Chapter 7 - Los pasos del leal

La lluvia había cesado al llegar a las afueras de la ciudad, dejando paso a una niebla densa que se pegaba al asfalto como un sudario.
Lucas apagó las luces del camión a medio kilómetro de la entrada de la propiedad.
Dejó el vehículo oculto entre los matorrales de una antigua cantera abandonada.
Continuó el camino a pie, avanzando por el arcén mojado con la pistola empuñada bajo la solapa del abrigo.
El silencio de la zona residencial era absoluto.
Las grandes mansiones permanecían a oscuras tras sus muros de piedra y verjas de hierro forjado.
La casa del roble apareció al fondo del paseo de cipreses.
La puerta principal continuaba abierta de par en par, tal como él la había dejado dos horas atrás.
Una boca negra en medio de la fachada blanca.
Sin embargo, algo había cambiado en la escena.
Había un vehículo aparcado en el camino de grava.
Un sedán gris sin placas de matrícula, con el motor apagado pero los faros aún emitiendo un tenue brillo de calor.
Alguien había llegado a la propiedad después de su partida.
Lucas se pegó al muro perimetral de la finca.
Sus botas no hacían ruido sobre la hierba húmeda del jardín.
Avanzó hacia la terraza posterior, evitando pasar frente al haz de luz que salía del vestíbulo.
Llegó a los ventanales del comedor.
El cristal por el que había mirado antes continuaba intacto.
Se asomó desde la sombra de una columna de piedra.
El interior del comedor estaba iluminado por una sola linterna táctica colocada verticalmente sobre la mesa de caoba.
Había un hombre de pie en el centro de la estancia.
Un hombre alto, enjuto, que vestía un abrigo de corte militar de color verde oliva.
Estaba agachado junto a la alfombra persa.
La había vuelto a apartar.
La escotilla de madera continuaba cerrada, sellada por el cerrojo automático.
El hombre de verde sostenía un maletín de herramientas en el suelo.
Tenía un palanqueta de acero en la mano derecha y estaba intentando forzar el marco del cierre.
Era Julián.
El antiguo armero de la familia y el único mecánico que conocía la estructura oculta del foso además de Lucas.
Lucas sintió que una risa helada pugnaba por salir de su garganta.
El círculo de la traición se ampliaba con cada hora que pasaba.
Julián no había venido a rescatar a Marcos ni a Valeria.
Había venido a comprobar si el trabajo estaba hecho y a quedarse con lo que los otros hubieran dejado atrás.
Lucas rodeó la terraza y entró por la puerta trasera de la cocina.
El olor a sopa rancia de la que había hablado Lucía continuaba flotando en la penumbra del mostrador.
Avanzó por el pasillo de servicio sin hacer el menor ruido.
Sostuvo la pistola con ambas manos, alineando las miras metálicas con la altura de la nuca del hombre del comedor.
Entró en el salón desde la puerta lateral de la biblioteca.
—Ese cerrojo está diseñado para resistir tres toneladas de presión lateral, Julián —dijo Lucas con voz serena.
El armero se congeló en su posición de cuclillas.
La palanqueta de acero se le resbaló de los dedos, cayendo sobre las tablas del suelo con un sonido metálico que resonó en toda la casa.
Julián no intentó desenfundar.
Sabía perfectamente quién estaba detrás de él y cuál era la distancia exacta de tiro.
Lentamente, levantó las dos manos sobre la cabeza, manteniendo las palmas abiertas hacia el techo.
—Lucas... —murmuró sin girarse del todo.
—Pensé que estabas en el fondo del río.
—Todo el mundo piensa demasiado en el río esta semana —respondió Lucas.
Avanzó tres pasos hasta quedar a dos metros de la espalda del armero.
—¿Quién te mandó a forzar el foso? —preguntó.
—Nadie me mandó —dijo Julián, girando la cabeza despacio para mirarlo con un solo ojo.
—Marcos me llamó a las cuatro de la tarde... dijo que si no venía a abrir la caja fuerte del nivel inferior antes de medianoche, le diría a la junta que yo les vendí los planos de la finca.
—Estaba chantajeándome, Lucas... te lo juro.
—Todos juran mucho esta noche —dijo Lucas.
