Chapter 6 - Quién tocó la casa

El camión de carga avanzaba lentamente por la carretera secundaria que serpenteaba entre los pinares del norte.
La lluvia golpeaba el parabrisas con una violencia constante, haciendo trabajar los limpiaparabrisas en su ritmo cansino.
En la cabina, el silencio era denso.
Elena dormía con la cabeza apoyada en el hombro de Lucas, agotada por la fiebre y el cansancio acumulado.
Lucía estaba sentada entre los dos, abrazando al conejo tullido contra su estómago.
Sus ojos abiertos reflejaban las luces verdes del panel de control del vehículo.
—Papá —dijo la niña sin girar la cabeza.
—¿Sí, Lucía?
—El tío Marcos se dejó las luces encendidas en su casa.
Lucas mantuvo la mirada fija en la cinta de asfalto mojado.
—El tío Marcos ya no necesita luces —respondió con voz serena.
—¿Porque ahora vive en la oscuridad? —inquirió la niña.
—Porque las sombras son su problema ahora.
La niña meditó la respuesta durante un par de kilómetros.
El sonido del motor diésel llenaba el espacio con un zumbido hipnótico.
—La casa del roble no me gustaba —dijo la pequeña de pronto.
—¿Por qué no te gustaba?
—Porque las paredes hablaban cuando tú no estabas.
Lucas apretó el volante de cuero gastado con la mano derecha.
—¿Qué decían las paredes, Lucía?
—Decían que tú no ibas a volver —susurró la niña.
—La tía Valeria se lo decía a mamá todas las tardes mientras le contaba los vestidos del armario.
—Le decía que las casas grandes no son para las mujeres solas.
Un espasmo de rabia contenida volvió a cruzar por los músculos de la cara de Lucas.
La conspiración no había sido un impulso de un momento.
Había sido un proceso minucioso, una erosión paulatina del territorio de su familia mientras él negociaba en las fronteras de la ciudad.
—Tu mamá ya no está sola —dijo Lucas firmemente.
—Y tú tampoco.
—Yo sé —respondió la niña, cerrando los ojos por primera vez en horas.
—Tú trajiste el arma grande.
El camión se adentró en una pista de tierra que se desviaba hacia la montaña.
Las ramas de los abetos rozaban los laterales de la carrocería con un sonido metálico de garras.
Al final del camino aparecía una pequeña casa de piedra con tejado de pizarra.
Una propiedad comprada quince años atrás con un nombre falso, ignorada por todos los registros de la organización.
Lucas detuvo el vehículo frente al porche de madera cruda.
Apagó el motor.
La repentina falta de ruido hizo que el sonido de la lluvia sobre las hojas fuera casi ensordecedor.
Lucas bajó de la cabina y rodeó el camión para abrir la puerta del acompañante.
Tomó a Elena en brazos con el mismo cuidado que si fuera un objeto de cristal agrietado.
La mujer apenas abrió los ojos, emitiendo un murmullo incomprensible por la fiebre.
—Lucía, sigue mis pasos —ordenó Lucas a la niña.
Caminaron por el caminito de losas de piedra hasta la entrada de la casa.
Lucas empujó la puerta con la bota; no tenía cerradura de llave, sino un pestillo pesado de hierro que solo se podía abrir con un truco de presión en el marco exterior.
El interior olía a resina de pino, a lavanda seca y a aire limpio de montaña.
No había alfombras persas.
No había suelos de roble con compartimentos ocultos.
Solo losas gruesas de granito y paredes de piedra vista.
Lucas depositó a Elena sobre la cama de madera maciza del dormitorio principal.
La cubrió con tres mantas de lana virgen que guardaba en un arca de roble seco.
Luego trajo un cuenco con agua limpia del pozo exterior y una toalla blanca.
Se sentó al borde de la cama y comenzó a limpiar las heridas de la cara de su esposa con movimientos suaves.
El agua del cuenco se fue tiñendo lentamente de una sombra rosada.
