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EL SILENCIO BAJO EL ROBLE / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La mirada de cera

El pánico deformó los rasgos de Marcos hasta volverlo irreconocible.

El hombre pulcro, de trajes a medida y modales finos, se desmoronó en un instante.

—¡No, Lucas, por favor! ¡Aquel lugar no! —chilló, intentando retroceder hacia la ventana.

Lucas no gastó palabras.

Dio un paso adelante y le propinó una patada brutal en el estómago con su bota pesada.

El golpe sonó como un saco de humedad al ser aplastado contra el suelo.

Marcos se dobló en dos, soltando todo el aire de sus pulmones en un silbido agónico.

Cayó de rodillas justo al borde de la escotilla abierta.

Lucas le agarró la solapa de la chaqueta de terciopelo con la mano izquierda.

Lo levantó unos centímetros del suelo antes de empujarlo sin piedad hacia el hueco negro.

Marcos cayó de espaldas por la escalera de hormigón.

El sonido de su cuerpo rebotando contra los tres primeros peldaños fue seco, pesado, seguido de un impacto sordo al llegar al fondo del piso de cemento.

Un grito de dolor ahogado subió desde las profundidades del refugio.

Se escuchó el crujido claro de un hueso roto.

El brazo o la clavícula.

Lucas no esperó a que se recuperara.

Miró a Valeria, que continuaba de rodillas en el suelo, llorando histéricamente con las manos sobre la cara.

—Tú también —dijo él.

—¡No! ¡Yo no hice nada! ¡Yo solo firmé los papeles que él me trajo! —suplicó la mujer, arrastrándose sobre sus rodillas hacia las piernas de Lucas.

Intentó agarrarse a sus pantalones.

Lucas la apartó con un movimiento frío de la pernera.

—Le diste la llave de la habitación de mi hija —dijo él.

—Miraste a mi esposa golpeada en el suelo y te preocupaste por la mancha de su vestido.

Lucas la tomó del antebrazo con una fuerza que le dejó marcas moradas al instante sobre la piel blanca.

La puso de pie de un solo tirón.

Valeria forcejeó, intentando clavar los tacones en las juntas del parquet, pero no era rival para la fuerza desmedida de Lucas.

La arrastró dos metros hasta el borde del pozo.

—¡Por favor, Lucas! ¡Tengo una sobrina! ¡Piensa en Lucía! —gritó la mujer.

—Pienso en Lucía cada vez que te miro —respondió él.

Y la soltó.

Valeria cayó de frente por la abertura.

Su grito agudo se cortó abruptamente cuando su cara chocó contra el borde del quinto escalón de hormigón.

Rodó sobre el cuerpo lesionado de Marcos en el fondo del pozo.

Un coro de gemidos y maldiciones amortiguadas comenzó a brotar desde la oscuridad subterránea.

Quedaba Mateo.

El gigante continuaba arrastrándose por el suelo del comedor, dejando una estela parda de sangre que salía de su rodilla destrozada.

Había logrado llegar hasta la puerta del recibidor.

Sus dedos ensangrentados arañaban el marco de caoba intentando impulsarse hacia afuera.

Lucas caminó hacia él con pasos lentos, deliberados.

La suela de sus botas sonaba con un peso definitivo sobre el roble.

Se detuvo junto a la cabeza del guardaspaldas herido.

Mateo levantó la vista.

Tenía los ojos inyectados en sangre, la cara cubierta de sudor y polvo.

—Termínalo aquí... —murmuró Mateo con la voz rota.

—No me metas en ese agujero, Lucas... dame un tiro.

Lucas contempló al hombre que había entrenado personalmente durante cinco años.

El hombre que había comido en su mesa y protegido a su hija en los parques de la ciudad.

—El tiro es para los enemigos que luchan de frente —dijo Lucas.

—Para los perros que muerden la mano que los alimenta, solo hay foso.

Lucas colocó la punta de su bota bajo el axila de Mateo.

Hizo palanca con la pierna y rodó el cuerpo de doscientos kilos del gigante como si fuera un tronco podrido.

Mateo rodó dos vueltas sobre la alfombra doblada hasta quedar alineado con el marco de la escotilla.

Lucas no tuvo que empujarlo más.

El propio peso del hombre y la inclinación de la madera lo hicieron deslizarse inevitablemente hacia el abismo.

El impacto de su cuerpo al caer sobre el suelo de abajo sacudió la estructura de las tablas del comedor.

