Chapter 8 - Lógica de muñeca broke

El sol no llegó a romper la capa de nubes gruesas cuando Lucas regresó a la casa de piedra en la montaña.
El camino de tierra estaba convertido en un lodazal que hizo patinar las ruedas traseras del camión antes de detenerse frente al porche.
Lucas bajó de la cabina sintiendo el cansancio acumulado de setenta y dos horas sin dormir en los huesos.
Sus ropas olían a humo de madera quemada, a pólvora y a lluvia fría.
Caminó hacia la puerta de entrada y dio tres golpes secos con los nudillos sobre la madera de pino crudo.
Dos golpes lentos, uno rápido.
La clave que había acordado con Elena.
Un segundo después, el sonido pesado del pestillo de hierro deslizándose por la guía de piedra resonó desde el interior.
La puerta se abrió un par de centímetros.
El ojo sano de Elena apareció en la rendija, lleno de una desconfianza instintiva que tardó varios segundos en disiparse al reconocer el rostro de su marido.
Abrió la puerta del todo.
Lucas entró en la calidez de la cabaña.
Un fuego de leña ardía en el hogar de la estancia principal, llenando el espacio con un olor dulce a pino seco.
Elena no dijo nada.
Se limitó a pegarse contra su pecho, rodeándole la cintura con los brazos con toda la fuerza de la que era capaz.
Lucas le rodeó los hombros con un brazo, sintiendo la tibieza de su cuerpo bajo la manta de lana.
—Está hecho —dijo él en un murmullo sobre su cabello.
—La pletina está aquí. Y la casa ya no existe.
Elena suspiró profundamente, un suspiro que pareció vaciarla de todo el veneno que había llevado dentro durante los últimos tres días.
Lucía salió de la pequeña cocina llevando un tazón de barro en las manos.
El tazón humeaba suavemente.
—Hice té de hierbas con la abuela en el libro —dijo la niña con voz orgullosa.
Lucas miró a su hija.
La niña llevaba un jersey de lana demasiado grande para ella que Elena había encontrado en los armarios de la cabaña.
Las mangas le tapaban las manos por completo, dejando solo visibles las puntas de sus dedos pequeños.
—¿Con qué abuela, Lucía? —preguntó Lucas agachándose frente a ella.
—La abuela que está dibujada en el libro de la mesilla —explicó la niña con absoluta seriedad.
—Ella dijo que el té de tomillo cura el dolor de los que vienen de la cueva.
Lucas sonrió levemente.
Aceptó el tazón de barro que la niña le ofrecía con cuidado de no quemarle los dedos.
Tomó un sorbo del líquido caliente.
El sabor amargo y herbal le limpió el gusto a humo de la garganta.
—Está perfecto —dijo él.
Lucía se sentó en el suelo de piedra, junto al fuego, y volvió a tomar el conejo tullido entre sus manos.
—Papá —dijo la pequeña sin levantar la vista del juguete.
—¿Sí?
—El conejo ya no tiene frío en el ojo.
Lucas la miró con curiosidad.
—¿Por qué ya no tiene frío?
—Porque le puse el botón rojo que encontré en la alfombra antes de venirnos —dijo la niña.
Señaló la cara del juguete de felpa.
Allí donde antes había un agujero con relleno de algodón sobresaliendo, ahora había un botón de carey rojo cosido con un hilo blanco torpe.
El botón del abrigo de Valeria.
El botón que la mujer había perdido durante el forcejeo en el comedor.
Lucas sintió que una punzada de extraña admiración le recorría el pecho.
La niña había recogido la única prueba física que quedaba de la presencia de la traidora antes de que la casa se quemara.
Con la lógica pura e implacable de la infancia, había usado el resto de la traición para reparar a su juguete roto.
—Le queda muy bien —dijo Lucas suavemente.
—El tío Marcos dijo que los juguetes rotos no se arreglan —siguió la niña, acariciando el botón rojo con la yema del pulgar.
—Dijo que cuando algo se rompe en la casa, hay que tirarlo al foso para que no moleste.
Elena se estremeció al oír las palabras de su hija y se abrazó más a los hombros de Lucas.
—Los tíos que mienten no saben nada de juguetes —dijo Lucas firmemente.
—Ni de casas.
Se puso de pie y sacó la pletina de plata de su bolsillo interior.
La colocó sobre la mesa de madera maciza del centro de la habitación.
La luz de la vela hizo brillar los números grabados en la superficie metálica.
—Mañana bajamos al valle —anuncio Lucas a las dos mujeres.
—Hay un tren que sale a las seis de la mañana hacia la frontera del oeste.
—Tenemos los pasaportes falsos en el arca de la pared.
—¿Y si nos están esperando en la estación? —preguntó Elena con voz preocupada.
—Nadie nos espera —respondió Lucas.
—Para la organización, el líder murió en el río y la mansión se quemó con todos sus secretos adentro.
—Somos fantasmas desde anoche.
—A los fantasmas nadie les pide billetes en los trenes.
Lucía se levantó del suelo y caminó hacia la mesa.
Miró la pletina de plata con curiosidad infantil.
—Parece un pedazo de la luna que se cayó al piso —dijo la niña.
—Es una llave —corregió Lucas.
—¿Abre una puerta grande?
—Abre una vida nueva —dijo él.
La niña meditó la frase un segundo.
Luego negó con la cabeza con esa contundencia que solo los niños poseen.
—Las puertas no se abren con plata —dijo Lucía.
—Se abren cuando empujas con la mano limpia.
Lucas se quedó en silencio frente a la niña.
La sabiduría desprovista de artificio de su hija de ocho años era el único juicio que verdaderamente le importaba en ese mundo de sombras.
Se agachó y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho junto a la pletina de plata.
May you like
—Mañana empujamos la puerta juntos —dijo él en un murmullo.
—Los tres.