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OCHO AÑOS / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - La Grieta

Las semanas se convirtieron en un mes, y el mes en dos.

Dante consiguió el trabajo en el taller. Salía temprano, volvía con las manos manchadas de grasa y olor a metal caliente.

Marisol seguía sus turnos en el hospital, a veces dobles, a veces de madrugada.

Camila seguía en casa más horas que nadie.

Fue en esas horas donde la grieta empezó a abrirse, silenciosa, sin que ninguno de los tres pudiera señalar el momento exacto.

Una tarde de lluvia, Dante llegó temprano del taller porque se había cortado un dedo con una lámina de metal.

Camila, que estaba sola en casa, lo curó en la cocina, con el botiquín abierto sobre la mesa.

—Quédate quieto —le dijo, sosteniéndole la mano.

—Duele.

—Eres un hombre grande.

—Los hombres grandes también sienten dolor.

Camila sonrió sin querer. Limpió la herida con cuidado, envolvió el dedo con una gasa.

Sus manos, sobre las de él, se quedaron un segundo de más.

Un segundo que ninguno de los dos comentó, pero que ambos notaron.

—Gracias —dijo Dante, en voz más baja de lo necesario.

—Es lo mínimo.

Él no soltó su mano de inmediato.

Ella tampoco la retiró de inmediato.

Afuera, la lluvia golpeaba la ventana con un ritmo que llenó el silencio que ninguno de los dos sabía cómo romper.

—Camila.

—¿Sí?

—Nada. Olvídalo.

Ella retiró la mano entonces, guardó el botiquín, salió de la cocina con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Esa noche, en su cuarto, se preguntó qué había estado a punto de decir Dante.

Se prometió a sí misma no volver a quedarse sola con él en la casa.

La promesa duró once días.

En esos once días, Camila evitó las horas compartidas. Se quedaba en su cuarto, salía a estudiar a la biblioteca pública, llegaba tarde a propósito.

Marisol notó la distancia, pero la atribuyó a la adolescencia tardía de su sobrina, a las hormonas, a cualquier cosa menos a la verdad que se estaba gestando bajo su propio techo.

—¿Está bien Camila? —le preguntó a Dante una noche, mientras se cepillaba los dientes—. La veo rara.

—Son cosas de jóvenes —dijo él, sin mirarla a los ojos por el espejo—. Ya se le pasará.

Marisol no insistió.

Confiaba en él. Ocho años de espera habían construido una confianza que parecía inquebrantable, un edificio hecho de cartas y promesas cumplidas cada mes en cada visita a la prisión.

Pero los edificios de confianza, cuando tienen una grieta, no se derrumban de golpe.

Se derrumban despacio, en silencio, hasta que un día alguien empuja la pared equivocada y todo cae al mismo tiempo.

La noche número doce, Marisol tuvo un turno extra en el hospital. Un accidente múltiple llenó la sala de emergencias y no pudo volver hasta las tres de la madrugada.

Camila, que no podía dormir, bajó a la cocina por un vaso de agua.

Encontró a Dante sentado a oscuras en la sala, con una cerveza sin abrir en la mano, mirando el retrato familiar en la pared.

—¿No puedes dormir? —preguntó ella, repitiendo sin querer la pregunta que él le había hecho semanas atrás.

—No.

Camila se sentó en el sofá, lejos de él, pero no tan lejos como debería haberse sentado.

—¿Piensas en algo?

—Pienso en que ocho años me hicieron olvidar cómo se siente estar cerca de alguien sin tener permiso para tocarlo.

Las palabras quedaron en el aire, pesadas, peligrosas.

Camila debió levantarse. Debió volver a su cuarto. Debió cerrar la puerta y poner el seguro, como había estado haciendo durante once días.

No lo hizo.

—¿Y ahora? —preguntó, en un susurro que ni ella reconoció como propio.

Dante la miró por primera vez esa noche.

—Ahora no sé qué hacer con lo que siento.

Ninguno de los dos dijo nada más.

Pero el silencio, esa noche, dijo todo lo que las palabras no se atrevieron a decir.

Afuera, la lluvia había parado hacía rato.

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Adentro, algo mucho más peligroso que la lluvia había empezado a caer.

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