Chapter 1 - El parche azul sobre la fiebre

El frío entra por la rendija de la puerta como una aguja invisible.
En el sofá beige, la pequeña Sofía no mueve los párpados.
Tiene apenas seis años.
Un parche de gel azul se adhiere a su frente ardiente.
El sudor le pega los mechones de cabello claro a las sienes.
Respira despacio.
Muy despacio.
El aire de la sala huele a humedad acumulada y a madera vieja.
Un paso resuena sobre el parqué brillante.
Un taco fino. Un golpe seco.
Tac.
Tac.
La sombra de la anciana se proyecta sobre la alfombra gris.
Lleva un collar de perlas falsas que chocan entre sí con un tintineo metálico.
En la mano derecha sostiene una jarra de cristal.
El agua dentro de la jarra está helada.
Tiene trozos de hielo flotando en la superficie.
Sofía abre un ojo.
Sus labios secos apenas se separan.
—Abuela... —murmura.
El agua cae de golpe.
No hay advertencia. No hay palabra.
Solo el choque violento del líquido helado contra la cara de la niña.
¡Splat!
Sofía da un brinco inútil.
El aire se le atasca en la garganta.
El parche azul sale disparado hacia la alfombra.
El agua helada le entra por las fosas nasales y los oídos.
Sus pulmines se contraen.
Tose.
Tose sin poder tomar aire.
—Levántate —dice la anciana.
La voz es lisa. Sin matices.
Como una hoja de afeitar pasando sobre papel.
—Las niñas flojas no se quedan en mi sofá mojando los cojines.
Berta agarra el brazo pequeño de la niña.
Los dedos viejos y nudosos se hunden en la carne blanda del bíceps de Sofía.
La piel blanca se vuelve roja al instante.
La lona de la camiseta color crema se estira hasta crujir.
—¡Me duele! —grita Sofía.
Un sollozo ahogado.
El cuerpo de la niña ruda sobre el suelo de parqué resbaladizo.
La ropa húmeda va dejando una estela en la madera.
La anciana no suelta el agarre.
La arrastra como si fuera un saco de trapos viejos.
A través del pasillo.
Hacia la cocina.
—El suelo no se limpia solo —dice Berta.
Lanza un trapo áspero y gris sobre las piernas temblorosas de la niña.
El trapo huele a lejía y a grasa vieja.
Sofía se encoge en el suelo.
El agua fría le chorrea por la barbilla.
Sus dedos pequeños se cierran alrededor del trapo sucio.
Tiembla.
Las rodillas choca una contra la otra.
—Límpialo —ordena la mujer.
El parqué refleja la luz fría del techo.
Sofía aprieta el trapo contra la madera mojada.
Sus uñas pequeñas se vuelven blancas por la presión.
—Si el suelo está limpio... ¿la fiebre se va a ir? —pregunta la niña.
Berta no responde.
Ajusta su camisa de seda beige.
Mira las manos sucias de la niña con asco.
En la esquina del pasillo, una sombra se mueve.
Un hombre observa la escena.
Tiene la camisa azul desabotonada en el cuello.
Sostiene un vaso de whisky en la mano derecha.
El hielo del vaso suena.
Clink.
No dice nada.
No se acerca.
Solo toma un sorbo lento.
El alcohol baja por su garganta mientras la niña arrastra el trapo por la madera fría.
Sus ojos oscuros están vacíos.
Sin rabia. Sin pena.
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Sin nada.
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