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La Prometida de Cristal / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - La Traición

El titular apareció en todas las pantallas antes de que Ava terminara su café de la mañana.

"El heredero Cross y su prometida de cuna humilde: ¿romance real o maniobra corporativa? Fuentes internas revelan un contrato firmado."

La taza se le resbaló de las manos, estrellándose contra el suelo de la cocina en mil pedazos de porcelana.

—Damian.

Él ya estaba de pie frente a la ventana, con el teléfono pegado a la oreja, la mandíbula tan tensa que Ava temió que se le rompieran los dientes.

—Necesito saber quién filtró esto en la próxima hora —dijo al teléfono, con una voz que no admitía negociación—. No me importa qué recursos necesites usar. Encuéntralo.

Colgó y se giró hacia Ava, con una expresión que mezclaba furia y algo más blando, más asustado.

—¿Cómo consiguieron el contrato? —preguntó ella, con la voz temblando—. Solo tú, yo, y tu abogado teníamos acceso a ese documento.

—Y Marco —dijo Damian, con amargura—. Trabajó en el departamento legal antes de moverse a desarrollo de negocios. Tuvo acceso a esos archivos durante años.

El teléfono de Ava comenzó a sonar sin parar: números desconocidos, periodistas, y finalmente, una llamada que no pudo ignorar.

—Ava, cariño, ¿qué está pasando? —La voz de su madre sonaba débil, todavía recuperándose de la cirugía, pero cargada de preocupación—. Están hablando de ti en las noticias del hospital.

—Mamá, no es lo que parece, yo...

—¿Es cierto? —interrumpió Elena—. ¿Firmaste un contrato para fingir un compromiso?

Ava cerró los ojos, sintiendo que el peso de la mentira, aunque bien intencionada, finalmente la alcanzaba.

—Al principio sí —admitió—. Pero mamá, eso ya no es lo que hay entre nosotros. Las cosas cambiaron.

—¿Cambiaron cómo, Ava? ¿O simplemente aprendiste a mentirte a ti misma también?

La pregunta se clavó como un cuchillo, y Ava no encontró respuesta inmediata.

Cuando colgó, encontró a Damian observándola con una expresión de disculpa profunda.

—Esto es mi culpa —dijo—. Debí haber destruido ese contrato hace semanas, en cuanto supe que esto se había vuelto real para mí.

—No es momento de culpas. Es momento de averiguar qué hacer ahora.

Pero antes de que pudieran idear un plan, la puerta del penthouse se abrió sin previo aviso, y Vanessa Cross entró como una tormenta contenida, con el periódico digital abierto en su tablet.

—¿Un contrato, Damian? —dijo, sin siquiera saludar—. ¿En serio pensaste que podías engañar a toda la ciudad, incluida a tu propia madre, con una farsa tan elaborada?

—Madre, déjame explicarte...

—No hay nada que explicar. Está todo aquí, en blanco y negro. —Vanessa lanzó la tablet sobre la mesa de centro—. Y ahora los inversionistas están llamando, preguntando si toda tu credibilidad como líder de esta empresa es tan falsa como tu compromiso.

Ava sintió que se encogía bajo la mirada furiosa de la mujer, todo el terreno ganado en la cena familiar desmoronándose en cuestión de segundos.

—Señora Cross, lo que empezó como un arreglo se convirtió en algo real —intentó decir Ava—. Yo amo a su hijo.

—Qué conveniente que lo digas ahora, cuando todo está a punto de derrumbarse —espetó Vanessa, sin ninguna calidez en la voz—. Perdóname si encuentro difícil creer en las palabras de alguien que aceptó dinero para fingir amor.

—Madre, basta —la voz de Damian sonó con una autoridad que Ava no le había escuchado usar nunca contra su propia familia—. No le hables así.

—¿La estás defendiendo a ella por encima de mí?

—Estoy defendiendo la verdad —dijo Damian, con firmeza—. Sí, empezó como un contrato. Pero lo que siento por Ava ahora no tiene nada que ver con ese papel. Y si no puedes ver la diferencia, entonces el problema es tuyo, no nuestro.

Vanessa se quedó paralizada, sorprendida por la firmeza de su hijo, y por un instante, algo parecido a la duda cruzó su rostro calculador.

Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Damian volvió a sonar. Contestó, escuchó un momento, y su rostro palideció visiblemente.

—¿Qué pasa? —preguntó Ava, alarmada.

—La junta directiva convocó una reunión de emergencia para esta tarde —dijo, guardando el teléfono con manos que no eran del todo firmes—. Algunos miembros están pidiendo mi renuncia, alegando que mi juicio está comprometido.

