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La Prometida de Cristal / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Grietas

La lluvia golpeaba los ventanales del penthouse cuando Ava encontró la caja de cartón en el fondo del armario de invitados.

No había querido husmear. Solo buscaba una manta extra para la noche fría, pero sus dedos rozaron el borde de una fotografía que sobresalía entre las solapas de la caja, y la curiosidad, esa vieja compañera que nunca la abandonaba del todo, hizo el resto.

Eran cartas.

Docenas de cartas, todas dirigidas a Damian, todas sin abrir, con el remitente "D. Cross padre" escrito en la esquina superior con una letra temblorosa.

—¿Qué haces?

La voz de Damian, tensa y baja, la sobresaltó desde la puerta.

Ava se giró, todavía con una carta en la mano, sintiendo que había invadido algo mucho más íntimo que un simple armario.

—Lo siento. Estaba buscando una manta y...

—Déjalo ahí.

—Damian, son cartas de tu padre. ¿Por qué nunca las abriste?

Él cruzó la habitación en tres pasos y le quitó la carta de las manos con más brusquedad de la que había usado con ella hasta entonces.

—Porque no todas las cartas merecen ser leídas.

—¿Cómo lo sabes si nunca las abriste?

Damian se quedó paralizado, la carta apretada en su puño, y por un instante, Ava vio algo que no había visto antes: no al hombre de negocios frío, ni al protector tierno de las últimas semanas, sino a un niño de dieciséis años, todavía dolido, todavía esperando una explicación que nunca llegó a tiempo.

—Mi padre me escribió estas cartas en sus últimos meses de vida —dijo finalmente, la voz quebrándose apenas—. Nunca me las dio en persona. Las encontré después de su funeral, en su escritorio, todas selladas, como si hubiera estado reuniendo el valor para dármelas y se hubiera quedado sin tiempo.

—¿Y nunca sentiste curiosidad por leerlas?

—Sentí miedo —admitió él, con una honestidad brutal que la sorprendió—. Miedo de que fueran disculpas que llegaban demasiado tarde. Miedo de que fueran explicaciones que no cambiarían nada. Es más fácil vivir con el silencio que con las palabras que no puedes responder.

Ava se acercó despacio, colocando su mano sobre la de él, sobre la carta arrugada.

—Mi padre también me dejó algo sin decir —dijo—. Una carta que mi madre guardó durante quince años, con miedo de mostrármela. Y cuando finalmente la leí la semana pasada, dolió. Dolió muchísimo. Pero también me devolvió algo que no sabía que había perdido: la certeza de que me quería, incluso en su peor momento.

Damian la miró, sus ojos oscuros brillando con algo húmedo que se negaba a caer.

—¿Y si estas cartas no dicen eso? ¿Y si solo confirman que fue el mismo hombre frío que arruinó a tu familia?

—Entonces lo sabrás —dijo Ava, con suavidad—. Y podrás decidir qué hacer con esa verdad. Pero cargar con la incertidumbre durante años tampoco te ha hecho ningún bien, Damian. Míranos. Los dos cargando secretos de nuestros padres como si fueran mochilas de piedra.

Él bajó la vista hacia la carta en su mano, con el nombre de su padre escrito en tinta ya desvanecida por el tiempo.

—¿Me acompañarías? —preguntó, en voz tan baja que casi se perdió en el sonido de la lluvia—. Si las leo. No creo que pueda hacerlo solo.

—No tienes que hacer nada solo. No mientras yo esté aquí.

Se sentaron juntos en el suelo del estudio, rodeados de las cartas desparramadas, y Damian abrió la primera con dedos temblorosos.

La leyó en silencio, y Ava observó cómo su rostro cambiaba, cómo la tensión de sus hombros se aflojaba apenas, cómo una lágrima solitaria escapaba antes de que él pudiera contenerla.

—Dice que estaba orgulloso de mí —susurró, con la voz rota—. Dice que sabía que yo sería mejor hombre que él. Que lamentaba las decisiones que tomó en los negocios, las mismas que probablemente destruyeron a tu familia, Ava. Dice... dice que esperaba que algún día yo pudiera perdonarlo, aunque él mismo nunca pudiera perdonarse.

