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La Prometida de Cristal / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La Prueba

El Hotel Windermere brillaba como una joya cuando el auto de Damian se detuvo frente a la entrada.

Ava sintió que las manos le sudaban dentro de los guantes de encaje, el mismo tipo de nervios que la habían paralizado la noche del champán, aunque esta vez llevaba un vestido que le pertenecía a ella —comprado, elegido, ajustado a su propio cuerpo y no prestado de nadie.

—Recuerda —dijo Damian, ajustándose los gemelos de la camisa sin mirarla—, esta noche están todos los inversionistas importantes de la empresa. Si algo sale mal, no es solo mi reputación la que se hunde.

—Lo sé. Llevas recordándomelo desde el desayuno.

—Porque es importante.

—Lo sé —repitió ella, esta vez más suave—. No voy a arruinarlo, Damian.

Él finalmente la miró, y algo en su expresión se suavizó al verla.

—No es eso lo que me preocupa —dijo, en voz baja—. Me preocupa que alguien intente arruinarte a ti.

Ava no tuvo tiempo de responder. El chofer abrió la puerta y el ruido de la fiesta los envolvió como una ola: música, risas, el tintineo de copas de cristal.

Caminaron del brazo hacia el salón principal, y Ava sintió decenas de miradas siguiéndolos, susurros que se apagaban a su paso, la misma sensación de estar bajo un microscopio que había sentido la primera noche.

Pero esta vez, la mano de Damian sobre la suya no temblaba.

Esta vez, ella tampoco.

—Ava. Qué sorpresa verte aquí, vestida y de pie.

La voz de Sofía llegó desde atrás, cargada de un veneno que apenas se molestaba en disfrazar de cortesía.

Ava se giró despacio, con una sonrisa perfectamente calibrada.

—Sofía. Qué bueno verte también. ¿Trajiste tu propia botella esta vez, o piensas pedir prestada la de alguien más?

Alguien cerca soltó una risa que intentó disimular con una tos.

Sofía entrecerró los ojos, pero antes de que pudiera responder, Marco apareció a su lado, con esa sonrisa de dientes blancos que Ava recordaba demasiado bien.

—Ava, siempre tan... ingeniosa —dijo él—. Aunque me pregunto cuánto durará ese ingenio cuando la gente empiece a hacer preguntas sobre tu pasado.

Algo frío se deslizó por la espalda de Ava.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada, nada —dijo Marco, encogiéndose de hombros con una falsa inocencia—. Solo que es curioso cómo apareces de la nada, sin familia conocida, sin historia, justo a tiempo para salvar a Damian de un matrimonio arreglado. Casi demasiado conveniente, ¿no crees?

Damian dio un paso adelante, su voz baja pero cargada de advertencia.

—Ten cuidado con lo que insinúas, Marco.

—Solo hago conversación —dijo él, levantando las manos en un gesto de rendición fingida—. Aunque, si yo fuera tú, investigaría un poco más a fondo antes de poner un anillo en el dedo de alguien.

Se alejó con Sofía del brazo, dejando tras de sí una sensación pegajosa, como aceite sobre agua.

—No le hagas caso —dijo Damian, apretando suavemente la mano de Ava—. Marco disfruta sembrando dudas donde puede.

—¿Y si tiene razón en dudar? —preguntó Ava, la voz más pequeña de lo que hubiera querido—. No sabes casi nada de mí, Damian. Podría ser cualquiera.

Él se detuvo, girándose completamente hacia ella, ignorando a la gente que los rodeaba.

—Sé que trabajas dos empleos para pagar el hospital de tu madre —dijo, contando con los dedos—. Sé que memorizas los horarios de autobús porque no te alcanza para taxis. Sé que cuando alguien te humilla, te quedas de rodillas en lugar de huir, porque tienes más dignidad en el meñique que la mayoría de la gente en esta sala tiene en todo el cuerpo. Eso es más de lo que necesito saber.

Ava sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas repentinas, y parpadeó rápido para contenerlas.

—Eso fue... inesperadamente bonito, para ser un hombre que hace cinco minutos hablaba de reputación e inversionistas.

—Puedo ser ambas cosas.

