Chapter 7 - La Puerta Que No Cerré

Marisol no durmió esa noche, ni la siguiente, ni la que vino después.
Se movía por la casa como un fantasma, cumpliendo sus turnos en el hospital con una eficiencia mecánica que sus compañeras notaron pero no cuestionaron.
Dante intentaba acercarse, cocinar para ella, sentarse a su lado en el sofá, pero cada gesto era recibido con el mismo silencio helado.
—No puedes castigarme para siempre —le dijo él, una noche, después de una semana entera de monosílabos y distancia.
—No te estoy castigando —respondió Marisol, sin levantar la vista del libro que fingía leer—. Estoy decidiendo si quiero seguir aquí.
—Aquí es tu casa.
—Aquí era mi hogar. Ahora es solo una casa.
Dante se sentó en el sofá, frente a ella, buscando sus ojos.
—Te amo, Marisol. Nunca dejé de amarte, ni siquiera cuando...
—No termines esa frase.
Él cerró la boca. El silencio volvió a llenar la sala.
—Ocho años —dijo Marisol finalmente, cerrando el libro—. ¿Sabes lo que hice esos ocho años, además de esperarte?
Dante negó con la cabeza.
—Rechacé a un hombre que me pretendió el segundo año que estuviste adentro. Un hombre bueno, con trabajo estable, sin antecedentes, que me trataba como si yo fuera lo único importante en su día. Lo rechacé porque te había prometido fidelidad, porque creía en nosotros.
—Marisol...
—Rechacé una oferta de trabajo en otra ciudad el cuarto año, porque significaba mudarme lejos de la prisión y no poder visitarte cada domingo. Renuncié a esa oportunidad por ti.
Las palabras salían de ella como agua que finalmente encontraba una grieta por donde escapar después de años de presión acumulada.
—El sexto año, mi médico me dijo que tenía que operarme de la vesícula. Fui sola al hospital. Me operé sola. Volví a casa sola. Y aun así, cada domingo, seguí yendo a visitarte, con los puntos todavía frescos, porque no quería que un solo domingo pasara sin que supieras que seguía ahí, esperándote.
Dante tenía los ojos llenos de lágrimas para entonces, pero no dijo nada. Sabía que no era su turno de hablar.
—Y tú —continuó Marisol, la voz ahora quebrándose por primera vez en toda la conversación—, tú volviste a casa después de todo eso, y en menos de cinco meses, decidiste que mi sobrina, una niña que yo cuidé, que dormía bajo mi propio techo por mi generosidad, valía más que ocho años de fidelidad.
—No es que valiera más...
—Entonces qué fue, Dante. Dime qué fue, porque llevo semanas tratando de entenderlo y no encuentro una explicación que tenga sentido.
Dante se quedó en silencio un largo momento, buscando palabras que no existían, que nunca habían existido para justificar lo que había hecho.
—No lo sé —admitió finalmente—. No hay una buena razón. Solo sé que fue un error, el peor error de mi vida, y que lo voy a lamentar cada día que me quede.
—Eso no me devuelve nada.
—Lo sé.
Marisol se levantó del sofá, caminó hacia la ventana, miró la calle oscura afuera.
—Necesito tiempo —dijo, sin voltear—. No sé si voy a poder perdonarte. No sé si quiero intentarlo siquiera.
—¿Qué vas a hacer?
—Todavía no lo sé.
Esa noche, Dante durmió en el sofá por primera vez desde su regreso. Marisol cerró la puerta de su cuarto con seguro, algo que nunca había hecho en los años anteriores de su matrimonio.
El sonido del seguro, un clic pequeño y metálico, resonó en el pasillo vacío como un símbolo de todo lo que se había cerrado entre ellos esa noche.
Afuera, la luna llena iluminaba la calle desierta.
En algún lugar de la ciudad, en la casa de una tía por parte de Rosa, Camila dormía con las manos sobre el vientre, soñando con un futuro incierto que apenas empezaba a tomar forma.
Ninguna de las tres personas atrapadas en esta historia sabía todavía cómo terminaría, cuánto tiempo tomaría sanar, o si alguna vez lo harían del todo.
Solo sabían que la puerta que Marisol había cerrado esa noche no era solo la puerta de su cuarto.
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Era la puerta de una confianza que había tardado ocho años en construirse y menos de cinco meses en destruirse por completo.
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