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El Ramo de Rosas Blancas / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - Las reglas de la casa nueva

Vanessa se mudó oficialmente un sábado de noviembre.

Llegó con tres maletas y una cama nueva para el cuarto de huéspedes, que en realidad nunca se usó, porque desde la primera noche durmió en el cuarto de Marcos, con la puerta cerrada.

Sophie se sentó en el sillón de la sala a ver cómo los hombres de la mudanza subían cajas con etiquetas que decían "Cocina", "Baño", "Vanessa - Frágil".

Ninguna caja decía "Sophie".

—¿Te gusta mi vestidor nuevo? —le preguntó Vanessa esa tarde, señalando el clóset que antes había sido de su mamá.

Todavía quedaban ahí, en el fondo, un par de bufandas de Elena que Marcos nunca se había atrevido a regalar. Sophie las buscó con los ojos.

No estaban.

—¿Dónde están las bufandas? —preguntó, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido.

—¿Cuáles bufandas?

—Las de mi mamá.

Vanessa se detuvo un segundo, doblando una blusa de seda.

—Ah, esas cosas viejas. Las doné. Ocupaban espacio.

El mundo de Sophie se hizo, por un instante, muy silencioso.

—Eran de mi mamá.

—Y ahora este es mi clóset —dijo Vanessa, sin levantar la voz, sin apuro, como quien explica una regla obvia a un niño torpe—. Las cosas viejas hay que dejarlas ir, cariño. Así es como funciona la vida.

Sophie salió del cuarto sin decir nada más.

Aprendió, en esos días, una nueva geografía de la casa. Había zonas seguras —su cuarto, el jardín trasero, el garaje donde guardaba su bicicleta— y zonas de peligro —la cocina cuando Vanessa cocinaba y estaba de mal humor, el cuarto principal, el pasillo si Vanessa hablaba por teléfono con la puerta cerrada.

Marcos trabajaba muchas horas. Era arquitecto, y desde que Vanessa entró en la casa, parecía que había más reuniones, más viajes, más noches en las que llegaba tarde con la corbata floja y los ojos cansados.

—Perdón, princesa —le decía a Sophie casi siempre—. El trabajo está pesado.

Y Sophie asentía, porque no sabía todavía que "el trabajo está pesado" era, muchas veces, una frase que los adultos usaban para no decir otra cosa.

Una noche, Sophie escuchó una discusión desde su cuarto. Las paredes de la casa eran finas cuando alguien gritaba, aunque gruesas cuando alguien lloraba bajito, como ella.

—No puedo con la niña todo el día, Marcos. No es mi trabajo.

—Es tu... es nuestra casa ahora. Solo te pido un poco de paciencia.

—Paciencia tengo. Lo que no tengo es tiempo. Tú sales, yo me quedo aquí encerrada con una mocosa que me mira como si yo fuera el enemigo.

—Sophie no te mira así.

Un silencio. Sophie, del otro lado de la pared, contuvo la respiración.

—Claro que sí. Todos los días. Con esos ojos de su madre, juzgándome.

Otro silencio, más largo.

—No hables así de Elena —dijo Marcos, y su voz sonó distinta, más baja, más filosa.

—No hablo de Elena. Hablo de tu hija.

Sophie se metió bajo las cobijas y se tapó los oídos con las manos, aunque ya había escuchado suficiente. "Con esos ojos de su madre." Ella no sabía que tenía los ojos de su mamá. Nadie se lo había dicho antes. Lo guardó como un tesoro, aunque viniera envuelto en veneno.

Al día siguiente, Vanessa amaneció con una sonrisa distinta. Más ancha. Más falsa.

—Hoy vamos a hacer galletas juntas —anunció frente a Marcos, que sonrió aliviado, como quien ve llover después de una sequía—. ¿Verdad, Sophie?

—Verdad —dijo Sophie, porque había aprendido que decir que no costaba más caro que decir que sí.

Hicieron las galletas. Vanessa dejó que Sophie pusiera las chispas de chocolate, dejó que se ensuciara las manos con harina, incluso se rió —una risa de verdad, sorprendentemente— cuando a Sophie se le cayó un huevo al piso.

Por un momento, un momento breve y engañoso, Sophie pensó que tal vez las cosas podían mejorar.

Marcos llegó temprano esa noche, olió las galletas desde la puerta, y su cara se iluminó de una manera que Sophie no veía desde hacía meses.

—¡Miren nada más! —dijo, abrazando a las dos al mismo tiempo—. Mi familia.

La palabra "familia" cayó sobre Sophie como una gota de agua fría. Miró a Vanessa por encima del hombro de su papá.

Vanessa le devolvió la mirada. Y en esa mirada, solo un segundo, algo cambió: la sonrisa se volvió más tensa, casi una advertencia.

Cuando Marcos fue a lavarse las manos, Vanessa se inclinó hacia Sophie, todavía con el delantal puesto, todavía oliendo a vainilla de galleta.

—Que quede claro algo —susurró, con la voz más dulce del mundo, como si le estuviera contando un secreto entre amigas—. Yo hago esto por tu papá. No por ti. Así que la próxima vez que se te ocurra decirle que soy mala contigo, piensa bien lo que va a pasar cuando él se vaya a trabajar y tú te quedes sola conmigo.

Sophie no dijo nada. Apretó las manos, todavía con restos de harina seca entre los dedos.

—¿Entendido? —insistió Vanessa, sonriendo hacia la puerta por donde volvía Marcos.

—Entendido —susurró Sophie.

Esa noche, mientras su papá roncaba del otro lado de la casa, Sophie sacó la caja de zapatos.

Miró la foto de su mamá largo rato.

—No le voy a decir mamá —le prometió, en voz tan baja que ni las paredes finas de la casa pudieron escucharla—. Nunca.

Afuera, el viento de noviembre movía las ramas del árbol frente a su ventana, y por un segundo, solo un segundo, a Sophie le pareció que las sombras tenían la forma de unos brazos abriéndose para abrazarla.

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Cerró los ojos y se durmió pensando en eso.

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