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La Prometida de Cristal / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El Trato

El auto olía a cuero nuevo y a algo más, algo caro que Ava no supo nombrar.

Se sentó en el asiento trasero con la chaqueta de él todavía sobre los hombros, las manos apretadas sobre las rodillas, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad se deslizaban como manchas borrosas.

Damian no había dicho una palabra desde que salieron del salón.

Ava tampoco.

El silencio se sentía más pesado que el vestido mojado pegado a su piel.

—¿Vas a explicarme qué fue eso? —preguntó ella finalmente, sin girarse a mirarlo.

—¿Qué parte?

—Toda. La parte donde me llamaste tu prometida frente a cien personas que no me conocen de nada.

Él guardó silencio un momento. El auto giró en una esquina y las luces de un letrero rojo le iluminaron la mitad del rostro, después lo dejaron otra vez en sombras.

—Necesitaba una salida —dijo al fin—. Tú estabas ahí.

Ava sintió que algo en el pecho se le endurecía otra vez.

—Así que fui conveniente.

—Fuiste inesperada —corrigió él—. No es lo mismo.

Ella no respondió. Apretó los dedos contra la tela de la chaqueta, buscando algo de donde sostenerse.

El auto se detuvo frente a un edificio de cristal que subía tan alto que Ava tuvo que inclinar la cabeza para ver dónde terminaba.

—¿Dónde estamos?

—En mi casa.

—No voy a subir a tu casa.

—No te estoy preguntando.

Ava lo miró entonces, por primera vez desde que subieron al auto. Sus ojos oscuros no tenían burla, ni siquiera la frialdad que ella esperaba. Solo cansancio. El mismo cansancio que ella sentía en los huesos.

—Necesito que me escuches diez minutos —dijo él—. Después, si quieres irte, mandaré que te lleven a donde digas. Con dinero para un taxi, para ropa nueva, para lo que necesites. Pero escúchame primero.

Ava pensó en el sobre delgado dentro de su bolso.

Pensó en su madre, en la lista de espera del hospital, en el médico que decía "en cuatro semanas, si junta el dinero, hay una posibilidad."

Diez minutos no costaban nada.

—Diez minutos —repitió ella—. Ni uno más.

El penthouse era todo vidrio y silencio. Ava se quedó parada junto a la puerta, dejando un pequeño charco de champán y agua en el suelo de madera oscura, sin atreverse a moverse más allá.

Damian se sirvió un vaso de agua —no de licor, notó ella, sorprendida— y se apoyó contra la isla de la cocina.

—Mi madre quiere que me case con Sofía —dijo, sin rodeos—. Lleva dos años organizando esto. Una fusión entre nuestras empresas disfrazada de romance.

—Qué conmovedor.

—No lo es. Es un negocio. Y yo estaba a punto de aceptar, porque decir que no le cuesta caro a mucha gente que depende de mí.

Ava cruzó los brazos.

—¿Y entonces me viste arrodillada en el suelo y pensaste, "perfecto, ahí está mi salida"?

—Pensé —dijo él, y por primera vez algo parecido a la rabia le cruzó la voz— que estaba viendo a alguien tratada como basura en mi propia fiesta, por la mujer que se supone debo amar. Y no pude quedarme quieto.

Ava se quedó callada.

—No busqué una excusa —continuó él—. Busqué detenerlo. La excusa vino después, cuando ya no había forma de retroceder.

—Pues felicidades. Ahora tienes una prometida falsa empapada en tu sala.

Él la miró entonces con algo que ella no supo descifrar del todo. No era lástima. Tampoco burla.

—Te propongo un trato —dijo—. Seis meses. Finges ser mi prometida en público. Eventos, cenas, lo necesario para que mi madre deje de presionarme y Sofía entienda que ese barco ya zarpó. A cambio, cubro cualquier gasto que necesites. Cualquiera.

Ava sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Cualquiera?

—Cualquiera.

Ella pensó en la carta doblada dentro del bolso. Pensó en el rostro de su madre, más delgado cada semana, en la tos que ya no se iba con jarabe.

—Mi madre necesita una operación —dijo, casi sin querer, la voz quebrándose en la mitad de la frase—. No puedo pagarla. He ahorrado durante meses y todavía me faltan miles de dólares.

Damian no dijo nada por un momento largo.

—Considera que ya está pagada —dijo finalmente.

Ava sintió que las piernas le fallaban un poco. Se sostuvo del marco de la puerta.

