Chapter 9 - La Verdad

La sala de juntas tenía una mesa de vidrio tan larga que Ava podía ver su propio reflejo distorsionado en ella, doce rostros severos mirándolos desde ambos lados.
—Señor Cross, agradecemos que haya venido a esclarecer esta situación —dijo el presidente de la junta, un hombre mayor de cabello blanco y expresión neutral—. Las acusaciones son serias. Filtración de un contrato privado, posible conflicto de interés, y ahora esto.
Deslizó una carpeta sobre la mesa.
Damian la abrió, y Ava vio cómo su rostro se transformaba en algo entre la incredulidad y la furia contenida.
—¿Qué es? —preguntó ella en voz baja.
—Documentos financieros —respondió él, sin apartar la vista de las páginas—. Que sugieren que desvié fondos de la empresa hacia una cuenta personal para financiar... "gastos relacionados con el compromiso."
—Eso es mentira —dijo Ava, su voz resonando más fuerte de lo que pretendía en la sala silenciosa—. El dinero de la cirugía de mi madre vino de los ahorros personales de Damian, no de fondos corporativos. Puedo demostrarlo.
Marco, sentado al fondo de la sala como asesor invitado, sonrió con una calma que resultaba perturbadora.
—Es curioso que la señorita defienda tan apasionadamente a su benefactor —dijo, dirigiéndose a la junta—. Casi como si tuviera algo que perder si la verdad saliera a la luz.
—Marco —dijo Damian, con una voz gélida—, ¿por qué no le explicas a la junta cómo obtuviste acceso a documentos financieros que ni siquiera están bajo tu jurisdicción?
La sonrisa de Marco vaciló apenas.
—Simplemente hago mi trabajo, protegiendo los intereses de la empresa.
—Tu trabajo era desarrollo de negocios, no auditoría financiera —intervino Vanessa, sentada al lado de Ava con una postura recta que irradiaba autoridad—. ¿Cómo explicas entonces las transferencias que mi equipo legal encontró esta mañana, desde tu cuenta personal hacia una empresa fantasma registrada en las Islas Caimán?
Un silencio absoluto cayó sobre la sala.
Marco parpadeó, la máscara de calma resquebrajándose por primera vez.
—No sé de qué está hablando.
—Estoy hablando de esto —dijo Vanessa, deslizando su propia carpeta sobre la mesa, con una sonrisa que no llegaba a ser amable—. Contraté a un investigador privado hace tres semanas, cuando empecé a sospechar que alguien dentro de la empresa estaba jugando un juego mucho más sucio del que aparentaba. Resulta que la empresa fantasma en cuestión es propiedad de un competidor directo de Cross Industries. Y tú, Marco, has estado recibiendo pagos regulares de esa empresa durante los últimos dos años, a cambio de información confidencial.
Ava sintió que el aire se llenaba de una tensión eléctrica, doce pares de ojos fijos en Marco, cuyo rostro había perdido todo el color.
—Esto es una difamación —balbuceó él, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—¿Difamación? —repitió Vanessa, levantando una ceja—. Tengo capturas de pantalla de correos electrónicos, registros bancarios, e incluso una grabación de audio donde admites, y cito textualmente, "una vez que Damian caiga, la junta necesitará a alguien confiable para tomar el control, y ese alguien seré yo."
El presidente de la junta se aclaró la garganta, mirando a Marco con una expresión que ya no dejaba lugar a dudas.
—Señor Reyes, creo que esta reunión ha tomado un giro muy distinto al que usted esperaba.
Marco se puso de pie abruptamente, la silla raspando contra el suelo con un chirrido que resonó como una sentencia.
—Sofía sabía de esto —dijo, con desesperación, señalando hacia la puerta donde Sofía observaba la escena desde el pasillo, con el rostro pálido—. Ella filtró el contrato a la prensa. Yo solo...
—¿Solo qué, Marco? —interrumpió Sofía, entrando finalmente a la sala, con una furia que sorprendió a todos—. ¿Solo intentaste vender la empresa entera a nuestros competidores mientras me usabas como distracción? Yo filtré el contrato porque estaba dolida y celosa, lo admito. Pero jamás conspiré para robar una empresa completa.
—Sofía...
—Se acabó, Marco —dijo ella, cruzando los brazos, con una dignidad que Ava no le había visto antes—. No pienso hundirme contigo por esto.
