Chapter 3 - Bajo el Mismo Techo

La primera semana, Ava contó los azulejos del baño para no pensar en nada más.
Treinta y dos azulejos blancos. Cuatro negros, formando una línea diagonal en la esquina.
Contar era más fácil que sentir.
El penthouse tenía más metros cuadrados que todo el edificio donde ella había crecido, pero se movía por él como si caminara sobre hielo delgado, cuidando cada paso, cada gesto, esperando el momento en que alguien le dijera que todo había sido un error.
Damian, en cambio, se movía como si ella no estuviera ahí.
Salía temprano. Volvía tarde. Cenaban en silencio, cada uno en un extremo de una mesa demasiado larga para dos personas, el sonido de los cubiertos contra la porcelana llenando los espacios donde debería haber palabras.
Al quinto día, Ava encontró una fotografía guardada en un cajón del estudio, mientras buscaba un bolígrafo.
Un niño de unos ocho años, sonriendo con dientes torcidos, sentado sobre los hombros de un hombre mayor que tenía los mismos ojos oscuros que Damian.
Se quedó mirándola más tiempo del necesario.
—Eso no es tuyo para ver.
La voz de Damian la sobresaltó tanto que la fotografía se le resbaló de las manos.
Ava se giró, con el bolígrafo todavía en la otra mano, sintiendo que había sido descubierta haciendo algo mucho peor que buscar papelería.
—Lo siento —dijo—. Estaba buscando...
—No importa.
Él caminó hasta el cajón, recogió la fotografía con un cuidado que contradecía la dureza de su voz, y la guardó boca abajo, como si esconderla de la luz también la escondiera de la memoria.
—¿Era tu padre? —preguntó ella, sin poder contenerse.
—Sí.
—¿Y el niño?
—Ya sabes la respuesta a eso.
Ava lo miró, tratando de encontrar en ese hombre de traje impecable al niño de dientes torcidos que sonreía sin miedo en la fotografía.
No encontró ningún parecido, salvo en los ojos.
—¿Qué le pasó? —preguntó, con la voz más suave de lo que pretendía.
Damian cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.
—Murió cuando yo tenía dieciséis años. Eso es todo lo que necesitas saber.
Se marchó de la habitación antes de que ella pudiera decir nada más, dejando tras de sí un silencio que pesaba distinto al de siempre.
Esa noche, Ava no pudo dormir.
Bajó a la cocina pasada la medianoche, buscando un vaso de agua, y lo encontró a él sentado solo en la oscuridad, con una copa de whisky que no había tocado, mirando por el ventanal hacia las luces de la ciudad.
Estuvo a punto de retroceder, de fingir que no lo había visto.
Pero algo la detuvo.
—¿No puedes dormir? —preguntó, con cautela, apoyándose en el marco de la puerta.
—Nunca duermo bien en esta fecha.
—¿Qué fecha?
Él giró la cabeza apenas, lo suficiente para que la luz de la ciudad le iluminara el perfil.
—El aniversario de su muerte.
Ava entró a la cocina sin pensarlo demasiado, sirviéndose el vaso de agua que había venido a buscar, sentándose en el taburete frente a él, dejando una distancia prudente pero no total.
—Puedes contarme —dijo—. O no. Pero no tienes que sentarte solo en la oscuridad si no quieres.
Damian la miró entonces con una expresión que ella no había visto antes: no la máscara del hombre de negocios, ni la frialdad del CEO, sino algo más crudo, más humano.
—Mi padre construyó esta empresa desde cero —dijo finalmente—. Trabajaba dieciocho horas al día. Yo apenas lo veía, pero cuando lo veía, era... suficiente. Me enseñó a jugar ajedrez en esta misma mesa. Me enseñó a mentir con una sonrisa cuando alguien me hacía una oferta injusta.
Hizo una pausa, girando la copa entre los dedos sin beberla.