—No puedes simplemente decir eso.

—Puedo. Y lo haré mañana a primera hora, en cuanto me des el nombre del hospital.

—¿Por qué? —preguntó ella, la voz temblando entre la esperanza y la desconfianza—. No me conoces. No te debo nada. ¿Por qué harías algo así por una desconocida?

Él la miró fijamente, con una honestidad que la desarmó más que cualquier mentira bonita.

—Porque esta noche vi algo que no voy a poder olvidar —dijo—. Y porque, francamente, tú necesitas ayuda y yo necesito una prometida. No hace falta que sea más complicado que eso.

Ava bajó la vista hacia el charco que había dejado en el suelo, hacia sus propias manos todavía temblando.

Seis meses.

Una mentira con fecha de caducidad, a cambio de la vida de su madre.

No era una decisión difícil. Era, simplemente, la única decisión posible.

—Necesito reglas —dijo ella, levantando la barbilla, tratando de recuperar algo de terreno—. Si voy a hacer esto, necesito saber exactamente qué se espera de mí.

Algo parecido a una sonrisa —pequeña, casi imperceptible— cruzó el rostro de Damian.

—Regla uno —dijo—. Habitaciones separadas.

—Obviamente.

—Regla dos. En público, actuamos como una pareja. En privado, no me debes nada. Ni sonrisas, ni conversación, ni fingir que esto es más de lo que es.

Ava asintió, aunque algo en el pecho se le apretó de una manera que no supo explicar.

—Regla tres —añadió ella—. No le mientes a mi madre. Ella no puede saber que esto es un contrato. Se moriría de la vergüenza si supiera que su hija se vendió por una cirugía.

—No te vendiste —dijo él, con una seriedad que la sorprendió—. Aceptaste un trato entre adultos. Hay una diferencia.

—Para ti, tal vez.

Silencio otra vez. El tipo de silencio que se llena de cosas no dichas.

—Hay una habitación de invitados al final del pasillo —dijo él finalmente, señalando con la cabeza—. Encontrarás ropa seca en el armario, algo debería quedarte. Mañana enviaré a alguien para que te acompañe a recoger tus cosas.

Ava caminó hacia el pasillo, todavía envuelta en su chaqueta, dejando pequeñas huellas mojadas sobre la madera pulida.

Se detuvo en el umbral, sin girarse del todo.

—Damian.

—¿Sí?

—Gracias. Por lo de esta noche. Por lo del hospital. Por... no reírte.

Él no respondió de inmediato.

—Nunca me reiría de alguien de rodillas, Ava —dijo finalmente, con una voz tan baja que ella casi no la escuchó—. He estado ahí. Solo que nadie lo vio.

Ava se giró completamente, sorprendida, pero él ya había apagado la luz de la cocina y caminaba hacia su propia habitación, dejándola sola con esa frase flotando en el aire, tan pesada como cualquier secreto.

Esa noche, envuelta en sábanas que olían a lavanda y a un perfume caro, Ava se quedó mirando el techo durante horas, repitiendo en su cabeza la misma pregunta.

¿Qué clase de hombre reconoce la humillación con tanta facilidad?

Solo alguien que la ha cargado antes.

Y esa idea, más que el lujo del penthouse o la promesa del dinero, fue lo que finalmente la dejó dormir.

Antes de cerrar los ojos, sacó su teléfono y escribió un mensaje a su madre, algo breve, algo que no revelara nada del trato ni de la humillación de esa noche.

"Mamá, tengo buenas noticias sobre la cirugía. Te llamo mañana temprano. Te quiero."

Presionó enviar y dejó el teléfono sobre la mesa de noche, boca abajo, como si así pudiera silenciar también las preguntas que la propia Ava todavía no sabía responderse a sí misma.

¿Qué clase de mujer acepta fingir un compromiso con un desconocido a cambio de dinero?

Una mujer que ha aprendido, a fuerza de golpes, que el orgullo no paga cirugías.

Una mujer que ha visto a su madre toser sangre en un pañuelo de tela y ha decidido que ninguna dignidad vale más que esa vida.

Se acomodó entre las sábanas ajenas, respirando el aroma desconocido de una casa que no le pertenecía, y por primera vez en semanas, no soñó con facturas ni con turnos dobles.

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Soñó con manos extendidas en medio de un salón lleno de gente que se reía de ella, y con unos ojos oscuros que no se apartaban.

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