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El Ramo de Rosas Blancas / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - El sonido de una bofetada

Vanessa no vio venir el golpe. Nadie lo vio venir, ni siquiera Marcos, que hasta ese día de su vida jamás había levantado la mano contra otra persona.

Fue un movimiento rápido, casi automático, como si su cuerpo hubiera decidido actuar antes de que su mente terminara de procesar toda la furia acumulada en los últimos minutos —y, si era honesto consigo mismo, en los últimos meses.

—¡Vanessa! —gritó su nombre justo antes, no como advertencia, sino como si necesitara pronunciarlo una última vez antes de que todo cambiara para siempre.

La palma de su mano chocó contra la mejilla de ella con un sonido seco, nítido, que resonó entre las lápidas como un disparo pequeño.

Vanessa se tambaleó hacia un lado, llevándose la mano a la cara de inmediato, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. Sophie, sobresaltada por el sonido, soltó un grito agudo.

—¡Ah!

El cementerio quedó en un silencio absoluto después de eso. Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas desnudas de diciembre, y la respiración agitada de los tres.

Vanessa se llevó los dedos a la mejilla enrojecida, mirando a Marcos con una expresión que mezclaba incredulidad, dolor y algo parecido al miedo genuino.

—¿Me... me acabas de golpear?

Marcos respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando rápido, con las manos temblando a los costados. Por un segundo, pareció tan sorprendido como ella de lo que acababa de hacer.

Pero no se disculpó.

—Le pusiste una mano encima a mi hija —dijo, con la voz todavía temblando de rabia—. Le dijiste que su madre se está pudriendo. La dejaste tirada en el suelo, sola, llorando, mientras tú te quedabas parada mirándola.

—Marcos, yo...

—No —la interrumpió, levantando una mano—. No quiero escuchar ni una palabra más.

Se giró hacia Sophie, que lo observaba con los ojos muy abiertos, todavía sosteniendo las rosas maltratadas contra el pecho.

—¿Estás bien, princesa? —preguntó, agachándose a su altura, revisando de nuevo sus manos, su cara, buscando cualquier otra señal de daño que hubiera pasado por alto.

Sophie asintió, aunque las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, ahora mezcladas con algo que no era del todo tristeza.

—Sí, papá.

Vanessa, todavía sosteniéndose la mejilla, dio un paso hacia ellos, con la voz ahora suplicante.

—Marcos, por favor, hablemos de esto como adultos. Podemos arreglar esto. Yo puedo cambiar, puedo esforzarme más con Sophie, podemos ir a terapia familiar, lo que sea...

—Se acabó, Vanessa.

Las palabras salieron simples, definitivas, sin el más mínimo temblor de duda.

—No puedes terminar así, sin más, después de todo lo que hemos construido...

—¿Lo que hemos construido? —Marcos soltó una risa amarga, sin humor alguno—. Lo que has construido es un ambiente donde mi hija tiene miedo de quedarse sola contigo. Donde guarda secretos porque cree que nadie le va a creer. Donde le dicen que su madre muerta se está pudriendo bajo tierra, mientras yo estoy en un spa sin saber nada.

Se puso de pie, con Sophie todavía tomada de la mano, protegida contra su costado.

—Vamos a la casa a recoger tus cosas hoy mismo —continuó, con una autoridad en la voz que Sophie nunca había escuchado antes—. Y luego no quiero volver a verte cerca de mi hija. Nunca más.

Vanessa, con la mejilla todavía enrojecida por el golpe, miró a Sophie con una expresión que la niña no supo del todo interpretar: ¿arrepentimiento?, ¿odio?, ¿las dos cosas al mismo tiempo?

—Esto es tu culpa —le dijo, en voz baja, casi un susurro, aunque lo suficientemente alto para que Marcos también lo escuchara—. Si no fueras tan dramática, tan apegada a una muerta, nada de esto habría pasado.

Marcos dio un paso hacia adelante, interponiéndose entre Vanessa y su hija con el cuerpo entero, como un muro.

—No —dijo, con una voz que no dejaba espacio a discusión—. Nada de esto es su culpa. Todo esto es tuyo. Y ahora vas a alejarte de nosotros.

El viento sopló más fuerte entre las lápidas, arrastrando algunos pétalos blancos de las rosas caídas, esparciéndolos por el suelo del cementerio como una nevada tardía.

Vanessa, finalmente, dio media vuelta y caminó hacia su auto, con los tacones hundiéndose en la tierra suave, sin decir una palabra más.

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Marcos y Sophie se quedaron ahí, tomados de la mano, viendo cómo el auto plateado se alejaba por el camino del cementerio, hasta desaparecer detrás de una hilera de árboles.

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