Chapter 4 - El Pasado de Ava

El hospital olía a desinfectante y a flores marchitas.
Ava conocía cada rincón de ese pasillo: la máquina de café que siempre se atascaba en el tercer botón, la enfermera del turno de noche que le guardaba galletas, la ventana del cuarto piso desde donde se veía un pedacito de cielo entre dos edificios.
—Mamá.
Su madre, Elena, abrió los ojos despacio, todavía adormecida por los medicamentos. Tenía el rostro más delgado que la semana anterior, pero una sonrisa se le dibujó en los labios en cuanto reconoció a su hija.
—Mi niña. Llegas justo cuando estaba soñando contigo.
Ava se sentó al borde de la cama, tomando la mano de su madre entre las suyas, sintiendo los huesos delgados bajo la piel fina.
—Tengo buenas noticias —dijo, tratando de sonar tranquila—. La cirugía ya está confirmada. Para la próxima semana.
Elena la miró con una mezcla de alivio y sospecha que solo una madre sabe fabricar.
—¿Cómo conseguiste el dinero, Ava?
—Trabajé extra. Ahorré.
—Ava.
Solo su nombre, pero cargado de todo lo que una madre puede decir sin decir nada más.
—Alguien me ayudó —admitió finalmente, bajando la vista—. Un... conocido. Tiene recursos y quiso ayudar.
—¿Un conocido? —Elena entrecerró los ojos—. ¿Ese conocido tiene nombre?
—Damian.
—¿Y ese Damian espera algo a cambio?
Ava dudó. Pensó en el contrato firmado esa misma mañana, en las palabras "seis meses" escritas con una letra elegante y fría, en el anillo que él le había entregado sin ceremonia, diciendo simplemente "necesitarás esto para que parezca real."
—Vamos a fingir estar comprometidos por un tiempo —dijo finalmente, decidiendo que su madre merecía al menos una versión cercana a la verdad—. Su familia lo está presionando para casarse con alguien más. Yo le sirvo de excusa.
Elena guardó silencio un momento largo.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué sacas tú de todo esto, aparte de mi cirugía?
—Nada más. No necesito nada más.
—Ava.
De nuevo ese tono, ese nombre cargado de advertencias maternales.
—No te enamores de un hombre que te paga para fingir que lo amas —dijo Elena, apretando la mano de su hija con la poca fuerza que le quedaba—. Eso solo termina en un tipo de pobreza que ningún dinero puede curar.
Ava sonrió, aunque algo en el pecho se le apretó de una manera incómoda.
—No te preocupes, mamá. Sé exactamente en qué me estoy metiendo.
Pero mientras caminaba de regreso hacia el auto que Damian había enviado a recogerla, no estaba tan segura de que fuera cierto.
Esa noche, cuando regresó al penthouse, encontró a Damian sentado en su estudio, revisando documentos con el ceño fruncido, una taza de café frío olvidada junto a su codo.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó, sin levantar la vista de los papeles.
—Ansiosa por la cirugía. Feliz. Preocupada por mí, como siempre.
—¿Preocupada por qué?
Ava se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.
—Piensa que podría enamorarme de ti.
Las manos de Damian se detuvieron sobre el papel, apenas un instante, pero suficiente para que Ava lo notara.
—Las madres se preocupan por cosas absurdas —dijo finalmente, volviendo a su lectura.
—Sí. Absurdas.
Ava se giró para irse, pero la voz de él la detuvo en el umbral.
—Ava.
—¿Sí?
—Mi madre viene a cenar el sábado. Con Sofía.
Ava sintió que el estómago se le encogía.
—¿Sofía? ¿La mujer que me tiró champán en la cabeza?
—La misma. Necesito que estés preparada.
—¿Preparada para qué exactamente? ¿Para que me vuelva a humillar en tu propio comedor esta vez?
Damian finalmente levantó la vista, y algo en su expresión se endureció, no hacia ella, sino hacia el recuerdo de esa noche.
—Eso no volverá a pasar —dijo, con una convicción que la sorprendió—. Bajo mi techo, nadie te trata así. Nunca más.
Ava lo miró, sorprendida por la firmeza en su voz, por la manera en que sus ojos oscuros no se apartaron de los suyos ni un segundo.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó, en voz baja—. Se supone que esto es solo un contrato.