—Busco una pletina de plata. De unos cinco centímetros.
—Estaba en la carpeta de Valeria o en el suelo del recibidor.
Julián tragó saliva y señaló con el mentón hacia la mesa de comedor.
Sobre la madera de caoba, junto a la linterna táctica, había una pequeña pila de objetos.
El reloj de oro destrozado, la carpeta de cuero de Valeria y la pletina de plata.
Julián ya la había encontrado antes de que Lucas entrara.
—Ahí está todo —dijo el armero con voz temblorosa.
—No he tocado nada más, Lucas... solo quería la carpeta para quemar las pruebas del chantaje.
Lucas caminó hacia la mesa sin perder de vista los movimientos del hombre.
Recogió la pletina de plata con la mano izquierda.
El frío del metal pulido le devolvió la tranquilidad que necesitaba.
Comprobó los números grabados en el dorso.
Los ocho dígitos de la cuenta de Ginebra continuaban intactos, sin rasguños.
Se guardó la pletina en el bolsillo interior del abrigo junto a sus cargadores.
Luego miró la escotilla sellada bajo la alfombra.
Desde el fondo del suelo no se oía ningún sonido.
El silencio subterráneo era absoluto.
—¿Siguen vivos ahí abajo? —preguntó Julián en un hilo de voz.
—No me importa —respondió Lucas.
—Pero tú eres el único que sabe cómo funciona el mecanismo de aireación de emergencia.
Julián palideció al entender la implicación de la frase.
—Lucas, yo construí ese sistema para ti hace diez años...
—Y hoy vas a desactivarlo —ordenó Lucas.
—Corta las tuberías de admisión del patio exterior antes de irte.
Julián miró a los ojos de Lucas y entendió que no había margen para la negociación.
La misericordia era un concepto que se había extinto en esa mansión tres días atrás.
—Si hago eso... morirán sofocados en doce horas —susurró el armero.
—Tardarían tres días —corrigió Lucas con una precisión escalofriante.
—Como el tiempo que estuvo mi esposa.
Lucas hizo un gesto con el cañón de la pistola hacia la salida trasera.
—Hazlo ahora. Y si vuelvo a ver tu cara a menos de cien kilómetros de esta provincia, no habrá foso que te proteja.
Julián no esperó una segunda advertencia.
Recogió su maletín de herramientas con manos temblorosas y corrió hacia la cocina como si los mismos demonios del infierno lo estuvieran persiguiendo.
El sonido de sus pasos se perdió en el jardín exterior.
Unos segundos después, el motor del sedán gris arrancó con prisa, alejándose por el camino de grava a toda velocidad.
Lucas se quedó solo en el comedor de la mansión vacía.
Caminó hacia el centro de la habitación.
Recogió la linterna táctica de la mesa y la enfocó hacia las cortinas de terciopelo pesado.
Sostuvo la llama de su encendedor de plata cerca del dobladillo inferior de la cortina del ventanal principal.
La tela vieja y seca prendió al instante.
Una lengua de fuego azul y amarillo comenzó a trepar rápidamente por el tejido, devorando el terciopelo y alcanzando el marco de madera de la ventana.
Lucas caminó hacia la puerta de la biblioteca y repitió la acción con las cortinas del fondo.
En menos de tres minutos, el comedor estaba rodeado por un anillo de fuego que iluminaba la estancia con una luz naranja y vibrante.
El humo negro comenzó a acumularse en el techo alto de la sala, haciendo sonar la alarma de incendios del pasillo.
Un pitido agudo, rítmico, insoportable.
Lucas caminó hacia la salida principal sin prisa.
Al cruzar el umbral del recibidor, se giró una última vez para mirar la alfombra persa.
Las llamas ya habían alcanzado el borde del tejido de lana.
El fuego quemaba el suelo de roble, sellando para siempre la madera y los secretos que se escondían bajo sus tablas.
Lucas salió al porche bajo la lluvia fina que volvía a caer sobre la ciudad.
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Caminó hacia la cantera abandonada donde había dejado el camión.
Detrás de él, la estructura de la mansión del roble comenzaba a crepitar bajo el abrazo del fuego, proyectando una columna de humo negro hacia el cielo de la madrugada.