho antes de la noche de la lluvia, ya sentía algo que no debía sentir por el esposo de su tía.

Nunca le dijo que había intentado alejarse, que había rezado para que esos sentimientos desaparecieran, que se había sentido sucia y culpable cada vez que su corazón latía más rápido al escuchar los pasos de Dante llegando del trabajo.

Nunca le dijo que, la noche en que finalmente cruzaron la línea que no debían cruzar, ella había llorado después, sola en su cuarto, no de placer sino de un arrepentimiento tan profundo que casi la había hecho vomitar.

Nunca le dijo que había intentado terminar con lo que fuera que había empezado entre ellos, tres veces distintas, y que las tres veces Dante había encontrado la manera de convencerla de que lo que sentían era real, que no podían simplemente ignorarlo, que la vida les había dado una segunda oportunidad de ser felices aunque fuera de la manera más dolorosa e injusta posible para Marisol.

Todo eso se quedó sin decir, enterrado bajo la simple frase "lo siento" que había repetido una y otra vez frente a su tía, una disculpa que, aunque sincera, no alcanzaba a contener la complejidad de todo lo que realmente había pasado entre las paredes de esa casa.

Una tarde, mientras miraba el techo del cuarto prestado, Camila sintió al bebé moverse por primera vez de manera clara, una patada pequeña contra la palma de su mano apoyada en el vientre.

Las lágrimas llegaron sin aviso, mezcla de miedo, de culpa, de una ternura inesperada hacia el pequeño ser que crecía dentro de ella sin culpa de nada, ajeno por completo a la tormenta que había provocado su existencia.

—Lo siento —susurró Camila, hablándole al bebé, a Marisol, a la versión de sí misma que hubiera querido ser lo suficientemente fuerte para decir que no cuando todavía había tiempo de decirlo—. Lo siento mucho.

Nadie la escuchó.

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Solo el techo blanco del cuarto prestado fue testigo de esa confesión que nunca llegaría a los oídos de las personas que más merecían escucharla.

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