Él guardó silencio un momento demasiado largo para ser casual.
—Porque he visto suficiente crueldad en mi vida como para reconocerla cuando la veo —dijo finalmente—. Y porque, contrato o no, mientras uses ese anillo, eres mi responsabilidad.
La palabra "responsabilidad" debería haberla decepcionado.
En cambio, sintió algo cálido extendiéndose por su pecho, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
El sábado llegó demasiado rápido.
Ava se puso el vestido azul que Damian había mandado a comprar para ella —simple, elegante, sin una sola lentejuela que le recordara la noche del champán— y bajó las escaleras con el corazón latiendo tan fuerte que temió que todos pudieran escucharlo.
La madre de Damian, una mujer elegante de cabello plateado y mirada calculadora, la evaluó de arriba abajo desde el sofá antes de decir una sola palabra.
—Así que tú eres la famosa Ava.
—Un placer conocerla, señora Cross.
—Vanessa —corrigió la mujer, sin calidez—. Señora Cross suena a que ya envejecí demasiado para que me llamen por mi nombre.
Sofía, sentada junto a ella con una copa de vino que no bebía, observaba la escena con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Qué vestido tan... sencillo —comentó, con un tono que dejaba claro que "sencillo" no era un cumplido.
—Gracias —respondió Ava, decidida a no dejarse arrastrar—. Prefiero la sencillez a la ostentación. Dice más sobre el carácter que sobre la cuenta bancaria.
Vanessa parpadeó, sorprendida por la respuesta, y algo parecido a una sonrisa genuina cruzó su rostro por una fracción de segundo, antes de desaparecer.
—Interesante —murmuró—. Damian, parece que tu prometida tiene garras.
—Las necesita —respondió él, sentándose junto a Ava con una naturalidad que hizo que el corazón de ella tropezara—, viviendo conmigo.
La cena transcurrió entre preguntas incómodas de Vanessa, comentarios afilados de Sofía, y la mano de Damian encontrando la de Ava por debajo de la mesa en los momentos más tensos, un gesto pequeño que nadie más veía pero que a ella la mantenía anclada.
Cuando finalmente se fueron, Vanessa se detuvo en la puerta, mirando a Ava con una expresión que ya no era del todo hostil.
—Mi hijo no ha sonreído tanto en una cena familiar desde que su padre murió —dijo, en voz baja, solo para ella—. No sé qué eres exactamente para él, jovencita. Pero sea lo que sea, no lo arruines.
Ava no supo qué responder.
Se quedó parada en la puerta mucho después de que el auto de Vanessa desapareciera calle abajo, sintiendo el peso de esas palabras asentarse en algún lugar profundo de su pecho.
Detrás de ella, Damian se aflojó la corbata con un suspiro cansado.
—Lo hiciste bien —dijo—. Mejor que bien.
—Tu madre me odia.
—Mi madre no odia a nadie con quien no se molesta en discutir. Créeme, eso es un cumplido.
Ava se giró para mirarlo, y por un instante, bajo la luz tenue del recibidor, olvidó por completo que todo aquello se suponía que era mentira.
Subió a su habitación esa noche con los zapatos en la mano, los pies doloridos después de horas de pie fingiendo una soltura que no sentía del todo.
Se detuvo frente al espejo del pasillo, observando su propio reflejo: el vestido azul, el cabello aún peinado con esmero, el anillo de compromiso brillando bajo la luz tenue.
Se lo quitó despacio, sosteniéndolo entre los dedos, sintiendo el peso frío del metal contra la piel.
Por un instante, pensó en guardarlo en el cajón, lejos de la vista, como un recordatorio incómodo de un trato temporal.
En cambio, volvió a ponérselo.
No supo explicar por qué, solo que quitárselo se sentía, de alguna manera extraña, como quitarse algo que ya empezaba a pertenecerle de verdad.
Se metió en la cama pensando en la sonrisa orgullosa de Vanessa, en la advertencia susurrada en la puerta, en la mano de Damian bajo la mesa sosteniendo la suya como un ancla silenciosa contra la tormenta.
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Y por primera vez desde que llegó a esa casa de cristal, se durmió sin necesitar contar nada para calmar el pulso acelerado de su propio corazón.
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