Una pequeña voz interrumpió el momento, tirando de la manga del vestido de Ava.

—¿Por qué estás tan roja?

Ava bajó la vista y encontró a una niña de unos siete años, con un vestido de tul rosa y dos coletas torcidas, mirándola con la curiosidad despiadada que solo tienen los niños.

—Lily —dijo Damian, sonriendo genuinamente por primera vez esa noche, agachándose a la altura de la pequeña—. Se supone que estabas con tu niñera.

—Me escapé —admitió Lily, sin ninguna vergüenza—. Es aburrida. Solo habla de dietas.

—Lily es mi sobrina —explicó Damian a Ava—. Hija de mi prima Carla.

Lily estudió a Ava con ojos entrecerrados, muy parecidos a los de Damian.

—¿Tú eres la que se casa con el tío Damian?

—Algo así —respondió Ava, agachándose también, quedando a la altura de la niña.

—¿Lo quieres?

La pregunta cayó como una piedra directa en el estanque, sin ningún filtro adulto que la suavizara.

Ava sintió que el corazón le daba un vuelco. Miró de reojo a Damian, que la observaba con una atención repentina, esperando la respuesta con una expresión que ya no parecía tan calculada como de costumbre.

—Estoy aprendiendo a hacerlo —respondió finalmente Ava, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella misma—. Es un proceso.

Lily asintió con la seriedad absoluta de un juez.

—Mi mamá dice que el amor no se aprende. Simplemente pasa, como los mocos cuando estás resfriada.

Damian soltó una carcajada que atrajo varias miradas curiosas, la primera risa genuina que Ava le había escuchado desde que se conocieron.

—Gracias por esa hermosa metáfora, Lily.

—De nada —dijo la niña, ya perdiendo interés, mirando hacia la mesa de postres con ojos hambrientos—. ¿Puedo comer un pastel?

—Uno solo.

Lily desapareció corriendo entre la multitud, dejando a Ava y Damian todavía agachados, mirándose el uno al otro con una sonrisa compartida que no necesitaba palabras.

—Tu sobrina tiene razón, ¿sabes? —dijo Ava, incorporándose—. Sobre lo de aprender el amor.

—¿En qué sentido?

—No creo que sea algo que se decida. Creo que simplemente... pasa. Como los mocos.

Damian rió de nuevo, ofreciéndole el brazo.

—Qué imagen tan romántica.

—Soy una mujer de recursos limitados. Trabajo con las metáforas que tengo disponibles.

Caminaron de regreso hacia el salón principal, y por primera vez esa noche, Ava no sintió el peso de las miradas ajenas. Solo sintió la calidez de la mano de Damian sobre la suya, y una pregunta flotando en su pecho que no se atrevía a responder todavía.

Desde el otro lado del salón, Sofía los observaba con los labios apretados en una línea delgada, mientras Marco le susurraba algo al oído que la hizo asentir despacio, con los ojos brillando de una determinación que no presagiaba nada bueno.

—Esto no se va a quedar así —murmuró Sofía, más para sí misma que para Marco—. Esa mujer tiene un secreto. Y pienso encontrarlo, cueste lo que cueste.

Marco sonrió, levantando su copa en un brindis silencioso hacia la pareja que reía al otro lado del salón, ajena por completo a la tormenta que empezaba a formarse a su alrededor.

—Tengo un contacto en el registro civil —dijo él, en voz baja, inclinándose hacia Sofía—. Y otro en los archivos de quiebras corporativas de hace quince años. Si esa mujercita esconde algo relacionado con dinero, con familia, con lo que sea, lo vamos a encontrar antes de que termine el mes.

—¿Y si no esconde nada? —preguntó Sofía, con un dejo de duda que no esperaba sentir—. ¿Si simplemente es lo que parece ser?

Marco la miró como si la pregunta misma fuera absurda.

—Todo el mundo esconde algo, Sofía. La única diferencia es cuánto cuesta encontrarlo.

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Sofía bebió el resto de su copa de un solo trago, sintiendo que la determinación de Marco, en lugar de tranquilizarla, le dejaba un sabor amargo mucho más incómodo que cualquier humillación pública que hubiera planeado hasta entonces.

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