Chapter 6 - Ocho Años Cargando Tu Nombre

Dos semanas después, la madre de Camila llegó a la ciudad.
Se llamaba Rosa, tenía cuarenta y cuatro años, y la misma mirada dura que su hermana Marisol cuando algo la había herido profundamente.
No tocó el timbre. Usó la llave que Marisol le había dado años atrás, para emergencias, para cuando la familia todavía significaba algo simple.
Entró directo a la sala, donde encontró a Dante sentado, viendo televisión, como si nada en esa casa se hubiera roto.
—Levántate —dijo Rosa, sin saludo previo.
Dante la miró, sorprendido.
—Rosa...
—Dije que te levantes.
Se levantó. Algo en la voz de Rosa tenía la misma autoridad que la de su hermana, la misma capacidad de doblar a un hombre con solo dos palabras.
—¿Dónde está mi hija?
—En su cuarto.
Rosa caminó por el pasillo sin esperar respuesta, golpeó la puerta del cuarto de Camila dos veces y entró sin esperar permiso.
Encontró a su hija sentada en la cama, con las manos sobre el vientre ya visiblemente abultado, los ojos hinchados de tanto llorar en las últimas semanas.
—Mamá.
—Levántate. Empaca tus cosas. Nos vamos.
—Mamá, espera...
—No hay nada que esperar, Camila. Empaca.
Camila se levantó despacio, con el peso extra del embarazo haciendo cada movimiento más lento, más cuidadoso.
—¿Y el bebé? —preguntó, mientras sacaba ropa del closet y la metía en una maleta abierta sobre la cama.
—El bebé es tuyo. Va a nacer donde tú estés, y tú no vas a estar en esta casa un día más.
Marisol apareció en la puerta del cuarto, atraída por el ruido. Se quedó de pie, viendo a su hermana empacar las cosas de la joven que había vivido bajo su techo durante casi un año.
—Rosa.
—No me digas nada —dijo Rosa, sin dejar de doblar ropa—. No tengo nada que decirte tampoco. Solo vine a llevarme a mi hija.
—No es culpa de ella completamente.
Rosa se detuvo, sorprendida por la defensa inesperada.
—¿Ahora la defiendes?
—No la defiendo. Digo la verdad. Dante tiene la misma culpa, o más, porque es el adulto en esta situación, porque estuvo casado conmigo ocho años mientras yo lo esperaba, porque sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando decidió tocar a una joven de veintidós años que vivía bajo su propio techo por necesidad, no por elección.
El cuarto se quedó en silencio. Camila, que seguía empacando, se detuvo un momento, sorprendida también por las palabras de su tía.
—Eso no cambia lo que pasó —dijo finalmente Rosa.
—No —admitió Marisol—. Pero sí cambia hacia dónde debería ir toda esta rabia.
Terminaron de empacar en silencio. Cuando la maleta estuvo cerrada, Camila se quedó de pie frente a Marisol, sin saber cómo despedirse de una mujer a quien había querido como a una segunda madre y a quien había traicionado sin proponérselo del todo.
—Auntie...
—Marisol —corrigió ella, pero esta vez sin la dureza de las semanas anteriores.
—Marisol —repitió Camila—. Lo siento. De verdad. No sé cómo arreglar esto, pero lo siento.
Marisol la miró un largo momento. Vio en su cara los mismos rasgos de su hermana, los mismos que ella había conocido desde que Camila era una niña de siete años aprendiendo a andar en bicicleta.
—No hay nada que arreglar, Camila. Hay cosas que solo se aprenden a cargar.
Extendió una mano y, por un instante, tocó suavemente el vientre de la joven.
—El bebé no tiene culpa —dijo—. Espero que tengas una vida buena con él o con ella. Espero que seas mejor madre de lo que fuiste sobrina.
Las palabras dolieron, pero Camila las aceptó sin protestar. Sabía que las merecía, al menos en parte.
Rosa tomó la maleta y salió del cuarto, con Camila siguiéndola despacio, con el peso del embarazo y el peso de todo lo demás haciendo cada paso más difícil.
En la sala, Dante las esperaba, de pie, con las manos en los bolsillos, sin saber qué decir.
—Camila —dijo, cuando ella pasó a su lado.
Ella se detuvo, pero no lo miró.
—El bebé va a necesitar un padre —dijo Dante.
—El bebé va a tener una madre —respondió Camila, sin voltear—. Eso ya es suficiente por ahora.
Salió de la casa detrás de su madre, sin mirar atrás, sin despedirse de la casa que había sido su hogar durante casi un año, sin mirar el retrato familiar que colgaba en la pared, testigo silencioso de todo lo que se había roto bajo su marco nuevo.
Marisol se quedó de pie en la sala, viendo la puerta cerrarse, escuchando el motor del auto de Rosa alejarse por la calle.
Dante se acercó a ella por detrás, dudando si tocarla o no.
—Marisol...
—No —dijo ella, sin voltear, la misma palabra que había usado semanas atrás, la misma que cerraba cualquier posibilidad de consuelo—. Todavía no.
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Se quedaron ahí, los dos, en una sala que de pronto parecía demasiado grande, demasiado vacía, con una foto familiar en la pared que ya no representaba a nadie que siguiera siendo la misma persona.
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