Un polvo fino de cal vieja subió en una pequeña nube por la abertura.

Los tres traidores estaban ahora en el fondo del refugio.

Lucas caminó hacia la escotilla.

Se asomó al borde del agujero de hormigón.

A la tenue luz del comedor, pudo ver las tres figuras amontonadas en el suelo de cemento.

Marcos intentaba levantarse sosteniéndose el hombro dislocado.

Valeria lloraba en un rincón, con la cara cubierta de sangre por el corte en la frente.

Mateo se mantenía boca abajo, incapaz de mover la pierna rota.

—Lucas... dejarnos salir... no duraremos tres días aquí abajo sin agua... —gritó Marcos desde el fondo.

Su voz sonaba lejana, cavernosa, devuelta por las paredes de ladrillo visto del refugio.

Lucas no respondió.

Extendió la mano y sujetó la agarradera de bronce de la pesada escotilla de madera.

Tiró hacia abajo.

La puerta de roble y marco de hierro comenzó a bajar en su arco de cuarenta y cinco grados.

La franja de luz sobre las caras de los tres traidores se fue estrechando segundo a segundo.

Un centímetro. Dos centímetros.

—¡Lucas! —gritó Valeria en un alarido de puro terror.

El sonido del marco de madera encajando contra las vigas del suelo fue un chasquido sordo y definitivo.

El resorte metálico del cerrojo automático se activó con un clack seco.

Un clic que selló el destino de la habitación subterránea.

El aire en el comedor pareció aclararse de golpe.

El hedor a foso quedó atrapado bajo las tablas gruesas de roble.

Lucas se puso de pie.

Caminó hacia el rincón donde estaba la alfombra persa doblada.

La desdobló con dos patadas precisas.

El tejido pesado cayó sobre la madera, cubriendo por completo la junta agrietada y la escotilla oculta.

A la vista de cualquiera que entrara en la habitación, el comedor volvía a ser el espacio elegante y pulcro de una mansión aristocrática.

Lucas caminó hacia el sofá de terciopelo verde.

Se arrodilló frente a su esposa y su hija.

Elena lo miraba con los ojos desorbitados, aún atrapada en el trance del horror que acababa de presenciar.

Lucía, en cambio, tenía la mirada limpia.

—¿Ya sacaste al ratón, papá? —preguntó la niña con esa voz tranquila que helaba la sangre.

Lucas le acarició el cabello suave.

—Sí, mi amor —dijo él en un murmullo.

—El ratón ya no va a volver a hacer ruidos bajo el piso.

Elena rompió a llorar de nuevo.

Un llanto diferente esta vez.

No era el pavor a la muerte; era la liberación brutal de una pesadilla que se había cobrado la inocencia de su hogar.

Lucas rodeó a las dos con sus brazos largos.

Las apretó contra su pecho, sintiendo el calor de sus cuerpos temblorosos contra el cuero frío de su abrigo.

—Nos vamos de aquí —dijo Lucas sobre el cabello de su esposa.

—Esta casa ya no es nuestra.

—¿A dónde iremos? —susurró Elena contra su cuello.

—Al norte —respondió él.

—Donde la madera no esconda secretos y el suelo sea solo tierra firme.

Lucas se puso de pie, cargando a Elena en sus brazos una vez más.

Miró a Lucía.

—Toma tu conejo —le ordenó suavemente.

La niña recogió el juguete tullido de la alfombra.

Miro el punto exacto donde la lana tapaba la escotilla.

Se agachó y dejó la pequeña cruz de oro ensangrentada que Lucas había encontrado antes justo sobre el centro de la alfombra.

—Para que no se pierdan en la oscuridad —dijo Lucía con lógica infantil.

Se giró y tomó la mano libre de su padre.

Los tres salieron del comedor hacia el vestíbulo principal.

Lucas no miró hacia atrás.

No cerró las luces de la mansión.

Dejó la puerta principal abierta de par en par, permitiendo que el viento frío de la noche y la lluvia entraran libremente al recibidor.

Subieron al viejo camión de carga que Lucas había dejado estacionado tras los cipreses del jardín.

El motor diésel arrancó con un rugido pesado que espantó a los pájaros nocturnos de los árboles.

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Las luces del vehículo iluminaron la fachada de la mansión una última vez antes de girar hacia el camino de salida.

La casa quedó atrás, en penumbra, guardando bajo su suelo de roble el peso de los tres días que lo cambiaron todo.

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