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EL SILENCIO BAJO EL ROBLE / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - El aire de abajo

La puerta del comedor se abrió lentamente, arrojando una franja de luz amarilla desde el vestíbulo hacia la penumbra del salón.

Marcos fue el primero en cruzar el umbral.

Llevaba la mano izquierda dentro del bolsillo de su pantalón.

En la mano derecha sostenía un vaso de papel con café humeante.

Detrás de él, Mateo entró ajustándose la funda de su arma en la cintura.

Valeria se quedó en la entrada, apoyada contra el marco de la puerta, examinándose las uñas recién pintadas de rojo.

Ninguno de los tres miró hacia el suelo de inmediato.

Daban la escena por sentada.

La casa vacía, la niña aterrorizada en el piso superior, la mujer muriéndose lentamente en el pozo del piso.

—Huele a humedad —dijo Valeria arrugando la nariz con asco.

—Mateo, dile a los de mantenimiento que limpien ese agujero mañana mismo.

—Cuando nos mudemos aquí no quiero sentir este peste a cal y tierra seca.

—Primero hay que sacar lo que hay abajo —respondió Mateo con voz gruesa.

Avanzó dos pasos hacia el centro del salón.

Fue entonces cuando sus botas de combate tropezaron con el borde de la alfombra persa doblada.

Se detuvo.

Miró hacia el suelo.

La escotilla de madera estaba abierta de par en par.

El agujero negro del refugio parecía una boca abierta en medio de la estancia.

—¿Qué demonios...? —murmuró Mateo.

Se llevó la mano a la culata de su pistola instintivamente.

Marcos se congeló a mitad de un trago de café.

El vaso de papel se aplastó ligeramente entre sus dedos largos y bien cuidados.

—Mateo... ¿tú dejaste esa mierda abierta? —preguntó Marcos.

Su voz perdió la suficiencia de hacía un segundo.

—No —respondió el guardaspaldas.

Paso la mirada del pozo al sofá de terciopelo verde junto a la chimenea.

Allí estaba Elena.

Sentada, con la manta sobre los hombros, mirándolos fijamente con su único ojo sano.

A sus pies, Lucía la abrazaba sin emitir un solo sonido.

La cara de Valeria se volvió del color del mármol del recibidor.

—¿Cómo... cómo salió de ahí? —tartamudeó la mujer, dando un paso atrás hacia la salida.

—¡Mateo, saca el arma! —gritó Marcos, tirando el vaso de café al suelo.

El líquido caliente se derramó sobre la alfombra, humeando.

Mateo no llegó a desenfundar.

La sombra detrás de la puerta de caoba se movió con una velocidad inhumana.

Lucas salió de su escondite.

No hubo advertencias.

No hubo frases dramáticas de villano o de héroe.

Solo el sonido seco y ensordecedor de un disparo a quemarropa.

El fogonazo de la pistola de Lucas iluminó el comedor con un destello azulado.

La bala de nueve milímetros impactó directamente en la rodilla derecha de Mateo.

El impacto rompió la rótula de articulación con un sonido crujiente, similar al de un tramo de madera seca rompiéndose por la mitad.

El gigante de dos metros colapsó hacia adelante con un rugido de dolor puramente animal.

Su cuerpo cayó sobre la mesa de comedor, haciendo temblar la estructura de madera maciza y volcando dos candelabros de plata.

Antes de que Mateo tocara el piso, Lucas ya había avanzado tres pasos.

Colocó la suela de su bota pesada directamente sobre la nuca del guardaspaldas caído.

Apretó hacia abajo con todo su peso corporal.

La cara de Mateo quedó aplastada contra las tablas del suelo, justo al borde del agujero de la escotilla.

Un hilo de sangre comenzó a fluir de su nariz, manchando el polvo de cal.

Lucas mantuvo el arma apuntando directamente a la cabeza de Marcos.

El brazo de Lucas estaba rígido como una viga de acero.

El cañón de la pistola no temblaba ni un solo milímetro.

Marcos se quedó inmóvil, con la mano derecha a medio camino de su propia funda interior.

Los ojos del traidor estaban desorbitados, las pupilas reducidas a dos puntos negros.

—Lucas... —alcanzó a articular Marcos.

El tono de su voz bajó tres octavas, lleno de una incredulidad aterrada.

—Dijeron que la camioneta cayó al río en la curva del puerto...

—Dijeron mal —dijo Lucas.

Su voz era lisa, un desierto de emociones donde no crecía nada.

Valeria intentó gritar y correr hacia el vestíbulo.

Lucas no movió la mirada de Marcos.

Simplemente movió la pistola cinco centímetros hacia la izquierda y disparó al aire, hacia el marco de la puerta.

El estruendo del disparo hizo temblar la cristalería del mueble bar.

La bala atravesó la madera a tres centímetros de la cabeza de Valeria.

Los esquirlas de caoba cayeron sobre el cabello cuidadosamente peinado de la mujer.

Valeria se paralizó al instante, soltando la carpeta de cuero que llevaba bajo el brazo.

Los papeles se esparcieron por el suelo.

Contratos de traspaso de bienes, solicitudes de custodia legal, inventarios de cuentas bancarias.

Todo el papeleo de la burocracia de un asesinato anunciado.

—Entra —ordenó Lucas a Valeria.

La mujer obedeció, temblando de los pies a la cabeza.

Sus tacones altos sonaban torpes sobre el suelo mientras caminaba hacia el centro del comedor, colocándose al lado de Marcos.

—Cierra la puerta —dijo Lucas sin bajar el arma.

Valeria se giró y empujó la puerta de caoba con la punta de los dedos hasta que el pestillo encajó.

El comedor volvió a quedar aislado del resto de la casa.