Ava le tomó la mano, apretándola con firmeza.

—¿Cómo te sientes?

—No lo sé. Vacío. Aliviado. Furioso, todavía. Todo al mismo tiempo.

—Suena exactamente como se supone que debe sentirse.

Leyeron el resto de las cartas juntos, una por una, durante las siguientes horas, mientras la lluvia seguía golpeando los ventanales y la ciudad se difuminaba en un borrón de luces mojadas.

Cuando finalmente terminaron, Damian se recostó contra el sofá, agotado de una manera que no tenía nada que ver con el cansancio físico.

—Gracias —dijo, mirando a Ava con una intensidad nueva—. Por quedarte. Por no dejarme cargar esto solo.

—Es lo que hacen las personas que se importan la una a la otra.

—¿Es lo que somos? ¿Personas que se importan?

La pregunta flotó entre ellos, cargada de un peso que ninguno de los dos había nombrado abiertamente hasta entonces.

Ava sintió el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.

—Creo que dejamos de fingir hace un tiempo, Damian. Al menos yo lo hice.

Él se acercó apenas, lo suficiente para que ella pudiera sentir su respiración cerca, lo suficiente para que el espacio entre ellos se sintiera cargado de electricidad.

—Yo también dejé de fingir —admitió, con una vulnerabilidad que contradecía por completo al hombre de traje negro que la había rescatado meses atrás—. Hace semanas que esto dejó de ser un contrato para mí.

—Damian...

—No tienes que decir nada —interrumpió él, con suavidad—. Solo quería que lo supieras.

Pero Ava no quería quedarse en silencio.

Se inclinó hacia adelante, cerrando la distancia que quedaba entre ellos, y sus labios encontraron los de él en un beso lento, tentativo, cargado de todas las palabras que ninguno de los dos había sabido cómo decir hasta ese momento.

Cuando finalmente se separaron, Damian apoyó su frente contra la de ella, con los ojos cerrados.

—Esto complica mucho las cosas —murmuró, aunque una sonrisa se dibujaba en sus labios.

—Las complica muchísimo —coincidió Ava, sonriendo también—. Especialmente porque técnicamente todavía nos quedan tres meses de contrato falso.

—Podríamos... renegociar los términos.

—¿Qué tipo de renegociación tenías en mente?

Damian la miró con una ternura que ella nunca había visto en sus ojos hasta esa noche, ni en el hombre poderoso que entró al salón de baile meses atrás, ni en el CEO frío que ella había conocido al principio.

—El tipo donde nadie finge nada más —dijo—. El tipo donde esto se vuelve real, sin fecha de caducidad.

Afuera, la lluvia empezaba a amainar, dejando paso a las primeras luces del amanecer que se filtraban a través de las cortinas, iluminando dos figuras entrelazadas en el sofá, rodeadas de cartas que finalmente habían encontrado su destinatario, y de un silencio que, por primera vez, no dolía en absoluto.

Pero en algún lugar de la ciudad, en un departamento con las cortinas cerradas, Sofía revisaba documentos robados con una sonrisa fría, mientras Marco preparaba las piezas de un plan que estaba a punto de hacer estallar todo lo que Ava y Damian habían construido con tanto cuidado.

—Mira esto —dijo Marco, deslizando una copia del contrato original sobre la mesa de vidrio—. Firmado, fechado, con la cláusula de los seis meses perfectamente visible. Cuando esto llegue a la prensa, nadie va a creer en su romance de cuento de hadas.

Sofía tomó el papel entre los dedos, leyendo las líneas con una mezcla de satisfacción amarga y algo parecido a la culpa que no terminaba de reconocer del todo.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó, en voz más baja de lo que pretendía—. Una vez que esto salga, no hay forma de volver atrás.

—Nunca he estado más seguro de nada —respondió Marco, sirviéndose una copa de whisky con manos firmes—. Damian me quitó lo que por derecho debía ser mío en esta empresa. Es momento de que aprenda lo que se siente perder algo importante frente a todo el mundo.

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Sofía guardó el contrato en su bolso, sintiendo que el peso del papel era mucho mayor que el de cualquier joya que hubiera cargado jamás.

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