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EL SILENCIO BAJO EL ROBLE / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - El juicio sobre el roble

La noche en la montaña pasó lenta, medida por el crepitar de la leña en el hogar de la cabaña.

Lucas no durmió.

Permaneció sentado en el sillón junto a la ventana, con la pistola sobre su regazo y la mirada perdida en la oscuridad del pinar exterior.

Cada crujido de las ramas heladas era un aviso que su mente procesaba con una vigilancia quirúrgica.

A las cuatro de la mañana, la lluvia cesó por completo.

Un viento frío y seco bajó de las cumbres, limpiando el cielo de nubes y dejando ver las primeras estrellas antes del amanecer.

Lucas se levantó y despertó a Elena con un toque suave en el hombro.

La fiebre de la mujer había cedido finalmente gracias al descanso y a las compresas de agua fría.

Las marcas moradas de su rostro continuaban allí, pero sus ojos habían recuperado la claridad y la firmeza que la caracterizaban.

Lucía ya estaba despierta, sentada en el borde de la cama con sus calcetines puestos y el conejo bien guardado dentro de su pequeño bolso de tela.

—Es hora —dijo Lucas.

Recogió el arca de madera de la pared y extrajo los tres pasaportes de cubierta azul sin escudos.

Documentos impecables, creados por un falsificador de Praga diez años atrás para un caso de emergencia extrema.

Los repartió entre los abrigos de la familia.

Salieron de la cabaña en silencio.

El aire de la madrugada olía a escarcha y a resina limpia.

No usaron el camión de carga.

Lucas lo dejó abandonado en la pista de tierra con las llaves puestas en el contacto y el depósito de combustible vacío.

Caminaron a pie por el sendero que bajaba hacia el pueblo del valle.

Un trayecto de tres kilómetros entre pinos altos que filtraban la luz violeta del amanecer.

Lucas abría el camino, sujetando la mano de Lucía.

Elena caminaba detrás, envuelta en una manta de lana gris que le tapaba el rostro hasta los ojos.

La pequeña estación de trenes de la ciudad provincial era una estructura de ladrillo rojo con un solo andén de madera.

A las cinco y media de la mañana, solo había dos campesinos esperando el correo y un mozo de equipajes barriendo las hojas secas del suelo.

El tren de vapor y diésel llegó a las cinco y tres cuartos con un silbido largo que resonó por todo el valle.

Las ruedas de hierro chirriaron contra los rieles helados al detenerse.

Lucas compró tres billetes de segunda clase en la taquilla de cristal agrietado.

El taquillero ni siquiera levantó la vista para examinar los pasaportes; se limitó a cobrar el importe y picar los cartones con un chasquido mecánico.

Subieron al vagón de madera del fondo.

El compartimento estaba vacío, oliendo a humo de carbón y a tapicería vieja.

Lucas acomodó a Elena junto a la ventanilla y sentó a Lucía a su lado.

Él se colocó en el asiento frente a ellas, manteniendo la vista hacia la pasarela de acceso.

El tren emitió dos pitadas de advertencia.

Las puertas de los vagones se cerraron con golpes secos de madera y metal.

El convoy comenzó a moverse con un tirón pesado de los enganches de hierro.

El andén de la pequeña estación comenzó a deslizarse hacia atrás a través del cristal de la ventanilla.

Lucía apoyó la frente contra el vidrio frío.

Vio pasar las casitas de piedra del pueblo, los prados cubiertos de escarcha y, al fondo de la loma, la columna de humo gris que aún subía desde la posición donde antes estaba la mansión del roble.

—Mira, mamá —dijo la niña señalando con el dedo índice.

—La casa grande se está volviendo nube.

Elena miró por la ventana durante un segundo.

No hubo lágrimas en sus ojos.

Solo un parpadeo lento, definitivo, como el de quien cierra un libro de historia sangrienta para no volver a abrirlo jamás.

—Las nubes no vuelven a caer al mismo sitio —dijo Elena con voz firme.

Lucas extendió la mano por encima de la pequeña mesa de madera que separaba los asientos.

Colocó su palma abierta sobre la mesa.

Elena puso su mano sobre la suya.

Y Lucía colocó su pequeña mano infantil sobre la de ambos, cerrando el círculo de la familia.

El tren aceleró su marcha al entrar en el túnel de la montaña.

La oscuridad envolvió el vagón por unos segundos.

Un silencio profundo en el que solo se escuchaba el ritmo constante, metálico y airoso de las ruedas sobre los rieles de acero.

Ta-tán. Ta-tán. Ta-tán.

El sonido del movimiento continuo que los alejaba para siempre de las sombras de la ciudad.

Cuando el tren salió del túnel al otro lado de la cordillera, la luz pura del sol naciente inundó el compartimento.

Una luz dorada, cálida, que lavó las marcas del rostro de Elena y encendió los colores del vestido de Lucía.

La niña sonrió por primera vez en tres días.

Se acurrucó contra el costado de su madre y cerró los ojos, entregándose a un sueño profundo y tranquilo.

Lucas miró por la ventana el nuevo paisaje que se abría ante sus ojos.

Los campos verdes del oeste se extendían hasta el horizonte, limpios de secretos y de fosos ocultos.

Tocó el arma en su bolsillo por última vez.

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Sintió la pletina de plata contra sus costillas.

Y por primera vez en su vida, Lucas aflojó la tensión de sus hombros y dejó que el aire limpio del nuevo día entrara hasta el fondo de sus pulmones.

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