Chapter 2 - Los Primeros Días

La libertad tiene un olor distinto los primeros días.
Dante lo notó al salir a la calle: el aire olía a gasolina, a pan recién horneado en la panadería de la esquina, a perfume barato de mujer que pasaba deprisa.
Ocho años oliendo solo a metal y desinfectante lo habían dejado hambriento de todo eso.
Marisol lo llevó a comprar ropa nueva. Pantalones que no fueran naranjas. Camisas que no tuvieran número.
—Elige tú —le dijo ella en la tienda, con los brazos cruzados, sonriendo—. Yo pago.
Dante tocó una camisa negra con letras blancas. La sostuvo contra su pecho, frente al espejo.
—Esta.
—Te queda bien.
En el espejo, detrás de ellos, Camila esperaba sentada en un banco, revisando el teléfono, siete meses antes de que nada de esto importara.
Levantó la vista un segundo.
Vio a Dante en el espejo, probándose ropa como un adolescente, y a su tía mirándolo con los ojos de una mujer de veinte años, aunque tuviera casi cuarenta.
Camila bajó la vista otra vez.
Algo en su pecho se apretó sin que ella supiera nombrarlo todavía.
Los días siguientes tuvieron una rutina extraña, la rutina de tres personas aprendiendo a compartir un espacio que antes solo dos habían ocupado.
Marisol se iba a trabajar temprano, en el turno del hospital donde era asistente de enfermería.
Camila tenía clases en línea, un curso de contabilidad que pagaba a plazos.
Dante se quedaba en casa, esperando la llamada del primo para empezar en el taller, con demasiadas horas libres y ninguna costumbre de estar solo sin que nadie le dijera qué hacer con su tiempo.
—¿Tienes hambre? —le preguntó a Camila la tercera tarde, encontrándola en la cocina calentando sopa instantánea.
—Estoy bien.
—Puedo hacer algo mejor que eso.
—No hace falta.
Dante abrió el refrigerador de todos modos. Sacó huevos, tomate, cebolla.
—Aprendí a cocinar ahí dentro —dijo, sin que ella preguntara—. Uno de los tipos con los que compartía celda había sido chef antes. Me enseñó cosas.
Camila se quedó de pie, apoyada en el mostrador, viéndolo picar la cebolla con una precisión que no esperaba de él.
—¿Cómo era? —preguntó, casi sin querer.
—¿Qué cosa?
—Ahí dentro.
Dante dejó de picar un segundo.
—Era como estar vivo pero sin estarlo. ¿Tú entiendes eso?
Camila pensó en su propia vida los últimos meses: la universidad que dejó a medias por falta de dinero, la casa de su madre que ya no era suya porque su madre se había ido, esta casa prestada donde dormía en un cuarto que no era completamente suyo tampoco.
—Un poco —dijo.
Fue la primera vez que se miraron sin que ninguno de los dos apartara la vista de inmediato.
El huevo se quemó un poco en el sartén. Dante soltó una risa corta, apagó el fuego.
—Se arruinó.
—Estaba bien así.
Comieron juntos en la mesa de la cocina, los dos solos, mientras afuera el sol de las cinco de la tarde entraba en franjas por la ventana.
No hablaron de nada importante. Del clima. De una serie que ambos habían visto por separado. De la comida de la prisión, que Dante describió con un humor negro que hizo reír a Camila por primera vez en semanas.
Cuando Marisol llegó esa noche, cansada, con el uniforme del hospital todavía puesto, encontró la cocina limpia y a los dos viendo televisión en la sala, sentados en extremos opuestos del sofá, con al menos un metro de distancia entre ellos.
—Qué bien se llevan —dijo, sonriendo, quitándose los zapatos.
Ni Dante ni Camila respondieron de inmediato.
—Cociné —dijo Dante finalmente—. Sobró un poco para ti.
—Eres un ángel.
Marisol lo besó en la frente y fue a la cocina.
Camila se levantó del sofá con el pretexto de ir al baño.
En el pasillo, se detuvo frente al espejo. Se miró la cara como si buscara algo que hubiera cambiado.
No encontró nada visible todavía.
Pero algo, en algún lugar debajo de la piel, ya se había movido de sitio.
Esa noche, en su cuarto, escuchó a través de la pared las voces bajas de Marisol y Dante, la risa de su tía, el silencio después.
Se puso los audífonos.
Subió el volumen de una canción cualquiera hasta que no pudo escuchar nada más que eso.
Pero incluso con la música a todo volumen, no pudo dejar de pensar en la tarde en la cocina, en la risa compartida, en la sensación extraña de haberse sentido, por primera vez en meses, vista por alguien.
No sabía todavía que esa sensación tenía un nombre.
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Y que ese nombre iba a costarle todo.
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