El olor a pólvora quemada se mezcló con el peste a cal y al café derramado.

Mateo gemía bajo la bota de Lucas, intentando mover los brazos.

Lucas aplicó más presión con el talón sobre la nuca del hombre.

Se oyó un chasquido sordo en las vértebras cervicales del guardaspaldas.

Mateo se quedó completamente quieto, soltando solo un resoplido de aire doloroso.

—Marcos —llamó Lucas.

El hombre del traje de tres piezas tragó saliva con dificultad.

Un sudor frío comenzó a brotarle en el nacimiento del cabello.

—Lucas... podemos hablar de esto... fue un error... nos dijeron que habías muerto y los del cartel rival venían a tomar la casa...

—Buscábamos proteger las propiedades... para Lucía...

Lucas sonrió con un gesto amargo que no arrugó su piel alrededor de los ojos.

—¿Proteger a Lucía? —repitió.

Miró de reojo hacia el sofá.

Elena continuaba abrazando a la pequeña.

Lucía observaba la escena sin pestañear.

Sus manos pequeñas continuaban sujetando el conejo tullido.

—El tío Marcos tiene tu reloj en el bolsillo —dijo la niña de repente.

La voz infantil atravesó la tensión del salón con una claridad dolorosa.

Marcos bajó la vista hacia su chaqueta por una fracción de segundo.

—Sácalo —ordenó Lucas.

—Sácalo con dos dedos. Lentamente.

Marcos introdujo la mano derecha en el bolsillo interior de su saco.

Tardó varios segundos en extraer el objeto.

Era un reloj de bolsillo de oro macizo.

Una pieza de colección con las iniciales de la familia grabadas en la tapa posterior.

Lucas extendió la mano izquierda.

—Tíralo al suelo.

Marcos dejó caer el reloj.

El oro chocó contra las tablas de roble con un sonido pesado y claro.

El cristal de la esfera se agrietó en forma de telaraña.

Lucas no miró el reloj.

Mantuvo la vista clavada en las pupilas de su antiguo hombre de confianza.

—Tres días la tuviste ahí abajo —dijo Lucas.

—Tres días en la oscuridad, sin agua, golpeada por tus hombres.

—Fue Valeria... ella dijo que Elena no cedería las claves si no la presionábamos... —soltó Marcos, traicionando a su aliada sin un segundo de duda.

Valeria abrió la boca de par en par, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

—¡Mentiroso! —gritó la mujer.

—¡Tú fuiste el que la golpeó cuando se negó a firmar los poderes! ¡Tú dijiste que si la dejábamos pudrirse tres días firmaría cualquier cosa!

Lucas escuchaba las acusaciones cruzadas con una frialdad casi quirúrgica.

No le interesaba quién había tenido la idea inicial.

Todos los presentes en la habitación habían aceptado el plan.

Todos habían caminado sobre las tablas del comedor sabiendo qué había debajo de sus pies.

—Lucía —dijo Lucas sin moverse.

—Sí, papá —respondió la niña desde el sofá.

—¿El tío Marcos te dio de comer estos tres días?

La niña lo pensó un segundo.

Acarició la oreja rota del conejo de peluche.

—Me dio un pedazo de pan seco el miércoles —dijo la pequeña.

—Y me dijo que si lloraba, me metería en la habitación del ratón con mamá.

Un silencio sepulcral volvió a caer sobre la habitación.

Lucas sintió que la sangre en sus venas se convertía en nitrógliceirna pura.

La mano que sostenía la pistola permanecía absolutamente firme.

Avanzó un paso hacia Marcos, quitando la bota de la nuca de Mateo.

El guardaspaldas herido ni siquiera intentó levantarse; se quedó arrastrándose sobre el suelo, dejando un rastro de sangre en la madera.

Lucas colocó el cañón de la pistola de nueve milímetros directamente sobre la frente de Marcos.

El frío del metal tocó la piel sudorosa del traidor.

Marcos cerró los ojos y empezó a rezar en un murmullo incoherente.

—Abre los ojos —ordenó Lucas.

Marcos no obedeció de inmediato.

—Que me mires, Marcos —repitió con un tono que no admitía replicas.

El traidor abrió los ojos.

Sus pupilas estaban completamente inundadas por el terror a la muerte inminente.

—¿Quién de mi gente te ayudó en la carretera del puerto? —preguntó Lucas.

—¿Quién les dio el itinerario de mi coche?

Marcos temblaba tanto que el cañón de la pistola le golpeaba levemente contra el hueso frontal del cráneo.

—Nadie más... solo nosotros tres... te lo juro por mi madre, Lucas...

—No me jures por nada —dijo Lucas.

—Tu madre murió creyendo que eras un hombre de honor.

Lucas bajó ligeramente la pistola hasta el nivel del pecho de Marcos.

—Valeria —dijo sin mirar a la mujer.

—Abre la escotilla del todo.

La mujer se quedó petrificada.

—¡Abre la escotilla! —gritó Lucas, y por primera vez su voz retumbó con una fuerza capaz de resquebrajar los cristales de la estancia.

Valeria corrió hacia el suelo.

Sus manos perfectamente manicuradas se clavaron en la madera del marco.

Tiró de la escotilla hacia arriba hasta que el pesado tablero de roble quedó apoyado contra el dorso del sofá.

El foso subterráneo quedó expuesto por completo.

La brasa de aire frío y pestilente volvió a inundar el comedor.

Lucas miró a Marcos.

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—Aislarte tres días en la oscuridad parecía una buena idea cuando era mi esposa la que estaba abajo —dijo Lucas.

—Veamos cuánta autoridad te queda cuando seas tú el que arañe las tablas hacia arriba.

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