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El Ramo de Rosas Blancas / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - El aniversario

Diciembre llegó con luces navideñas que Vanessa colgó por toda la casa, menos en el cuarto de Sophie.

—Es que tu cuarto es muy pequeño para las luces —explicó, aunque el cuarto de huéspedes, que nadie usaba, tenía tres hileras completas.

Sophie no dijo nada. Ya había aprendido que las explicaciones de Vanessa no eran para ser creídas, solo para ser toleradas.

El 14 de diciembre era una fecha marcada en rojo en el calendario de la cocina, con la letra redondeada de Marcos: "Aniversario de Elena". Cada año, desde que Sophie tenía memoria, su papá la llevaba al cementerio esa mañana. Compraban rosas blancas de camino —siempre blancas, porque eran las favoritas de su mamá— y se quedaban un rato frente a la lápida, en silencio, o hablando bajito de cosas pequeñas.

Ese año, dos días antes de la fecha, Sophie encontró el calendario diferente.

Alguien había tachado la anotación de Marcos. Encima, con la letra apretada de Vanessa, decía: "Spa - Vanessa y Marcos".

Sophie se quedó mirando el calendario un buen rato, como si mirarlo suficiente tiempo pudiera cambiar lo que decía.

Esa noche, escuchó a Vanessa hablando con su papá en la cocina.

—Es tiempo de avanzar, Marcos. Ya pasaron cuatro años. No puedes seguir yendo al cementerio cada diciembre como si nada hubiera cambiado.

—Es el aniversario de la muerte de mi esposa, Vanessa. No es un capricho.

—Lo sé, lo sé. Pero piensa en Sophie. ¿No crees que le hace daño revivir eso cada año? Los niños necesitan avanzar, no quedarse pegados al pasado.

Un silencio.

—Tal vez tengas razón —dijo Marcos, y a Sophie, escondida en el pasillo con los pies fríos sobre el piso de madera, se le cayó algo por dentro, algo que no tenía nombre pero que dolía como una caída.

—Yo puedo llevarla —ofreció Vanessa—. Tú y yo vamos al spa, nos relajamos un poco, y yo llevo a Sophie al cementerio en la tarde. Así ella tiene su momento, y tú también tienes el tuyo, sin cargar con tanto peso encima.

Sophie contuvo la respiración detrás de la pared.

—¿Harías eso?

—Claro que sí. Es tu hija. Yo quiero cuidarla también.

La voz de Vanessa sonaba tan suave, tan razonable, que hasta Sophie, que sabía la verdad, sintió por un momento la tentación de creerle.

Marcos aceptó.

El día del aniversario, Marcos se despidió de Sophie con un beso en la frente y una promesa apurada.

—Perdón, princesa. Es solo este año. El próximo vamos juntos, como siempre.

—Está bien, papá.

No estaba bien. Pero Sophie ya sabía decir "está bien" con la cara tranquila, aunque por dentro algo se le retorciera como una toalla exprimida.

Vanessa la recogió del colegio a las tres de la tarde, con lentes de sol enormes y un humor que Sophie reconoció de inmediato: el humor de "hoy no tengo paciencia para nadie".

—Sube al auto. Rápido.

En el camino, Vanessa no dijo una palabra. Manejaba con los dedos apretados en el volante, y cada vez que un semáforo se ponía en rojo, suspiraba fuerte, como si el mundo entero conspirara para retrasarla.

—¿Vamos a comprar rosas? —preguntó Sophie, con la voz pequeña que reservaba para las preguntas importantes.

—¿Para qué?

—Siempre compramos rosas blancas. Para mi mamá.

Vanessa la miró por el retrovisor con una expresión que Sophie no supo descifrar del todo. Algo entre fastidio y desprecio.

—Ya tengo un ramo en la cajuela. Marcos me pidió que las comprara.

Eso, al menos, alivió un poco el nudo en el pecho de Sophie. Su papá no se había olvidado del todo.

Llegaron al cementerio cuando el sol empezaba a bajar, pintando las lápidas de un naranja pálido que pronto se volvería gris. Vanessa sacó el ramo de la cajuela —rosas blancas, un poco maltratadas por el viaje— y se lo entregó a Sophie sin ceremonia.

—Ándale. Ve a hacer tu numerito.

—¿Mi numerito?

—Tu ritual, lo que sea que hagas ahí. Yo espero en el auto.

—¿No vienes?

Vanessa se rió, una risa corta y sin alegría.

—¿Para qué querría yo pararme frente a la tumba de la esposa de mi novio? Ve tú. Yo tengo mejores cosas que hacer.

Sophie caminó sola entre las lápidas, apretando el ramo contra el pecho, sintiendo el frío de diciembre colarse por las mangas de su abrigo. Conocía el camino de memoria: tercera fila, séptima lápida, la que tenía grabado "Elena", con un ángel pequeño tallado en la esquina superior derecha.

Se arrodilló frente a la piedra blanca.

—Hola, mamá —dijo, en voz baja, como siempre—. Perdón que hoy vengo con... con Vanessa. Papá tuvo cosas que hacer.

El viento movió las ramas de los árboles cercanos. Sophie se acomodó el pelo detrás de la oreja, un gesto que había copiado sin darse cuenta de fotos viejas de su mamá.

—Te traje tus rosas favoritas —continuó, acomodando el ramo frente a la lápida—. Están un poco feas porque venían en la cajuela, pero son blancas, como te gustan.

Se quedó ahí un rato, en silencio, dejando que el frío le entumeciera las rodillas a través de las medias.

—Te extraño —dijo finalmente, y las palabras le salieron con esa honestidad brutal que solo tienen los niños cuando creen que nadie los escucha—. Vanessa no es buena conmigo cuando papá no está. Pero no le he dicho nada a papá. No quiero que se ponga triste.

Una lágrima le cayó por la mejilla. La limpió rápido con el dorso de la mano.

Detrás de ella, sin que Sophie lo notara, el motor del auto de Vanessa se apagó.

Los pasos de tacón sobre la grava se acercaron despacio.

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Sophie no los escuchó a tiempo.

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