—Un socio lo traicionó. Vació cuentas, filtró información a la competencia, destruyó quince años de trabajo en cuestión de meses. Mi padre nunca se recuperó de eso. Dejó de comer. Dejó de dormir. Un día simplemente... no despertó.
—Lo siento mucho.
—Todos lo sienten. Eso no cambia nada.
Ava pensó en su propio padre, en el hombre que apenas recordaba, que se había ido cuando ella tenía cinco años, dejando solo una silla vacía en la mesa y una madre que aprendió a llenar ese vacío con dos turnos de trabajo.
—Yo tampoco tuve padre —dijo, casi sin darse cuenta de que lo decía en voz alta—. El mío se fue. No murió, simplemente... decidió que no quería quedarse.
Damian la miró con algo parecido a la sorpresa.
—Eso es peor, en cierto modo.
—A veces pienso que sí. Al menos tu padre no eligió irse.
Se quedaron en silencio un rato, cada uno con su propia ausencia flotando entre ellos como una tercera persona sentada a la mesa.
—¿Por eso no confías en nadie? —preguntó Ava finalmente—. ¿Por lo que le pasó a tu padre?
—No confío en nadie porque he aprendido que la confianza es el lujo más caro que existe. Cuesta más que cualquier empresa que pueda comprar.
—Eso suena muy solitario.
—Lo es.
Ava bajó la vista hacia su vaso de agua, buscando las palabras correctas.
—Bueno —dijo finalmente—, por los próximos seis meses, técnicamente estás atrapado conmigo. Podrías intentar confiar un poquito. Como práctica.
Algo que casi podría llamarse una risa escapó de los labios de Damian, breve y sorprendida, como si llevara mucho tiempo sin usar ese músculo.
—¿Práctica de confianza con mi prometida falsa?
—Es lo único que tienes disponible ahora mismo.
Él la miró entonces, realmente la miró, como si la viera por primera vez desde que la sacó del salón cubierta de champán.
—Tal vez tengas razón —dijo, y por primera vez desde que Ava había llegado a ese departamento de cristal y silencio, la palabra "prometida" no sonó como una mentira conveniente.
Sonó, apenas, como el comienzo de algo verdadero.
Terminaron esa noche hablando hasta las tres de la madrugada, de cosas pequeñas y sin importancia: la comida favorita de cada uno, un profesor terrible que ambos habían tenido en distintas escuelas, la primera vez que cada uno había roto un hueso.
No hablaron de contratos.
No hablaron de seis meses ni de fechas de vencimiento.
Solo hablaron como dos personas que, por accidente, habían encontrado en la otra un lugar donde el silencio dolía un poco menos.
Cuando Ava finalmente subió a su habitación, dejó la puerta entreabierta por primera vez desde que había llegado.
No supo explicar por qué.
Solo supo que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de contar azulejos para quedarse dormida.
A la mañana siguiente, bajó a la cocina esperando encontrar el mismo silencio de costumbre, la misma distancia cuidadosamente construida entre ambos.
En cambio, encontró dos tazas de café ya servidas sobre la isla de mármol, una de ellas exactamente como a ella le gustaba: con canela y muy poca azúcar.
—¿Cómo sabías...? —empezó a preguntar, sorprendida.
—Te escuché pedirlo así en la cafetería, la mañana que fui a buscarte para lo del papeleo del hospital —respondió Damian, sin levantar la vista del periódico que sostenía—. No pensé que fuera un secreto.
Ava se sentó frente a él, envolviendo la taza caliente entre las manos, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con el café.
—Detalles pequeños —murmuró, más para sí misma que para él.
—¿Perdón?
—Nada. Solo pensaba que a veces los detalles pequeños dicen más que las grandes promesas.
Damian bajó el periódico lo suficiente para mirarla por encima del borde, con una expresión que ella todavía no sabía leer del todo, pero que ya no la hacía sentir como una intrusa en su propia vida temporal.
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—Entonces prestaré más atención a los detalles —dijo, y volvió a su lectura, dejando que el silencio que siguió se sintiera, por primera vez, cómodo en lugar de pesado.
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