Elena abrió el ojo sano y lo miró a través de la luz de la vela que Lucas había encendido sobre la mesilla.
—¿Están verdaderamente abajo? —preguntó con un hilo de voz.
—Están donde pertenecen —respondió él sin detener la toalla sobre el pómulo magullado.
—Tienen tres metros de hormigón sobre sus cabezas y toda la tierra de la mansión encima.
—Marcos tenía la clave del banco de Ginebra —murmuró ella.
—Me la quitó del cuello el segundo día.
Lucas se detuvo.
La toalla húmeda quedó inmóvil sobre la piel de su esposa.
—¿La clave grabada en la pletina de plata? —pregunto.
Elena asintió débilmente.
—Se la dio a Valeria antes de subir hoy... vi cómo se la ponía en el bolsillo de la carpeta.
Lucas recordó la carpeta de cuero que Valeria había dejado caer al suelo del comedor cuando él disparó al marco de la puerta.
Los papeles esparcidos sobre la alfombra.
La pletina de plata debía haber quedado allí, tirada entre las hojas de los contratos de propiedad.
O peor aún.
Podía estar en el suelo del recibidor, al alcance de cualquiera que entrara en la mansión abierta.
Lucas miró la cara de su esposa.
Luego miró hacia el rincón del dormitorio, donde Lucía se había quedado dormida sobre un sillón de orejas, abrazando al conejo sin ojo.
La seguridad de su familia dependía de esos fondos.
Sin ese capital, eran solo tres fugitivos en una cabaña de montaña, esperando a que los restos de la organización los rastrearan.
—Tengo que volver —dijo Lucas en voz baja.
Elena le agarró la muñeca con sus dedos débiles y fríos.
—No... no me dejes aquí sola... —suplicó ella, con los ojos inundados de un pánico renovado.
—No voy a tardar —respondió Lucas.
—Son dos horas de viaje de vuelta.
—Recojo la pletina y quemo la casa entera.
Elena negó con la cabeza sobre la almohada.
—La casa ya está muerta, Lucas... déjala ir.
—La pletina tiene la vida de Lucía grabada en esos números —dijo él firmemente.
—Sin eso, no podemos cruzar la frontera el mes que viene.
Se puso de pie y comprobó la carga de su pistola.
Le quedaban cuatro cartuchos en el cargador.
Sacó una caja de munición del cajón de la mesilla y llenó dos cargadores adicionales con un movimiento rítmico y metálico.
Click. Click. Click.
El sonido del latón entrando en los cargadores era el único reloj que marcaba el tiempo en la habitación de piedra.
Se guardó los cargadores en los bolsillos del abrigo.
Se acercó a Lucía y le tapó los hombros con una manta pequeña.
Le besó la frente, que olía a lluvia y a jabón barato.
—Cuida a mamá —le susurró al oído.
La niña agitó las pestañas sin abrir los ojos del todo, emitiendo un suspiro profundo.
Lucas miró a Elena una última vez.
—Traba el pestillo de hierro por dentro en cuanto yo cruce la puerta —le ordenó.
—No abras a nadie. Ni siquiera si oyes mi voz pedirlo desde afuera.
—Si no estoy de vuelta antes de que salga el sol, toma el dinero del arca y camina hacia el pueblo del valle.
Elena lo miró con una desesperación resignada.
Sabía que no podía detenerlo.
El hombre con el que se había casado era un bloque de granito que solo se movía bajo sus propias leyes.
Lucas salió de la cabaña.
Escuchó el sonido pesado del pestillo de hierro al encajar por dentro.
La estructura de piedra quedaba sellada.
Subió de nuevo al camión de carga.
Encendió los faros, que cortaron la bruma de la montaña como dos sables de luz amarilla.
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Dio media vuelta en la pista de tierra y aceleró hacia el sur.
Hacia la mansión del roble, donde el fuego y el silencio estaban a punto de citarse para la escena final.