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El Ramo de Rosas Blancas / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Lo que queda en el suelo

El silencio que siguió a la partida de Vanessa fue distinto a todos los silencios anteriores.

No era el silencio tenso de una casa donde alguien podía explotar en cualquier momento. Era otro tipo de silencio, más parecido al que sigue después de una tormenta, cuando el aire todavía huele a lluvia pero el cielo ya empieza a despejarse.

Marcos se agachó lentamente para recoger las rosas blancas esparcidas por el suelo, una por una, con el mismo cuidado con el que se recogen los fragmentos de algo roto que todavía se puede reparar.

Sophie lo observaba en silencio, todavía con las palmas ardiendo por los raspones, todavía con el corazón latiéndole demasiado rápido.

—Papá —dijo finalmente, con la voz pequeña—, ¿de verdad se va a ir?

—Sí, princesa. Se va a ir.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Sophie no supo si sentir alivio o miedo. Había pasado meses deseando exactamente eso, imaginando cómo sería la casa sin el perfume dulzón de Vanessa pegado a las cortinas, sin las notas amenazantes escondidas en su caja de zapatos, sin el miedo constante de decir algo mal y pagar las consecuencias cuando su papá no estuviera cerca.

Pero ahora que estaba pasando de verdad, sentía también un peso distinto: la culpa extraña de haber sido, de alguna manera, la causa de todo.

—¿Estás enojado conmigo? —preguntó, con un hilo de voz.

Marcos, que había juntado ya casi todas las rosas rescatables, se detuvo en seco y la miró con una expresión de dolor tan profundo que Sophie sintió que había dicho algo terriblemente equivocado.

—¿Enojado contigo? —repitió él—. Sophie, mírame.

Ella levantó los ojos, todavía llorosos.

—Nunca, jamás, podría estar enojado contigo por esto. Si alguien tiene la culpa aquí, soy yo, por no haberme dado cuenta antes de lo que estaba pasando en mi propia casa.

—Pero tú no sabías.

—Debí haber sabido. —Su voz se quebró un poco—. Debí haber visto las señales. Estabas más callada. Comías menos en las noches que Vanessa cocinaba. Dejaste de contarme cosas del colegio como antes. Y yo estaba tan... tan perdido en intentar reconstruir algo después de perder a tu mamá, que no vi que estaba construyendo algo que te estaba lastimando a ti.

Terminó de recoger las rosas y se acercó a Sophie, arrodillándose frente a ella una vez más.

—Perdóname —dijo, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeron por su rostro también—. Perdóname por no protegerte antes.

Sophie, sin pensarlo, se lanzó hacia él y lo abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su cuello, sintiendo el familiar olor a su papá —una mezcla de loción de afeitar y algo indefinible que siempre le había hecho sentir segura.

—No es tu culpa, papá.

—Sí lo es, en parte.

—No —insistió ella, apartándose un poco para mirarlo a los ojos—. Tú no sabías. Yo tampoco te dije nada porque tenía miedo. Vanessa dijo que si te contaba, ella te iba a decir que yo mentía, y que tú le ibas a creer más a ella.

Marcos cerró los ojos por un momento, como si esas palabras le dolieran físicamente.

—Eso jamás sería verdad, Sophie. Nunca. Tú eres mi hija. Eres lo más importante que tengo en este mundo, más importante que cualquier persona que yo pudiera llegar a querer.

—¿Más que mamá? —preguntó Sophie, con esa lógica infantil despiadada que a veces hace las preguntas más difíciles con la mayor inocencia.

Marcos sonrió, un poco triste, un poco tierno.

—Tu mamá te querría a ti más que a nada en el mundo también. Eso no es una competencia, princesa. Es solo... amor de familia. Y ese amor no se puede reemplazar con nadie más, aunque yo intente construir algo nuevo algún día.

Se quedaron así un rato, abrazados entre las lápidas, mientras el sol de diciembre terminaba de esconderse detrás de los árboles y el frío se volvía más intenso.

Finalmente, Marcos se separó un poco y le mostró el ramo de rosas que había logrado rescatar del suelo: menos de la mitad de las que habían comprado esa mañana, algunas con los tallos quebrados, otras con los pétalos ya marchitos por el manoseo, pero todavía reconociblemente blancas.

—¿Se las llevamos a tu mamá juntos?

Sophie asintió, limpiándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano.

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Caminaron juntos, tomados de la mano, hasta la lápida de Elena, donde el ángel tallado parecía observarlos en silencio bajo la luz cada vez más tenue de la tarde.

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