—Esto es exactamente lo que Marco quería —dijo Ava, la comprensión asentándose como plomo en su estómago—. No se trataba solo de exponernos. Se trataba de desestabilizarte lo suficiente para tomar tu lugar.

—Marco no tiene la experiencia ni el respaldo necesario para tomar mi lugar —dijo Damian, aunque su voz sonaba menos segura de lo habitual.

—No lo necesita si logra que la junta pierda la confianza en ti —intervino Vanessa, sorprendentemente, con un tono más pensativo que hostil—. Y con este escándalo, lo está logrando.

Ava sintió que algo se endurecía dentro de ella, la misma determinación que la había hecho ponerse de pie meses atrás, empapada en champán, negándose a quedarse arrodillada para siempre.

—Entonces vamos a demostrarles que están equivocados —dijo, con una convicción que sorprendió a todos en la habitación—. Vamos a esa reunión, y les mostramos exactamente qué tipo de hombre eres, Damian. No el que ellos creen conocer a través de un titular amarillista, sino el que realmente eres.

—Ava, podrían destruirte en el proceso. La prensa ya te está pintando como una cazafortunas.

—Que lo hagan —dijo ella, levantando la barbilla con una determinación que no había sentido desde hacía mucho tiempo—. Ya me han humillado antes, Damian. Sobreviví a eso de rodillas en un salón de baile. Puedo sobrevivir a esto también, de pie, a tu lado.

Vanessa los observó a ambos durante un largo momento, algo cambiando en su expresión, algo que se parecía peligrosamente al respeto.

—Tal vez —dijo finalmente, con una voz mucho más suave que antes— me equivoqué al juzgarte tan rápido, jovencita.

—Todavía tiene tiempo de corregirlo, señora Cross —respondió Ava, sin ceder terreno—. Ayúdenos a demostrar la verdad, en lugar de asumir lo peor.

Vanessa asintió lentamente, algo parecido a una decisión formándose detrás de sus ojos calculadores.

—Tengo algunos contactos en la junta —dijo—. Y sospecho que no soy la única que puede reconocer una trampa cuando la ve, especialmente una tan mal disimulada como la de Marco.

Esa tarde, mientras se preparaban para enfrentar a la junta directiva, Ava se miró al espejo, ajustando el cuello de su blazer con manos que apenas temblaban.

Detrás de ella, Damian apareció en el reflejo, colocando las manos sobre sus hombros con suavidad.

—Sea lo que sea que pase ahí adentro —dijo—, quiero que sepas que no me arrepiento de nada. Ni del contrato, ni de romperlo, ni de haberme enamorado de ti en el proceso.

Ava se giró, mirándolo directamente a los ojos.

—Yo tampoco me arrepiento, Damian. Ni siquiera de la noche del champán. Porque sin esa noche, nunca te habría conocido.

Se tomaron de las manos, y juntos caminaron hacia la sala de juntas donde los esperaba una batalla que definiría no solo el futuro de la empresa, sino el futuro de todo lo que habían construido juntos en los últimos meses.

Sofía y Marco, observando desde las sombras del pasillo, intercambiaron una mirada tensa.

—Esto no estaba en el plan —murmuró Sofía, viendo cómo Vanessa caminaba junto a la pareja, en lugar de contra ellos—. Se supone que su propia madre debía destruirlos.

—Todavía tenemos una carta bajo la manga —respondió Marco, con una sonrisa fría—. Y pienso jugarla dentro de esa sala, delante de toda la junta.

Sofía lo miró de reojo, algo incómodo revolviéndose en su estómago.

—¿Qué clase de carta, Marco? Porque si esto tiene que ver con dinero desviado o pruebas falsificadas, quiero que sepas desde ahora que no pienso cargar con la culpa de algo tan grave.

—Solo necesito que guardes silencio y observes —respondió él, sin mirarla, ajustándose los gemelos de la camisa con una calma calculada—. Cuando esto termine, la junta no tendrá más opción que confiar en mí para restaurar el orden.

—¿Y Ava? ¿Y Damian?

—Ava terminará exactamente donde empezó —dijo Marco, con una frialdad que hizo que Sofía diera un paso atrás, casi sin darse cuenta—. De rodillas. Solo que esta vez, nadie vendrá a levantarla.

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Sofía no respondió, pero por primera vez desde que había conocido a Marco, sintió que las palabras de él le dejaban un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del pasillo, sino con la sospecha creciente de que se había aliado con alguien mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.

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