Chapter 6 - La verdad que pesa

—Sophie —repitió Marcos, más suave esta vez, arrodillándose para quedar a su altura—. Puedes decirme. No voy a enojarme contigo. Nunca contigo.
Sophie miró a su papá, luego a Vanessa, que la observaba con una intensidad que era mitad súplica muda, mitad amenaza.
—A veces —empezó Sophie, con la voz tan baja que Marcos tuvo que inclinarse para escucharla—, cuando tú no estás, ella... ella dice cosas.
—¿Qué cosas?
—Que soy una molestia. Que debería aprender a desaparecer cuando ella está en la casa. Que si le digo algo a ti, ella me va a hacer quedar como la mentirosa, porque tú siempre le vas a creer más a ella.
Cada palabra caía sobre Marcos como una gota de ácido, lenta y ardiente.
—¿Y las bufandas de mamá? —agregó Sophie, encontrando de pronto una valentía que no sabía que tenía—. Ella dijo que las donó porque ocupaban espacio. Pero yo la vi. Las tiró a la basura. Yo las vi por la ventana de la cocina.
—Eso es mentira —saltó Vanessa, con la voz ya casi gritando—. Sophie, ¿por qué inventas estas cosas? ¿Por qué me odias tanto?
—¡No inventé nada! —gritó Sophie de vuelta, con una fuerza que sorprendió a los tres presentes—. ¡Tú me dijiste que mi mamá no me escucha porque está muerta! ¡Tú me dijiste que se está pudriendo! ¡Eso me dijiste, hace un minuto, aquí mismo!
Marcos se puso de pie tan rápido que Sophie dio un paso atrás, asustada por un segundo de que la reacción fuera hacia ella. Pero el rostro de su padre no estaba dirigido a ella.
Estaba dirigido a Vanessa, y en él había una furia que Sophie nunca había visto, ni siquiera imaginado, en los ojos generalmente calmados de su papá.
—¿Le dijiste eso? —preguntó él, con una voz baja y peligrosa, mucho más aterradora que cualquier grito—. ¿Le dijiste a mi hija que su madre muerta se está pudriendo?
—Marcos, lo sacaste de contexto, yo solo intentaba que superara esta obsesión enfermiza con...
—¡Tiene siete años, Vanessa! —Ahora sí gritó, y su voz resonó entre las lápidas, asustando a un par de pájaros que salieron volando de un árbol cercano—. ¡Es una niña de siete años parada frente a la tumba de su madre, y tú le dijiste que se está pudriendo!
—¡Yo también tengo sentimientos, Marcos! ¡Estoy cansada de vivir a la sombra de una muerta! ¡Estoy cansada de que esta niña me mire como si yo fuera el enemigo, cuando lo único que he hecho es intentar formar una familia contigo!
—¡Formando una familia no se le jala el pelo a una niña! —Marcos dio un paso hacia ella, y Vanessa retrocedió instintivamente—. ¡No se la empuja al suelo! ¡No se le dice que su madre se está pudriendo bajo tierra!
Sophie, todavía sentada, observaba la escena con una mezcla de miedo y algo parecido al alivio. Por primera vez en meses, alguien estaba gritando por ella, no hacia ella.
—Fue un momento de debilidad —dijo Vanessa, ahora con la voz quebrándose, cambiando de táctica en tiempo real, pasando del ataque a la súplica con una fluidez que asustaba—. Marcos, por favor, entiéndeme. Llevo meses esforzándome, intentando ganarme un lugar en esta familia, y todo lo que recibo es rechazo, silencios, comparaciones constantes con una mujer que ya no está...
—No te atrevas —dijo Marcos, con una calma helada que era peor que cualquier grito— a usar la palabra "esforzarte" cerca de mí. No después de esto.
Se giró hacia Sophie y se agachó de nuevo, esta vez con un gesto mucho más suave, casi frágil, como si tocar a su hija pudiera romperla si no tenía cuidado.
—¿Puedo verte las manos, princesa?
Sophie estiró las palmas raspadas. Marcos las sostuvo con una delicadeza infinita, examinando los rasguños, la tierra incrustada en la piel.
—Duele —admitió Sophie, ahora que ya no tenía que fingir fortaleza frente a Vanessa.
—Lo sé, mi amor. Lo sé.
Recogió con cuidado algunas de las rosas blancas caídas, las que no estaban del todo destrozadas, y las colocó de nuevo en las manos de Sophie.
—Vamos a ponerlas donde deben estar —dijo, ayudándola a levantarse.
Fue en ese momento, mientras se enderezaba con Sophie de la mano, cuando Vanessa cometió el error final.
—Marcos, esto se está saliendo de proporción. Fue un jalón de pelo, no es que la haya golpeado ni nada grave. Los niños son dramáticos, tú lo sabes.
Algo en la cara de Marcos se cerró por completo, como una puerta que se sella con llave.
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Y entonces, sin decir una palabra más, caminó directo hacia ella.
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