El presidente de la junta hizo una señal, y dos guardias de seguridad entraron a la sala, esperando instrucciones.
—Señor Reyes, tendrá que acompañarnos mientras esto se investiga formalmente —dijo el presidente—. Y señorita Vasquez, aunque su conducta con la prensa también merece consecuencias, la diferencia entre indiscreción y traición corporativa es considerable.
Marco fue escoltado fuera de la sala, su rostro una máscara de furia contenida, lanzando una última mirada envenenada hacia Damian y Ava antes de desaparecer por la puerta.
El silencio que siguió se sintió extraño, casi anticlimático después de la tormenta.
—Bien —dijo finalmente el presidente, dirigiéndose a Damian—. Creo que le debemos una disculpa, señor Cross. Y a usted también, señorita...
—Ava —completó ella—. Solo Ava.
—Ava —repitió el hombre, con un asentimiento respetuoso—. Sobre el contrato original... entendemos que las circunstancias eran complejas. Lo que nos importa a la junta es el bienestar de la empresa, y me parece que usted, señor Cross, ha demostrado exactamente el tipo de integridad que necesitamos en un líder, incluso en medio de un escándalo mediático fabricado.
—Gracias —dijo Damian, aunque su mano buscó la de Ava por debajo de la mesa, apretándola con fuerza—. Pero si me permiten decir algo más.
Se puso de pie, mirando a cada miembro de la junta con una determinación calmada.
—El contrato con Ava existió, es cierto. Empezó como una estrategia para escapar de una fusión matrimonial que mi madre estaba orquestando. Pero lo que hay entre nosotros ahora es real. Tan real como cualquier otra cosa en mi vida. Y si la junta tiene un problema con eso, entonces tal vez sea momento de reconsiderar quién debería liderar esta empresa.
Un murmullo recorrió la sala, pero no de desaprobación.
Varios miembros asintieron, algunos incluso sonrieron levemente.
—Señor Cross —dijo el presidente, con una sonrisa genuina apareciendo finalmente en su rostro—, creo que hablo por toda la junta cuando digo que su honestidad, más que cualquier escándalo, es exactamente lo que nos da confianza en su liderazgo. Esta reunión ha concluido. Y por lo que a mí respecta, felicidades por su compromiso.
Ava sintió que las lágrimas le llenaban los ojos, una mezcla de alivio y algo mucho más profundo, mientras los miembros de la junta comenzaban a levantarse, algunos deteniéndose para estrechar la mano de Damian, otros dirigiéndole a ella miradas de respeto renovado.
Cuando finalmente salieron de la sala, Vanessa los esperaba en el pasillo, con una expresión que Ava nunca había visto en ella: orgullo genuino.
—Eso —dijo Vanessa, mirando a su hijo— fue exactamente lo que tu padre habría hecho.
Damian se quedó paralizado por un momento, la mención de su padre golpeándolo de una manera inesperada.
—¿Tú crees?
—Lo sé —dijo Vanessa, con una certeza que no dejaba lugar a dudas—. Y creo que es hora de que dejes de dudarlo tú también.
Se giró hacia Ava, y por primera vez desde que se conocieron, le ofreció una sonrisa completamente sincera.
—Bienvenida a la familia, jovencita. Espero que esta vez sea definitivo.
Ava sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que no había sentido en años, la sensación extraña y maravillosa de pertenecer a algo, después de toda una vida sintiéndose de sobra en cada habitación que pisaba.
—Definitivo —confirmó, mirando a Damian con una sonrisa que reflejaba exactamente lo que sentía—. Muy definitivo.
Afuera de la sala de juntas, mientras esperaban el ascensor, Damian se detuvo un momento, girándose hacia ella con una expresión repentinamente seria.
—Ava, hay algo que quiero hacer bien esta vez. Sin contratos, sin papeles firmados a la carrera, sin excusas de negocios.
—¿De qué hablas?
Él no respondió con palabras. Simplemente se arrodilló ahí mismo, en medio del pasillo de mármol de la empresa, sacando de su bolsillo una cajita pequeña que ella no había visto antes.
—Ava, quiero pedirte matrimonio de verdad. No como parte de ningún trato. Solo porque no puedo imaginar mi vida sin ti en ella.
Ava sintió que las piernas le temblaban, esta vez de una emoción completamente distinta a la de aquella primera noche en el suelo del salón de baile.
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—Sí —dijo, sin dudar ni un segundo—. Mil veces sí.
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