Chapter 4 - La mano en el cabello

—¿Con quién hablas?
La voz de Vanessa llegó desde atrás, fría como el aire de diciembre, y Sophie se sobresaltó tanto que casi se cae de rodillas.
—Con... con nadie. Con mi mamá.
—Tu mamá está muerta, Sophie. No te escucha.
Las palabras cayeron como piedras. Sophie apretó los puños sobre las piernas.
—Sí me escucha.
—No. —Vanessa se acercó más, sus tacones hundiéndose apenas en la tierra suave del cementerio—. Está bajo tierra, pudriéndose, como todos los muertos. No te escucha, no te ve, y definitivamente no le importa lo que tú digas aquí, hablándole a una piedra fría.
Sophie sintió que el pecho se le cerraba, como cuando de bebé le daba asma y su mamá —su mamá de verdad— la sostenía en brazos toda la noche, cantándole bajito hasta que el aire volvía a entrar.
—Cállate —dijo, con una voz que ni ella reconoció, tan pequeña y tan filosa al mismo tiempo.
Vanessa se agachó de golpe, quedando a la altura de la cara de Sophie, y por primera vez desde que la conocía, Sophie vio algo real en sus ojos: rabia, pura y sin máscara.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Perdón —susurró Sophie de inmediato, retrocediendo instintivamente.
Pero Vanessa ya había estirado la mano y la había cerrado alrededor del cabello de Sophie, no con fuerza suficiente para lastimar mucho, pero sí la necesaria para que la cabeza de la niña se echara hacia atrás, obligándola a mirarla de frente.
—Vas a decir algo por mí —dijo Vanessa, con la voz temblando de una emoción que no era del todo enojo, algo más retorcido, más necesitado—. Vas a decir "mamá".
—¿Qué?
—Llámame mamá. Dilo. Delante de ella. —Vanessa señaló con la barbilla la lápida de Elena, sin soltar el cabello de Sophie—. Que quede claro quién manda ahora.
El dolor en el cuero cabelludo era pequeño comparado con el dolor de escuchar esas palabras. Sophie sintió que algo dentro de su pecho se endurecía, como el agua que se convierte en hielo cuando hace suficiente frío.
—No.
—Dilo.
—No.
Vanessa apretó un poco más, y Sophie soltó un quejido corto.
—Sólo tengo una mamá —dijo Sophie, con la voz quebrada pero firme, como una rama que se dobla mucho antes de romperse—. Y no eres tú.
Algo se rompió en la cara de Vanessa. No tristeza. No arrepentimiento. Algo más parecido a la humillación de alguien que ha sido descubierto en su propia mentira.
—Ella se fue —dijo Vanessa, y su voz sonó, por un instante, casi desesperada—. Se fue y no va a volver. Yo estoy aquí. Yo soy la que está aquí, cuidando esta familia, mientras ella se pudre bajo esa piedra estúpida.
—Cállate —gritó Sophie, esta vez sin miedo, con toda la fuerza de sus pulmones de siete años—. ¡Cállate, cállate, cállate!
El grito pareció encender algo en Vanessa. Soltó el cabello de la niña, pero solo para empujarla con ambas manos, con fuerza, directo al pecho.
Sophie cayó hacia atrás, sobre la tierra fría y húmeda, raspándose las palmas de las manos al intentar frenar la caída. El ramo de rosas blancas, que había mantenido apretado contra el pecho todo ese tiempo, salió volando de sus brazos.
—¡No! —gritó Sophie, estirando las manos hacia las flores.
Vanessa, con una furia que ya no intentaba disimular, se agachó, tomó el ramo del suelo antes de que Sophie pudiera alcanzarlo, y lo lanzó lejos, entre las lápidas, donde las rosas se desparramaron sobre la tierra como gotas de leche derramada.
—¡Esas eran para mi mamá! —lloró Sophie, incorporándose a medias, con las palmas raspadas y ardiendo.
—Tu mamá no necesita flores —escupió Vanessa—. Tu mamá necesita que la olviden de una vez.
Sophie lloraba ahora sin control, un llanto grueso y desesperado, el llanto de un niño que ha sido empujado no solo físicamente, sino desde algún lugar mucho más profundo.
—¡Please stop! —gritó, mezclando sin querer el inglés que le habían enseñado en el colegio bilingüe, como si en ese momento de pánico su cerebro hubiera olvidado en qué idioma se suplica mejor—. ¡Por favor, para!
Vanessa se quedó de pie sobre ella, respirando agitada, con el cabello rubio despeinado por el forcejeo, mirando a la niña en el suelo con una mezcla de desprecio y algo parecido al miedo de sí misma.
—Levántate —ordenó, con la voz ya más controlada, aunque todavía temblorosa—. Y ni se te ocurra decirle a tu papá lo que pasó aquí. Porque si lo haces, le voy a decir que tú me atacaste primero. Que estabas histérica. Que tuve que sostenerte porque intentaste golpearme. ¿A quién crees que le va a creer?
Sophie, todavía en el suelo, con las rodillas raspadas y el corazón latiéndole tan fuerte que le dolían los oídos, no respondió.
No hacía falta. Ambas sabían la respuesta.
En ese momento, un ruido de pasos apresurados sobre la grava del cementerio hizo que Vanessa se diera la vuelta, sobresaltada.
Una figura se acercaba entre las lápidas, con el abrigo negro ondeando y el paso cada vez más rápido, cada vez más furioso.
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Marcos había llegado.
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