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El Ramo de Rosas Blancas / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - Frente a la lápida, los tres

Marcos se arrodilló frente a la tumba de su esposa, con Sophie a su lado, y colocó las rosas rescatadas con cuidado en el jarrón de piedra que estaba empotrado en la base de la lápida.

—Hola, Elena —dijo, en voz baja, con una intimidad que Sophie nunca lo había escuchado usar antes, ni siquiera en los aniversarios anteriores—. Perdón por no venir esta mañana. Las cosas se complicaron.

Sophie se acercó un poco más a su papá, apoyando la cabeza contra su brazo.

—Sophie te trajo flores —continuó Marcos—, aunque tuvo que pelear por ellas más de lo que debería haber tenido que hacerlo. Perdón por eso también.

El viento sopló suave entre las lápidas, moviendo apenas los pétalos de las rosas recién colocadas.

—Voy a hacer las cosas diferentes de ahora en adelante —dijo Marcos, y aunque las palabras estaban dirigidas a la lápida de piedra, Sophie sintió que también eran, en parte, para ella—. Voy a prestar más atención. Voy a preguntar más veces si algo está mal, y no me voy a conformar con un "estoy bien" si los ojos de mi hija dicen otra cosa.

Sophie sintió que algo cálido se instalaba en su pecho, algo que llevaba meses sin sentir del todo: la certeza de que estaba siendo vista, de verdad, por la persona que más importaba.

—¿Puedo decir algo yo también? —preguntó ella.

—Claro, princesa. Es tu mamá también.

Sophie se arrodilló junto a su papá, sobre el pasto frío, sin importarle ensuciarse más el vestido que ya estaba manchado de tierra.

—Hola, mamá —dijo—. Perdón que hoy fue un día raro. Vanessa me dijo cosas feas, pero papá llegó y la corrió. Creo que no la voy a ver más.

Hizo una pausa, buscando las palabras correctas con esa concentración seria que solo tienen los niños cuando hablan de cosas que de verdad les importan.

—No te voy a olvidar nunca —continuó—, aunque a veces papá conozca a otras personas. Tú siempre vas a ser mi mamá. Eso no lo va a cambiar nadie, ni con jalones de pelo ni con nada.

Marcos, escuchando las palabras de su hija, sintió que se le cerraba la garganta de una manera dolorosa y hermosa al mismo tiempo.

—Eso es exactamente cierto —dijo, pasando un brazo alrededor de los hombros de Sophie—. Nadie puede reemplazar a tu mamá. Nadie debería intentarlo tampoco, no de la forma en que Vanessa lo intentó.

—¿Vas a buscar a otra persona algún día? —preguntó Sophie, con esa franqueza brutal de los niños que no han aprendido todavía a suavizar las preguntas difíciles.

Marcos pensó su respuesta con cuidado antes de hablar.

—Tal vez, algún día. No lo sé. Pero si eso pasa, va a ser alguien que te quiera a ti también, de verdad, no alguien que solo finja quererte cuando yo estoy mirando. Y sobre todo, va a ser alguien que entienda que tu mamá siempre va a tener un lugar en nuestras vidas. No hay reemplazo posible para eso, ni yo lo quiero.

Sophie asintió, satisfecha con esa respuesta, y volvió a apoyar la cabeza contra el brazo de su papá.

Se quedaron ahí un buen rato, en un silencio cómodo, distinto a todos los silencios tensos de los últimos meses. Las sombras se alargaban entre las lápidas mientras el sol terminaba de ponerse, pintando el cielo de un naranja profundo que contrastaba con el gris frío de las piedras.

—Tengo frío —admitió finalmente Sophie, cuando el aire nocturno empezó a colarse por las mangas de su abrigo.

—Vamos a casa entonces —dijo Marcos, poniéndose de pie y ayudándola a levantarse—. Mañana podemos volver, si quieres, con un ramo entero, sin que nadie lo tire al suelo.

Sophie sonrió, la primera sonrisa genuina que había esbozado en todo el día.

—Me gustaría eso.

Caminaron juntos hacia el auto, tomados de la mano, dejando atrás la lápida de Elena con su ramo incompleto pero cuidadosamente colocado, y las huellas del enfrentamiento que quedaban marcadas en la tierra removida.

Antes de subir al auto, Marcos se detuvo un momento y miró a su hija con una seriedad que ella no le había visto antes.

—Sophie, quiero que sepas algo importante. Si alguna vez, con quien sea, en cualquier momento de tu vida, alguien te hace sentir como te hizo sentir Vanessa hoy, quiero que me lo digas de inmediato. No importa quién sea esa persona. No importa si crees que me vas a meter en problemas o que no te voy a creer. Siempre, siempre te voy a creer a ti primero.

Sophie asintió, sintiendo el peso de esa promesa como algo sólido y real, algo en lo que podía apoyarse.

—Te lo prometo, papá.

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—Yo también te prometo algo —dijo él, abriéndole la puerta del auto—. Nunca más vas a tener que enfrentar algo así sola.

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